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viernes, 24 de marzo de 2017

El patito feo

ESTA VEZ LA CULPA NO LA TUVO EL SISTEMA, FUERON LOS GENES
(El patito feo)


               Inconfundiblemente, mirando la foto, se observa perfectamente como nuestro Palito, alias “Antonio Rodríguez Gutiérrez”, no sólo destacaba en la canción: puedo dar, sobradamente, fe de ello, pues fueron muchas las horas en las que, a su lado, interpretó magníficas melodías. Unas veces acompañado del conjunto del que formábamos parte, junto a Andrés Luna y Manolo Gutiérrez. Otras veces le acompañaba, con la guitarra o el piano, en la misa diaria (esto ya en San Pelagio) Nos unía la música y la amistad.
                Pero y este es el asunto a tratar ahora,  hablemos sobre la carrera de sacos:
               1.-  Observen la imagen, vean la figura de Palito: brazos bajados para mantener el centro de gravedad, lo más cercano al suelo; mirada escrutiñadora para así vislumbrar algún posible obstáculo en el camino (afortunadamente los chorizos los tirábamos al río, de lo contrario hubiera resultado más complicado saltar la inmensa cantidad de ellos) unos pequeños saltitos para no soliviantar al saco que oprimía sus pinreles y sobre todo, el cuerpo firme. ¿Presagiaba esto de firme, su posterior profesión, en la que tantas y tantas veces oiría “¡firmes… ar!”  Estoy totalmente convencido. Esa forma de correr con el saco, sólo presagiaba la victoria, como así fue.
               2.-  La imagen del último, creo que se trataba de Antonio Caballero Medina, viene a demostrar, el por qué no conseguió alcanzarlo. No seguía las pautas del buen corredor de sacos. Con posterioridad consiguió una meta. Esa a la que, la casi totalidad de nosotros, no logramos llegar. Esa es otra historia.
               3.-   Pero, qué podemos decir del que está cayendo al suelo. Ese ni pautas ni “ná de ná”  Simple y llanamente es de lo que decimos vulgarmente, un “pataleto redomao”   Por cierto, esa caída le costó un gran raspón en la mano. Afortunadamente, se levantó y llegó segundo. Tal era su poca maestría con los pies, que nadie contaba con él para jugar al futbol. Si acaso de portero y por aquello de ir a por la pelota que salía fuera (ten amigos para eso)  Era el “patito feo” de ese deporte.  Una “espada de culpa” pendía sobre su cabeza. ¡La culpa horadaba su mente! Y para colmo, esa caída venía a echar más leña al fuego. ¡Si no quieres lentejas, toma dos cazos! ¿Os acordáis? La culpa, siempre la culpa (¿no es así,  Pedro Calle?)
               Afortunadamente un día, cayó en sus manos un balón de los que se usa en balón mano. Esa fue su tabla de salvación, su talismán dorado. Con él, comenzó a comprender que no todo era tener maestría con los pinreles. ¡Existía otro deporte donde no eran necesarios sus pocos diestros pies!
               Ahora viene la apoteosis del cuento… ese patito feo, ese desecho de virtudes para el futbol, se convirtió en un “cisne blanco”, del balonmano y del baloncesto. Tuvo muchos éxitos y alegrías.  Su nombre quedó inscrito, para la posteridad, en las listas de ambas federaciones. ¡Jo, qué bonito ha quedado este final! Aunque no es mío, no está mal. Viene a cuento y nunca mejor dicho.
               Poco a poco la culpa o la espada pendiente, fueron desapareciendo. La otra, la de Pedro… esa…  costó más trabajo hacerla desaparecer.
                              Vuestras señorías se preguntarán:
               “¿Cómo es posible, que este iluminado, pueda saber tanto mirando esta foto?”
               La cuestión es bien sencilla. Ese pataleto, el mal corredor de sacos, el de la caída, no era otro sino yo mismo. Me he mirado la mano y no me queda señal del buen raspón que me llevé.
               Hasta otra, cuidaos mucho.
               Andrés Osado Gracia

martes, 21 de marzo de 2017

Niñatos intelectuales

Para la mayoría de nosotros en nuestros tiempos de seminario y luego de estudiantes nuestra beca era nuestro tesoro. Sin ella no hubiéramos concluido el bachillerato ni, mucho menos, la carrera universitaria. Yo presumo de haber gozado de beca en todos mis años de bachiller, y de beca salario en la universidad, beca, esta última, que ingresaba en mi casa más dinero que el sueldo anual de mi padre.

Bueno, no sé para vosotros, pero para mí resultaba mucho más engorroso completar los tropecientos documentos que se requerían en la solicitud de la beca que el hecho mismo de sacar buenas notas, pan comido. Hasta fe de bautismo, oye.

Los hechos que os relato a continuación tuvieron lugar en mi pueblo, Palenciana, en las vacaciones de Semana Santa del año del Señor de 1971, curso del Preu. Mi amigo Frasqui y yo preparábamos juntos el papeleo obligado para las becas del año próximo, él para COU, y yo para el primer año de Teología en san Telmo. Lo minucioso de Frasqui para estas cosas administrativas tranquilizaba mi ánimo temeroso, todo estaba en orden. Bueno, en realidad nos faltaba un asuntillo "menor", el certificado de buena conducta, documento del todo imprescindible y que habitualmente nos conseguían nuestros padres sin problema alguno en el cuartel de la Guardia Civil. Pero este año, nosotros ya mayorcitos, nuestros padres se hicieron los haraganes, y nos dijeron que si queríamos peces, que nos mojáramos el culo. Bah, dijimos con solvencia, vaya problema!...

Cosas de la edad, cuando quisimos acordar se nos echó encima el Jueves Santo, y los papeles sin arreglar. Sobre las cinco de la tarde de este día tan especial -hay que ver nuestro tino- nos presentamos en el puesto de guardia del cuartel. Bien presentables; Frasqui, de barba espesa, bravía y contumaz, se había afeitado  dos veces ese día, una por la mañana y otra poco antes de la cita al cuartel; yo iba pasable, por entonces solo me afeitaba dos veces por semana. Ambos repeinados -¡ay!, ¿qué fue de aquel tupé mío, así, acortinado?-, vestidos de limpio y estrenando chaqueta para la procesión del Nazareno. Dos pimpollos. Que queríamos ver al comandante de puesto, así de sopetón, le soltamos al guardia de puerta.

-Será para algo urgente, porque un día como hoy... -protestó el guardia.
-Bueno, sí, es que necesitamos un documento con bastante prisa.
Por medio de otro número se dio aviso al cabo. 

-Buenas tardes -se presenta el hombre con sus ojeras de la siesta interrumpida-. ¿Qué se les ofrece a estos dos mozalbetes?
-A sus órdenes de usted, mi cabo -replica Frasqui más habituado que yo al trato con los civiles-. Verá usted... perdone que le molestemos en una tarde como la de hoy...
-Nada, nada, ustedes dirán.
-Es que para completar la documentación de nuestras becas necesitamos el certificado de buena conducta. Otros años nos lo ha firmado don Juan, el párroco, pero ahora tiene que ser usted... según pone aquí -me sale todo del tirón.
-Muy bien, ¿y con quiénes tengo el gusto de hablar, quiénes sois vosotros?
El cabo no nos conocía ni nosotros a él. Llevaba poco tiempo en el pueblo en sustitución de nuestro cabo de toda la vida, el cabo Rut.
-Yo soy Francisco García -se adelante Frasqui-, hijo de Blas García.
-Y yo, José María Rivera, hijo de Juan Rivera.
-Ahjaja -parece recrearse-, conque estas tenemos... Los amos de la Silera y de la Capilla...
-Bueno, verá usted, tanto como los amos... -replico yo.

El hombre, de pronto, cambió el gesto. No sé. Es posible que esperara otra cosa, quizás que le lleváramos algún presente de parte de nuestros padres con motivo de las fiestas, hecho que podría resultar habitual en aquellos años. Nunca fui testigo de tal cosa pero puedo imaginar que siendo Blas y mi padre los administradores de grandes fincas de Carreira pudieran eventualmente hacer algún regalo a la Benemérita en la persona del cabo. Sea como fuere, el caso es que aquel hombre parecía otro. De mala gana tomó la solicitud que yo le alargaba y leyó el párrafo donde ponía qué autoridad debía de elaborar el certificado de buena conducta, en nuestro caso, él mismo. Al cabo, salió refunfuñando:

-Sí, es verdad; aquí dice que debe hacerlo el comandante de puesto, sí; pero no encuentro que ponga en ningún sitio que haya de hacerlo el Jueves Santo por la tarde. El lunes próximo os pasáis por aquí y los recogéis.
-Con todos los respetos, mi cabo -me envalentono yo-, pero es que nosotros estudiamos en Córdoba y nos vamos el domingo por la tarde en la Graells... Habíamos pensado llevarnos ya toda la documentación completa, más que nada para ahorrarnos un viaje.
-Y yo he pensado que no, que hoy no es día de trabajo administrativo, ¡estamos de acuerdo?
-A lo mejor el sábado... -tercia Frasqui con timidez-. Mire usted mi cabo, usted no nos conoce, pero somos buenos muchachos, somos seminaristas ¿qué más le podemos decir? Somos, además, sobrinos del que fuera subteniente Rivera en la comandancia de Córdoba... Yo mismo tengo muy buena relación con el capitán de la Guardia Civil de Lucena...
-¡¡He dicho que el lunes, coño ya!!! -Y ahora el hombre se enfureció de una manera que nos pareció desproporcionada-. ¿Qué os habéis creído, que podéis codearos con la autoridad, así como así? Ni hablar, niñatos intelectuales, que eso es lo que sois, unos niñatos, que por estar estudiando en la capital os creéis algo. Tan estudiados como sois podríais haber considerado un poquito que no son éstos precisamente días para papeleos. A mí me importa un comino vuestro tío, el capitán de Lucena y el Obispo de Roma. Anda, anda, salid de aquí echando leches.

A media mañana del Viernes Santo, mi padre me cogió por banda.
-Mira, José María, no te doy un sosquín por ser hoy el día que es... Parece mentira... -Era una fiera mi padre cabreado, a mis dieciocho años yo aún le temía-. La manera de comportaros con el cabo... Tanto estudio pa esto, ¡hay que ver! Una cosa que os dejamos que hagáis por vuestra cuenta... Y mira tú por dónde... ¡Qué vergüenza! Nos ha llamado el cabo y nos ha contado vuestra... osadía, por decirlo de alguna manera.
-Pero papa, que nosotros...
-Ni papa ni mama, niñatos mocosos es lo que sois todavía. Sí, mu buenas notas, pero sin un dedo de frente. ¡Las horas de ir a molestar al cabo, y ¡¡¡el Jueves Santo!!! ¡como si no hubiera más días en el año!!

Filípica similar padeció Frasqui por parte de su padre, aunque Blas era hombre bastante más comedido y prudente que mi progenitor. De manera que ambos, Frasqui y un servidor, pasamos un Viernes Santo de verdadera penitencia y arrepentimiento. Al día siguiente, Sábado de Gloria, después de la siesta, mi padre, ya totalmente calmado y cuerdo, me aborda con extraña amabilidad.

-Pásate por la casa de Frasqui, y os alargáis juntos al Cuartel. Os volvéis a presentar al cabo con educación, que ya os tiene preparados los certificados de buena conducta. ¡Demasiado bueno es el hombre!

Dicho y hecho. El Sábado Santo nos hicimos con los dichosos papeles.

Debieron de pasar años, varios años, para que nos enteráramos, Frasqui y yo, de los turbios acontecimientos que debieron vivir nuestros respectivos padres durante aquellas veinticuatro horas para conseguir los certificados. Un día de chochez, Blas se lo contó a Frasqui. "Niño, pos ná, ¿qué íbamos a hacer? Lo que se hace en estos casos, por un hijo, lo que haga falta. Cogimos el primo Juanillo y yo y nos alargamos al Cuartel para volver a hablar con el cabo. Sabíamos que era un hombre de trato áspero. Vestido de paisano, nos lo llevamos de compadreo al bar de la "Chorro", y luego, al del "Gordito", y luego al del "Mellizo". Lo jartamos de tapas, lo emborrachamos y nosotros con él, claro está. Y ya está. Así es como los hombres de bien arreglamos nuestras diferencias".

Hombres recios y duros, hombres de campo, curtidos al sol de la siega y al frío de la aceituna, enérgicos, iracundos a veces, pero siempre, y por encima de todo, padres. Nuestros padres.

Sed buenos.

miércoles, 15 de marzo de 2017

SEMINARISTAS HIJOS DE LA CULPA

Educados en la culpa

Parece evidente que fuimos educados en la culpa. 

He buscado una explicación plausible para este hecho, más allá del franquismo y sus valores militaristas, sexistas y fascistas, que imperaban en aquellos días de nuestra formación como seminaristas. 

La tradición judeo-cristiana, como es bien sabido, está basada en el pecado original. La ofensa de nuestros primeros padres al Creador con su frívolo desacato, desató la venganza implacable de Dios hacia ellos y sus descendientes (nosotros).

-¡Con que queríais saber tanto como yo! Pues a ver como os las arregláis solitos en el mundo depredador que tengo reservado a los desagradecidos. Ah, y cuando muráis no quiero ni veros. Ya os podéis ir con vuestra amiguita la serpiente al infierno. 

Como herencia maldita del pecado original, hemos recibido de Adán y Eva el mundo material, que conlleva el sufrimiento de luchar por la subsistencia diaria penosamente, con enfermedades, vejez y muerte. Sin olvidar el parto con dolor, (anterior a la epidural, claro).

Jesucristo, avatar que nos enseñó la vivencia del amor puro, desinteresado, fue considerado por la Iglesia católica como el único Redentor de la Humanidad ante su padre, Dios Todopoderoso. Gracias a Él, sus seguidores obtendrían el perdón divino al pasar a la otra vida, tras la muerte. Lo demás en la Tierra seguía más o menos igual, (salvo algunas diferencias sustanciales a favor de los ricos, menos “culpables” que los pobres a los ojos de Yahvé). 

La filosofía Taoísta y su plasmación religiosa en el Budismo, postulan la existencia humana como una experiencia temporal de las almas, que ansían el retorno hacia su Creador. A través del ciclo de las sucesivas reencarnaciones, el individuo, abandonando sus apetitos groseros, se aquilata y logra merecer la paz de espíritu y la comunión con el Todo. 

Nuestros educadores justificaban el Infierno como lugar donde paga sus culpas todo espíritu impuro que no sigue a Cristo y, por tanto, se desvía del recto camino. Su recomendación para esquivar el castigo eterno y merecer el Cielo de los Justos, era cumplir los 10 mandamientos negociados por Moisés con Jehová, (especial hincapié en controlar los instintos sexuales y carnales), y seguir los preceptos de la “Santa Madre Iglesia”, que ofrece siete sacramentos de salvación y misa obligatoria los domingos. 

La disciplina, el estudio, la confesión, la oración, la dirección espiritual, la meditación, los garbanzos y los subproductos del venado... pretendían formarnos para que nos domináramos a nosotros mismos. Tan sólo los hombres superiores pueden ser dignos intermediarios entre el mundo espiritual y el de los miserables pecadores. Los “pastores” capaces de dirigir convenientemente al "rebaño" hacia Dios, deben ser mejores que el resto de sus congéneres. Y predicar con el ejemplo, (hasta donde buenamente se pueda, que todos somos humanos).

Por eso los curas, en general, suelen ser personas con gran autocontrol, capaces de escuchar "inocentemente" los errores ajenos (confesión) y manipular la voluntad de los ingenuos (beatos) para que voten a la derecha monárquica, (aunque se dice que hay excepciones). 

¿Pretenden ayudar o beneficiarse? ¡Quién sabe! En la gloriosa Cruzada se aliaron al franquismo porque era lo más práctico y pintaban bastos. 

Además son sufridos, (los quejicas no aguantan en el Seminario), obedientes (jerárquicos) y solitarios. 

Para D. Juan, según Castaneda, son medio brujos, personas poderosas a las que es muy difícil derrotar porque poseen mucha energía y firme voluntad. (Además de tiempo libre).

A la Iglesia católica se la identifica en el Apocalipsis con la gran ramera. Esto es debido a la perversión de los fines cristianos, el amor universal, a favor de los fines particulares del amor mundano. El “Todo esto te daré si postrado ante mí me adoras”, que Jesucristo rechazó, parece ser que muchas “eminencias” lo encuentran interesante.

Nosotros fuimos testigos de algunas rebajas en las exigencias draconianas para alcanzar el “honor” del sacerdocio. También lo fuimos de algunos abusos de poder, aunque la pederastia, afortunadamente, no formaba parte de las tareas educadoras de los curas de nuestro Seminario. ¡Alabado sea el Señor!

Sabemos, sin embargo, que en muchos lugares de España y en el resto del mundo católico occidental se consintió este tipo de abusos durante muchas décadas. La impunidad político-religiosa en este sentido era similar a la de la corrupción político-económica aún candente en nuestra querida España.

La parte positiva de la educación recibida, comentada ya por varios contertulios, fue, también en mi modesta opinión: el sentido de la responsabilidad, la autocrítica, el valorar la vida como servicio a los demás, la moderación, (aunque menos), el compañerismo y la persecución del mérito a través del esfuerzo personal.

Durante mi infancia, adolescencia, juventud y madurez conviví a menudo con mis tres tíos curas. Eran personas dignas, sencillas en su estilo de vida, que nos trataron con respeto y cariño a todos sus sobrinos, y que además eran fieles a sus creencias y tarea espiritual y social.

También he reflejado, como Manuel Jurado, José María Rivera y otros compañeros, mi aprecio a varios educadores del Seminario por su gran humanidad y buen trato.

Mi madre era cristiana de corazón. Cuando su párroco amenazó a l@s parroquin@s que no votaran al P.P. con excluirlos de “su” iglesia, le echó en cara su maniqueísmo. Vivió rezando por todos sus hijos, por los amigos y hasta por los desconocidos. Y puedo constatar que su gran fe le mereció ser “escuchada”. 

No pretendo levantar ampollas ni molestar a nadie. Muchas personas que conocemos son ejemplos de amor cristiano. Además siempre he huido del dogmatismo, característico del Catolicismo y del Islam, por lo que estoy abierto a otras opiniones y creencias.

Pero al considerar a la institución llamada Iglesia católica, (a pesar del entrañable Papa Francisco, sor Lucía Caram, el ex jesuita Vicente Ferrer, la madre Teresa de Calcuta, los jesuitas liberales que promovieron la teoría de la liberación, el padre Ángel, otro ex jesuita, Salvador Freixeido y tantos dignos guerreros cristianos, -sólo he mencionado a los más actuales y conocidos-), encuentro que no sigue fielmente las huellas de su amoroso “Maestro”. 

Demasiadas posesiones, demasiado boato, demasiado machismo, demasiada hipocresía… 

No sé si conocéis el caso de un sacerdote que le dijo a su obispo que la teoría de la reencarnación le resultaba más plausible que la teoría del infierno. El obispo le contestó que así lo creían él también y otras “eminencias”, que eran amigos suyos. 

-¿Entonces, por qué no predicamos lo que creemos? -le preguntó el curilla. 

-Pues porque no nos interesa, querido –le contestó el obispo.

Desde las primeras comunidades cristianas a la Iglesia católica actual ha llovido mucho, (los Borgia, el papa Luna, la Santa Inquisición, justificada por “Santo” Tomás de Aquino, la barbarie de las Cruzadas, el cisma protestante, el envenenamiento de Juan Pablo I…). Mejor dejo el tema para otros más informados que yo.

Dado que la doctrina católica se asienta en la creencia del infierno no es comprensible que se autodenomine la religión del amor universal y luego se meta en todos los “fregados”.

El temor que florece en la culpa (“arrepentíos pecadores”) proviene de que nuestros “creadores” pleyadianos pretendían utilizarnos como esclavos. La égida por el desierto del “pueblo elegido” explica como intentaron un experimento parcial de domesticación. Nos desactivaron, al crearnos, once pares de cadenas de A.D.N. y nos dejaron dos únicos pares operativos para que no fuéramos tan libres y capaces como ellos. Los científicos consideran cadenas proteicas residuales a las cadenas de A.D.N. desconectadas. A su imagen y semejanza sí, pero bien castrados. Ahora los que se arrepienten son ellos. Y nos llaman “hermanos”.

Del desmadre padre que “disfrutamos” los humanos de la superficie exterior del planeta Tierra, (dejemos a los intraterrestres tranquilos), ¿quién tiene la culpa?

A mí no me miréis. Yo no he sido.

Pedro Calle    

domingo, 12 de marzo de 2017

Crónica de la 22ª reunión Grupo Madrid

Soy Cordobés, de la tierra de Julio Romero....

Casa Pepe
Fuenlabrada (Madrid)
4 de marzo de 2017

Manuel Jurado, Rafael Vilas, Cari, Antonio Crespo, Antonio López, Andrea, Vale, Carmen, Manuela
Francisco Ruiz y Antonio Estepa
Con cierta demora por problemas técnicos, me pongo manos a la obra para intentar contaros, con mi habitual carencia, los acontecimientos acaecidos hace exactamente una semana. Espero que mi cabeza gorda, que no grande, me deje lejos de la estacada.

El día pintaba bien. Desde la terraza de mi casa, emulando a Rodrigo de Triana, escudriñaba, con ojos de azor, el horizonte. El alba se desperezaba lentamente ganándole la batalla a la oscuridad. Un frugal desayuno, consistente en un tazón de leche semidesnatada con descafeinado, pan tostado con aceite del güerno, dos cuadraditos de chocolate negro para terminar con una naranja; el preceptivo aseo y a esperar la hora del feliz encuentro.

Como buitres leonados íbamos llegando uno tras otro al punto de encuentro para la ingesta: Casa Pepe. Con la puntualidad inyectada en vena hace cincuenta años en Los Ángeles, no tardamos mucho en estar reunidos todos los rapaces. Efusivos y sonoros palmotazos en los omóplatos, delicados ósculos a las féminas y primeras copas para celebrarlo, acompañadas siempre de generosos aperitivos. 

Una vez consoladas nuestras resecas gargantas, pasamos al comedor. Una vez sentado,pensé :-¿Otra vez los platos grandes? Pues esta vez no voy a tropezar en la misma piedra. En Segovia, bueno, por solidaridad con el Acueducto, pero en Fuenlabrada voy a entrar como bucanero en el reparto del tesoro, a saco. 

Otra vez que me equivoqué. Para mí, ha sido de las mejores comidas que hemos disfrutado. Cantidad y calidad a tope. Un diez para Paco y Vale por traernos a este lugar. Se notaba que son fieles clientes porque el trato fue extraordinario. Comimos todos de lujo, en un ambiente de extraordinaria cercanía. Desde el 18 de diciembre no veíamos a Antonio Crespo y Cari, aunque el record lo tienen Victoriano y Consuelo, que no paran. Puedo afirmar que en Casa Pepe he superado la fobia por los platos grandes. 

La conversación masculina transcurrió por recuerdos, anécdotas, vivencias, de aquellos años que nos marcaron felizmente a todos para siempre. He reflexionado mucho sobre esto y no le encuentro explicación. Como dos, tres, a lo sumo siete años de convivencia pueden haber unido de por vida a unos niños-jóvenes. Por supuesto que en aquellos años tuvimos cosas positivas y negativas, pero la Cuenta de Resultados aparece abrumadoramente favorable. Y aquí está la prueba, después de cincuenta años.

Bueno, que me voy al terreno sentimental y me pierdo. Al terminar la comida tuvimos una larga y sosegada sobremesa, donde estuvimos atentos al Vilas para que se midiera en los chistes. Por cierto, quiero hacer un llamamiento a todos los compañeros para ayudar a Rafa a terminar de completar los pies de foto: nombres, fechas, etc. Está haciendo un trabajo extraordinario, con dedicación casi exclusiva, para que podamos disfrutar de la colección de fotos. 

Y llegó el momento de terminar. Uno detrás de otro salimos al exterior para hacernos la foto de grupo. Ya estaba pisando acera cuando escuché risotadas a mis espaldas. ¿Qué ha pasao?, me pregunté- Cuando me volví encontré la causa de tanta hilaridad: Carmen se había subido a un cochecito eléctrico que tenía el Restaurante para divertimento de los niños. Abierta de piernas, la postura rozaba el erotismo. Yo le dije a Rafa –“Espera, tío, contrólate hasta que llegue la noche. Luego, en la intimidad, cuan felino, te tiras a la yugular” . Me hizo caso. Si no, podríamos estar hablando ahora de dislocación pubiana por golpe seco con objeto contundente. ¡Para algo sirve uno todavía! 

Pasados los ataques de risa llegó los abrazos, no si antes satisfacer el ataque de regionalismo de una guapa cordobesa que nos saludó desde el velador de la terraza. Le dedicamos las primeras estrofas de “Soy cordobés” correspondiendo así al subidón de la paisana. Lánguidamente nos íbamos introduciendo en los coches con el corazón henchido de emociones y los estómagos a pleno rendimiento. ¡Con deciros que yo ni merendé…!

Próximo encuentro: Alcalá de Henares, con nuestro amigo Agustín. Esto no para.

Paz y bien.

Antonio Estepa Romero

Viaje en el tiempo

"Ora et labora"

Meditaciones metafísicas a la sombra de un andamio 


La mayoría de los alumnos que llegábamos al Seminario de Sta. María de los Ángeles en Hornachuelos, veníamos de nuestros pueblos de origen un poco verdes. Provincianos y con la manta a cuadros terciada al hombro, como en más de una ocasión nos dijo en broma alguno de nuestros profesores cuando nos veían perdidos, o cuando se nos pedía en voz alta que nos centráramos, ante alguna torpeza cometida en fila por nuestra falta de tino: ¡Suelta la manta de una vez!

Y nosotros obedientes, procurábamos mejorar.


Sin embargo con el paso del tiempo, me aferré con fuerza a aquella manta virtual a cuadros, que no se nos caía del hombro. 
En más de una ocasión a lo largo de los años, vi en aquella manta como un abrigo de valores y de autenticidad, del que no he querido desprenderme nunca. 

Comento una anécdota sobre mi pueblo ocurrida en los Ángeles: En Montoro, cerca de la calle de la Coracha donde vivíamos, había un convento de monjas de las Hermanas del Patrocinio de María, en la calle de Jesús. 

Allí recibí mis primeras lecciones, de la mano de una monja llamada Sor Pasión. 

En los Ángeles, creo que ya en tercero, un día hablando de mi pueblo de nacimiento con la hermana que regentaba la cocina, a la que le pedí unos retales de tela para construir las velas de un barco que hacía, le comenté aquel hecho de párvulos en Montoro. Y me dijo la hermana, que conocía a aquella monja que fue mi maestra de pequeño, me dijo que era su compañera de oración.

Resulta que las monjas del Patrocinio de María de Montoro, eran también las encargadas en los Ángeles de llevar la responsabilidad de la cocina y la limpieza del Seminario. 

Definitivamente el mundo es un pañuelo. 

Como digo; nunca me pude imaginar que en plena Sierra Morena, yo iba a tener la oportunidad junto a otros doscientos chavales, de encuadrar mi vida estudiantil en los primeros y fundamentales años del bachillerato. 

Quiero hacer un repaso de la importancia que tuvo para nuestras vidas las enseñanzas recibidas, por parte de aquellos profesores en los cuatro primeros cursos de bachillerato. 

El profesorado estaba formado por los curas diocesanos del centro, salvo dos profesores titulados que subían del pueblo de Hornachuelos. 

Sin embargo, una de las cosas que recuerdo como muy curiosas para mí en aquellos primeros años, fueron aquellas meditaciones y ejercicios espirituales que llevábamos a cabo con rigurosa seriedad. 

Aquel silencio a todas horas durante el tiempo que duraban, era algo impresionante. 

Se nos aleccionaba sobre las lecturas del Evangelio en donde se hablaba de respeto a la idea de Dios Padre, del sentido reparador de la oración, de la importancia del conocimiento del mensaje de Cristo, y de la responsabilidad individual de continuar la obra misionera de los apóstoles. 

También se nos hablaba de las vidas ejemplares de Santos y Santas que murieron como poco en defensa de su virginidad. 

Cuando bajábamos al pueblo, comprábamos en el kiosco tebeos que versaban sobre aquellas vidas ejemplares de santos y mártires. Nada que ver con las aventuras del Capitán Trueno, el Cachorro, el Jabato y otros de aquella época, que eran los tebeos que la chavalería coleccionaba. 

Los seminaristas íbamos siempre en fila y en orden, al menos al principio. 

Así era aquel esquema formativo que se nos troqueló en nuestras mentes juveniles, uniformando a aquellos chicos venidos de todos los pueblos de Córdoba, con mejor o peor acierto pedagógico. 

Recuerdo que en aquellos años aprendí a nadar en aquella enorme piscina, algo que luego me ha servido en la vida común y corriente para disfrutar del mar, sin el miedo al agua tan común en la gente de tierra adentro. 

En aquellas primeras etapas nuestras de formación, como es lógico, también se incluía el deporte. 

El fútbol era el deporte rey por excelencia para la mayoría, pues todos lo practicábamos en los recreos y en los fines de semana en aquel campo de tierra inclinado, a mí me gustaba jugar de lateral izquierdo. 

El baloncesto y los juegos de mesa eran otros de los juegos preferidos. 

Entre horas cuando teníamos recreo, íbamos disparados hacia los futbolines y el ping-pong que había instalados en una zona cubierta del patio. 

Había verdaderos maestros, 

igual que pasaba en el estudio, había chicos de un alto nivel en algunos juegos de mesa. Había compañeros que eran insuperables.

Los superiores en algunas ocasiones, nos mandaban hacer trabajos sobre los temas relacionados con las inquietudes sociales y religiosas, que luego se exponían en las paredes del pasillo anexo al patio, dando un premio a los mejor confeccionados. 

El Seminario de los Ángeles, era un micro universo docente en pequeño, instalado en plena Sierra Morena para doscientos alumnos, que incorporaba los cuatro cursos primeros del bachillerato. 

En vacaciones sin embargo, mi actividad se orientaba al trabajo laboral, y a recuperar algunas asignaturas pendientes que arrastraba de segundo. Pues en maestría algunas asignaturas de bachillerato como los idiomas no las había dado nunca, y en S. Fulgencio me examiné de ingreso, 1º y 2º en un solo año, con lo que se me amontonó un poco el trabajo de recuperación. 

Recuerdo que un verano, mi padre contrató a un albañil para hacer unos arreglos importantes en nuestra casa, y como yo tenía alguna formación en los cuatro oficios básicos, mi padre me ofreció al albañil como peón. 

Pasar del pupitre al andamio fue muy duro, los primeros días sufrí de agujetas en todo el cuerpo, mi madre me compró un linimento con el que me daba friegas. 

Aquel albañil como profesor del andamio, había cambiado el libro de texto por un palustre, ladrillos, arena y cemento, y me pedía material sin descanso. 

Decía que la nueva juventud no valía para nada, que no sabíamos lo que era el sufrimiento y el pasar necesidades, que era pasando penalidades donde se forjaban de verdad los hombres. 

Yo le escuchaba sin decir ni pío, y seguía arrimándole mortero y subiéndole ladrillos empapados por la carrucha. Pasados unos días me fui encontrando mejor, empezando a dominar el trabajo, sin resentirme tanto del dolor de espalda. 

"Ora et labora": Decía la regla de S. Benito, y qué razón tenía. 

Con las manos llenas de callos y los huesos doloridos, las ciencias y la metafísica entraban por ósmosis solas en la cabeza. 

En el Seminario, empecé a interpretar el concepto religioso sobre el que se basaba nuestra formación particular al margen de las humanidades. 

Nuestra meditaciones y retiros eran básicamente un conjunto de actos, según el calendario, que iban desde la misa diaria, la meditación, las oraciones en pequeños actos comunitarios, y las charlas de nuestros superiores en función de los meses y las festividades que se celebraban. 

Empecé a entender, que la oración era un acto de reconocimiento y humildad ante la Divinidad desde nuestra frágil condición humana. Que la idea de un Dios Padre, Creador Omnipotente; era la mejor forma de comprender nuestra existencia en la Tierra como seres humanos, evolucionados y cultos. Y que Jesús-Cristo, fue enviado para enseñar la doctrina de compasión y amor fraterno, redimiendo al mundo con su Palabra y Sacrificio de la situación ignorante y materialista. 

Siendo la Virgen María, nuestra valedora terrenal ante la figura de su Hijo Jesús de Nazaret, crucificado en tiempo de los romanos acusado de ser el Masías, el esperado rey libertador del pueblo judío, así como de ser proclamado el Hijo de Dios y tener capacidad de salvar y perdonar los pecados. 

Fue a partir de aquella formación especializada desde la doctrina Católica, cuando empecé a calibrar la importancia de que nuestra existencia: ¿Quienes somos? 

Los seres humanos, a diferencia del resto de animales terrestres, debíamos ser un proyecto ambicioso y medido por parte de alguien muy superior al ser humano, a quien llamábamos Dios, que estás en los Cielos. 

Y no una circunstancia espontánea o casual de la materia del universo, pues de la vida terrena se desprende la voluntad y también el entendimiento, únicamente en las personas. 

Primando nuestra libertad individual y la responsabilidad, sobre la material composición de nuestro cuerpo, caduco y finito como especie humana, capaz de evolucionar. 

Un sentimiento de trascendencia innato, buscado por el hombre prehistórico desde los primeros albores de la historia, y reflejado en todos los credos religiosos de todas las latitudes del mundo, desde la más remota antigüedad prehistórica. 

Aquel andamio con el maestro albañil pidiendo ladrillos, me puso a ras del suelo como estudiante seminarista, que coteja la teoría religiosa desde el sudor, los callos y el dolor de espalda, por una necesaria obligación de ayuda familiar. 

Viéndonos todos como hombres y mujeres iguales, puestos unos junto a otros en una existencia de mejora personal a partir de la nada, a lo largo del tiempo. 

En consonancia con el resto de las especies animales y vegetales del planeta, con el fin de aceptar la realidad de nuestra naturaleza por encima de la materia, y por debajo de la mano que nos plantó en la Tierra. 

Siendo nuestras vidas limitadas y circunscritas al pensamiento, solo una secuencia corta de toda una larga película, de la que no conocemos mientras vivimos ni el principio ni el final. 

Juan Martín Santiago

lunes, 6 de marzo de 2017

EL BARRO DEL BEMBEZAR

Crónicas de los Ángeles

Aunque no tengo mucho tiempo, -sigo en el tajo-, Rafa Vilas me pidió hace días que volviera a escribir algo para el Blogs. Ante tal petición de nuestro ínclito e impagable “master”, he buscado este fin de semana, no sin dificultad, un rato de tranquilidad, soledad y ejercicio de memoria, para redactar estas líneas continuistas de mis Crónicas de los Ángeles, que espero ayuden a resolver el puzle de nuestra estancia en el Seminario y además calmen el ansia y la dependencia que declara tener por estas anécdotas, nuestro apreciado Pedro Calle. Va por él.

Corría el mes de Junio del año 1964, (curso 63/64), primer año de mi estancia en Los Ángeles, cuando ya se olían de cerca las vacaciones y los exámenes finales estaban a vuelta de hoja, me sucedió otra aventura accidentada (la anterior fue un mes o dos antes, ya narrada en “El partido de fútbol y la lanza”) de la que al final también salí bien parado. Mi Ángel de la Guarda tenía, tiene y tendrá bastante trabajo conmigo, lo tengo esclavizado, pero me quiere.

Puente de Los Ángeles sumergido en las aguas embalsadas
de la presa del Bembezar
Era domingo, y por aquello de romper la rutina, aprovechando que habían desembalsado la presa de Hornachuelos por unas obras, el río estaba muy bajo y en vez de bañarnos en la piscina, nos bajaron al cauce del Bembézar. Allí se formó el jolgorio “padre”. Unos se dedicaron a coger peces con las manos debajo de las piedras, otros bañándose, los más, retozando y corriendo por las orillas de barro. Os podéis imaginar a ciento y “pico” niños sueltos y con mucho espacio, después de todos los días de la semana enclaustrados.

Pues bien, unos pocos, nos dedicamos a guerrear con el barro, como si de pelotas de nieve se tratara. Nos pintamos con el lodo varias figuras y rayas en el pecho y espalda, distintas para cada bando y se inició la batalla. A poco que comenzamos, muchos de los que nos miraban se fueron uniendo a un bando u otro, dependiendo equitativamente del número de “soldados” que cada ejército tenía. Éramos caballeros, no había que dar ventaja a nadie. Las bolas de barro, moldeadas al efecto, volaban por todos lados y en cualquier dirección. Todos buscábamos una protección, a modo de parapeto, para esquivar los proyectiles. Al que se le acertaba caía eliminado.

Tomando un baño en la piscina de Santa Mª de los Ángeles
Y así de esta guisa, sucedió que, estando mirando en una dirección, volví la cabeza y encontré como una bola, -a mi me pareció la bola del mundo-, a medio metro de mi ojo derecho, se me venía encima sin oportunidad de esquivarla. El impacto fue certero, el barro se aplasto sobre la cuenca del ojo y me dejo como un pirata, con el ojo tapado. Los que estaban cerca se dieron cuenta del percance y avisaron de inmediato a D. Antonio, que también andaba por allí. Cuando el cura se acercó y vio que me chorreaban por la cara unos hilos de líquido grisáceo, con origen en el lugar del impacto, se temió lo peor: que el ojo estuviera afectado. No vi nunca a D. Antonio tan nervioso (parece que también tenía su corazoncito). Me llevó a la orilla del agua y me lavó el barro, tanto del ojo, como del resto del cuerpo y enseguida para arriba. El ojo lo tenía amoratado y cerrado, así que al día siguiente, furgoneta y tartana y a Córdoba, al oculista. Después de la revisión médica, en la que se constató que el ojo no tenía ningún daño, que solo era el moratón por el golpe, me llevaron a San Pelagio, donde por un día fui el centro de atención, como el niño pequeño de una familia, de los seminaristas mayores. La teoría del oculista fue de que el párpado en un acto reflejo, se cerró milésimas de segundo antes de que la bola llegara, de esa forma se protegió el globo ocular y solo quedó el daño superficial del moratón. El líquido que bajaba por la cara era parte del agua turbia que destilaba el barro.


Al día siguiente, otra vez furgoneta y tartana y a Los Ángeles. Mis más allegados me esperaban ansiosos, expectantes y preocupados por lo que hubiera podido ocurrir. Cuando llegué y tomaron noticia de que no pasaba nada grave, nos abrazamos, sobre todo con el lanzador (Nieto Vallín) y nos alegramos de que el incidente quedara sólo como una peripecia más de las que nos ocurrieron en aquellos tiempos y que se grabaron en mi memoria, como hechos destacados (por protagonista) de nuestras correrías y fechorías infantiles.

El diagnóstico del oculista fue totalmente acertado, ya que empecé a usar gafas con 26 ó 27 años, por culpa de las malditas pantallas verdes de los ordenadores.

Pedro, aquí llevas una “caladita” del gran cigarro que todos nos fumamos. Espero que por un momento calme tu adicción a estas narraciones anecdóticas y como dice El Fili, te prometo más, no sé cuando, pero las tendrás, tú y todos.

Un abrazo, salud y suerte para todos. Sed felices.

El Niño de los Ángeles

jueves, 2 de marzo de 2017

Yo fui solo a ver El Graduado

Pocas películas han podido impactar tanto en el ánimo de un adolescente como aquella de El Graduado. Era para mayores de 18 pero a mí me dejaron entrar, no sé, mi porte serio y formal quizás convenciera al portero.

No recuerdo si fue en nuestro primer curso en san Pelagio, creo que sí, con dieciséis de aquellos años pajilleros. Quizás en junio del 69. 

Gustaba yo de salir en solitario, recreándome a solas de este nuevo placer ignoto de libertad sin vigilancia, sin alejarme mucho, eso sí, no fuera a perderme, desde luego ni intentarlo por Cardenal González ni por la Ribera, calles proscritas de mala vida y peor reputación. Y nunca más allá de las Tendillas, las más de las veces calle Céspedes parriba, calle Céspedes pabajo. Me perdían, no obstante, las faldas plisadas y los pechos ilustrados de libros y cuadernos que llevaban las mocitas de entonces. Los domingos sí que apiaraba con vosotros. Solíamos ir a misa a una capillita de la Mezquita, y luego nos quedábamos largo rato sentados o jugando en el patio de los naranjos. Y antes del condumio nos tomábamos un "fifty" con una tapa de boquerones en vinagre en el barecillo de la esquina.

Había domingos en que me iba a almorzar a la casa de mi tía Josefa, en la Comandancia de la Guardia Civil. Yo no entraba por la puerta principal en la avenida Medina Azahara, sino por un postigo lateral en todo lo alto de la avenida República Argentina, casi casi dando al parque de los Patos.

Y debió ser uno de esos domingos. Naturalmente, yo ya lo tenía más que pensado. Con la excusa -totalmente creíble en mi caso- de tener que estudiar porque al día siguiente teníamos un examen acorté la sobremesa con mis tíos y mis primos -"chiquillo, con este sol te va a dar un tabardillo, protestaba mi tía-, y saliendo del cuartel, esta vez sí, por Medina Azahara, emboqué enseguida en la calle Julio Pellicer, mi perdición. Porque mis pasos pecaminosos se encaminaron sin remedio, calle abajo, hasta el Cine Avenida, creo que se llamaba, donde ponían El Graduado. Y entré. Digo si entré. En mis primeras maquinaciones había considerado ir a la película con Bermúdez, Paco Carrillo y Manolo Jurado, gente por entonces tan alelada como yo, con la sana idea de que la culpa, diluida entre tantos, sería menos. Pero finalmente decidí que no, que iría yo solo, como un hombrecito. Y sin la pejiguera de tener que disimular mis emociones delante de nadie.

Sería digno de analizar mi conducta de adolescente con respecto a los pecados. Muy curiosa. Con las pajillas me pasaba igual. Podían conmigo. "De esta no te libra ni la Santísima Trinidad" -parecía sentenciarme una voz interior, el Maligno, sin duda-. Y yo me conformaba a mí mismo con la única defensa posible: "Bueno, da igual, luego me confieso". Y así caía una y otra vez. Lo mismo ahora; durante el paseo hasta el cine no sé la de veces que dudé, que retrocedí y volví a avanzar; que no, que te vas pal seminario; que sí, que no pasa ná, que solo es una película; que no, que es ocasión de pecado; que sí, que es mundología; que no, coño, que no, que sé en qué va acabar todo; que sí, hombre, que sí, que a todo lo más que tengas que confesarte, qué más da una paja que tres... Calle abajo, el sentimiento de culpa me bloqueaba, me sentía observado por la gente a la que yo, en mis remordimientos, le atribuía juicios impíos: "Mirad, mirad, ese jovencito que va por ahí, siendo seminarista y todo, y va a meterse en El Graduado". Pese a todo, siempre ganaba Lucifer. Y es que ahora que lo pensamos, parece que los Ángeles buenos estaban atontolinados por entonces ¿verdad? ¿Dónde estaba aquella tarde mi Ángel de la Guarda?...

Fue muy de agradecer que entrara ya con los trailers empezados, así no tuve que soportar el rigor de las miradas acusadoras de los demás espectadores. Me senté donde primero pillé. Desde luego, la película colmó con creces mis expectativas. Primero, las eróticas, para la época, más que suficientes; mi amígdala cerebelosa, el orgánulo que almacena las emociones antiguas, retendrá para siempre aquella escena en que Benjamin se tira a la piscina y en la secuencia siguiente no cae en el agua sino en la cama, encima de la señora Robinson, valiente pérfido putón. Y luego, las musicales. En aquel tiempo yo era un incondicional de Simon y Garfunkel, de manera que disfruté de lo lindo, siendo de ellos toda la banda sonora. Canciones como los sonidos del silencio, el boxeador o puente sobre aguas turbulentas pertenecerán ya para siempre al acervo emocional de mis recuerdos.

Al final, no hubo escabechina culpatoria. Quiero decir que no hubo pecado por mor de la película. Salí del cine más hombre, más maduro, más liberado de como entré. Más seguro de mí mismo. No me sentí observado, la gente ya no tenía porqué saber que yo era seminarista, no me enjuiciaba. Yo mismo me sentí uno más, una personita de la calle. Aprecié en aquella película muchas más cosas, muchos más detalles, de lo que yo iba buscando. Y comprobé que lo erótico, siendo un elemento angular en la misma, no lo era todo. Me enseñó a entender la interpretación, la inocencia juvenil de unos novios (estupendos los bisoños Dustin Hoffman y Catherine Ross), el guión tan turbador -algo totalmente novedoso e inconcebible para nosotros que, aunque recién salidos de un Concilio modernizante, no dábamos para tanto: que una mujer casada y buenorra sedujera al novio de su propia hija, escandaloso-, el ambiente social tan diferente del nuestro en aquella América lejana y desconocida, y, sobre todo, el imponente valor de la música. Fue la primera película que analicé por mi cuenta, mucho antes de los cine forum de los salesianos. Una película impactante, mi primera gran película.


Lo dicho, sed buenos.


El Fili


miércoles, 1 de marzo de 2017

CARTA ABIERTA A LOS AFICIONADOS AL FÚTBOL

Aquellas tardes de fútbol

Queridos amigos hornachueleros:

Me gustaría recrear someramente el ambiente del club de fútbol cordobés que nos encontramos el año del Señor 1969. Mis conocimientos futboleros fueron entonces y son ahora lamentablemente raquíticos. Confío en vuestra sin par condescendencia para saldar mi atroz osadía.

No temáis. En realidad, sólo aportaré un par de detalles nimios vividos al azar, probablemente durante el 6º curso pelagiano. 

Señala Manuel Jurado acertadamente en sus memorias que nuestra llegada al Seminario de San Pelagio supuso un cambio radical en nuestras agrestes vidas. En mi caso, los paseos en completa libertad por la hermosa ciudad de Córdoba suplieron las excursiones y paseos montaraces de nuestra recatada etapa anacoreta, de la que apenas sobresalen en mi parca memoria algunas excursiones relatadas en anterior escrito y las salidas semanales al Llano del Pozo. Piscina, pichoncho, ping-pong y otros entretenimientos eran diversión más limitada.

Los paseos, con algunos amigos habituales de mi curso, por la Córdoba de ojos profundos, soñadores, pintados por Julio Romero de Torres en sus mujeres cordobesas, derivaron de forma natural hacia todos sus puntos cardinales con el soñar del tiempo. 

Sin premeditación alguna fuimos explorando sus mágicos rincones y sus plazas, sus parques y su río, sus palacios, estatuas, monumentos… hasta quedar prendados sin reservas en su hechicero encanto. 

No enumero las diversas y variadas incursiones que realizamos por el Centro y los alrededores de esa ciudad embrujada porque todos vosotros conocéis cualquier lugar, recodo, luz… que pueda mencionar, mucho mejor que yo. 

El caso es que en uno de aquellos joviales paseos llegamos al estadio El Arcángel del Córdoba F.C., (en aquellos tan lejanos días más llana y concisamente Estadio Deportivo del Córdoba C.F. ).

Volveríamos unas cuantas veces más, atraídos por la remota posibilidad de colarnos saltando la valla exterior del recinto durante las animadas tardes de fútbol, y atraídos también por el fantástico ambiente que se respiraba durante aquellos viriles encuentros. 

El intento de asalto al interior del estadio era práctica habitual para los jóvenes cordobeses con la faldriquera “seca” y la pasión futbolística desbordada, durante los vibrantes partidos de liga de aquellos benditos años.

El campo estaba permanentemente vigilado cada vez que se celebraba un choque liguero por varios policías a caballo, que no dudaban en utilizar la porra con alevosía en cuanto se organizaban las espontáneas escaladas desde el exterior del estadio. 

Para superar el muro se necesitaba la colaboración de un valiente que apuntalaba al escalador sobre sus hombros y de otro cómplice que, estando ya dentro, aupaba al audaz aficionado, ayudándole a rematar el asalto de la hermética “plaza”. 

Mientras escuchábamos los vítores, insultos y exclamaciones que nos llegaban del público en el interior del estadio, los enardecidos asaltantes aprovechaban los mínimos descuidos de los jinetes policiales para intentar colarse una y otra vez, recibiendo estopa… una y otra vez.

El espectáculo se repetía en sucesivas oleadas de escaladores y de policías a caballo que acudían galopando con presteza a desbaratar las aguerridas torres humanas que levantaba la pasión por el balón y sus endiabladas escaramuzas. 

Cuando aparecen en las noticias los asaltos a la valla de Melilla, salvando todo tipo de distancias, percibo la misma determinación inquebrantable frente a la empresa imposible. En realidad no tan imposible ya que unos pocos conseguían acceder al recinto sagrado sin gastar un duro. (En la valla de Melilla esporádicamente también lo consiguen algunos magrebís a juzgar por las mencionadas noticias que vomitan las “condenas” televisivas).

A estas alturas del relato es fácil deducir que mis amigos y yo jamás nos atrevimos, ni remotamente, a intentar la desaforada hazaña de colarnos en el condenadamente bien vigilado templo futbolístico. Demasiado emocionante y demasiado peligroso. Además nos faltaba el necesario colaborador en el interior del estadio. Vamos, que ni en sueños. 

Nos conformábamos con disfrutar del excitante ambiente que se vivía en el exterior del estadio, donde permanecíamos expectantes junto a numerosos grupos de jóvenes aficionados, que seguían los lances del juego a través de los gritos de los espectadores. Los goles locales desataban un poderoso clamor que inundaba los abiertos espacios y era contestado con efusión por los espectadores ciegos. 

Toca mencionar que el Córdoba descendió a segunda división la temporada 68-69. Los rumores apuntaban a que los jugadores eran unos golfos redomados, amantes de las fiestas nocturnas de fin de semana. Su rendimiento en el campo de fútbol era cada vez más desastroso, según los “técnicos” por falta de motivación y otras lindezas, como los lesionados, la “vejez” de la plantilla, etc. 

El club tuvo que contratar al prestigioso Ladislao Kubala como entrenador, tratando de remediar la debacle. Kubala era la gran esperanza regeneradora del club para emprender la anhelada y necesaria remontada.

Recuerdo que en un partido el Córdoba goleó a su rival y acabaron dejando entrar a la hinchada exterior. Fue una especie de invitación a los aficionados “probes” a hermanarse en una celebración triunfal con los “paganos”, (que habían pagado la entrada). 

Mis amigos y yo renunciamos a diluirnos en aquella masa enfervorizada y disfrutamos la alegría general como testigos impertérritos. En realidad, la política de puertas abiertas se produjo pocos minutos antes del final del glorioso partido. No merecía la pena entrar cuando la gente estaba a punto de salir. Éramos más cabeza que corazón. Y sobrevivimos.

Me refiere Manuel Jurado al respecto que en un par de ocasiones él y unos compañeros consiguieron del portero de la entrada permiso para pasar a ver un partido. Para ello le lloraron su doble condición de pobres seminaristas, o sea, de seminaristas y pobres.

Por mi parte, y ya termino, encontré la puerta del estadio abierta un sábado que había entrenamiento. No recuerdo con quien iba, pero sí recuerdo que entramos a curiosear. Encontramos a Kubala dirigiendo a sus jugadores. Nadie nos impidió ver al equipo entrenar desde las gradas. Éramos escasos los curiosos y además discretos: no nos metimos con ninguno de aquellos golfos arrepentidos, como es usual en estos tiempos. 

Tampoco nos quedamos hasta el final del entreno. Nos hubiera gustado saludar a Kubala al final del mismo, pero la hora de la comida era sagrada para nosotros incluso los días festivos. 

Durante nuestro curso de Preu (1970-1971), el Córdoba volvió a ascender a primera división con un equipo joven, renovado, y ya sin Kubala como entrenador. 

Quien desee más información puede recurrir a Internet y conocer la historia completa del club. Yo simplemente he pretendido “tocar” el tema para que José María lo “remate” de cabeza, si quiere, corrigiendo y ampliando este pobre relato con su infalible tino y excelente humor.

No olvidéis los demás que algunos de nosotros anhelamos las novedades del blog. 

Yo, lo confieso, me he vuelto adicto a las anécdotas y memorias que se nos ofrecen mes tras mes de manos de nuestro incombustible “máster” Rafael Vilas. 

“Necesito” más historias, más fotos… y si es posible en dosis más altas. 

Estoy, me temo, irremediablemente enganchado. 

Va…, aunque sólo sean unas caladitas, contad algo. 

Si así lo hacéis, entraréis en el reino encantado de los escritores mágicos que conmueven los cansados corazones con historias verdaderas de aquel mundo perdido y aún añorado con dulce melancolía. 

Agradece vuestra amable atención este simplísimo bufón, Pedro Calle, vuestro humilde servidor, que de sus muchos errores demanda real perdón.

Agradecer al Córdoba Club de Futbol las imágenes tomadas de su fototeca.