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sábado, 28 de enero de 2017

Reunión del Grupo Córdoba en Plateros

REUNION DE LOS VICARIANOS CORDOBESES EN LA MUY NOBLE Y LEAL SOCIEDAD DE PLATEROS










Córdoba, 26 de enero de 2017


Primera reunión, con la que iniciamos un nuevo año, cargado de esperanzas. Eso sí, cargado de esperanzas, porque cargado de vicarianos, resultó que no. Ciertamente la alineación quedó muy mermada, debido a las bajas por enfermedad. Pueden observar, vuestras ilustrísimas, a través de las espléndidas fotos del reportero Carlitos, los pocos jugadores que saltamos al terreno de juego. ¡Cachis en diez! Eso sí, a todos los tuvimos presentes. (Vayan, desde estas humildes letras, nuestros enormes deseos de su pronta recuperación)

Ahí va la alineación: Andrés Luna, Antonio Gómez, Carlitos Samaniego, Antonio Hidalgo, Manolo Ruiz, Andrés Osado, Paco Moreno, Paco Sánchez y Diego Ruiz. No había para un equipo de futbol, pero energía sobró a raudales… si no, que se lo pregunten a los de al lado (que por cierto, eran unos guiris) de vez en cuando nos miraban y se reían. Parecía que no nos habíamos visto desde el año pasado. Verdaderamente así fue, la última vez que nos vimos fue en el 2016. ¡No tenemos “jartera”! Primero nos dimos un repaso a nosotros mismos. Luego, nos contamos las peripecias ocurridas desde nuestro último encuentro, es decir, desde el año 63, hasta lo sucedido el día de antes. 

Se me olvidaba, la entrada de Carlitos, cámara a cuestas, tuvo tintes de grandeza: “Ya he mandado todas las fotos que tenía para que las cuelgue Rafa Vilas y además he encontrado las de la entronización. A partir de ahora se las voy a mandar siempre”. Esas palabras, que han quedado para la posteridad, sí que nos gustaron. ¡Por fin íbamos a tener todas las fotos de nuestros encuentros! ¡Ya era hora! Y por lo que se puede ver, en esta ocasión, ha cumplido. Antes de que el gallo cante tres veces, se las ha mandado a Rafa Vilas y están publicadas. Por cierto el que no cumple es un servidor: ya debería estar la crónica y aún, hoy sábado, a las 9 de la mañana, aún estoy escribiendo la crónica. Si yo participara en una carrera, me darían dos premios: uno por lento y otro para que no se me olvide. Bueno… a lo que vamos.

Nos estamos informatizando cada vez más. Seguro que Rafa Vilas, en una de sus correrías por Córdoba, ha debido informar a los de Plateros, de cómo controlarnos. Nada más llegar, damos nuestros nombres y pedimos la consumición. Acto seguido, nos controla el ordenador. ¡Qué maravilla! Un día de estos pediré a Antonio -el dueño de la posada- con el que nos hemos hecho grandes amigos, (quien nos lo iba a decir. ¿Os acordáis?...) Ya me he perdido, ¿por dónde iba? Ah, ya. Decía que, iba a pedir un informe detallado, de todo lo que nos metemos entre pecho y espalda. ¡Está todo informatizado! Ya nos controlan hasta en los bares. ¿Recordáis lo del bocata de “caramales” y el de Carlitos que es de atún con tomate? Pues ya no es oro todo lo que reluce. A instancia de Antonio Gómez, solicitando un buen plato de gambas rebozadas, parece que nos picó el gusanillo, por la buena pinta que tenían. Alguno que otro, fue infiel, al bocata de caramales, por esas suculentas figuritas, contorneadas por el rebozado. Otros, sin decir nombres, por aquello del “secreto de confesión” (¿verdad Manolo Jurado?) renunciaron a medias. A medias porque, no teniendo bastante con el bocata, se atrevieron a jugar con la segunda y tomarse ese digno plato de gambas. ¡Es que no tienen perdón! Verdaderamente daba gusto verles las caras. La emoción y la satisfacción les embargaban. Alguien diría que eran caras de “lujuria”… se les volvían hasta los ojillos del gustito. Cambio de tema, porque sólo el recordarlo, me llena de estupefacción. ¡Hasta dónde vamos a llegar!

Andrés, desde su córner, observaba con valentía. Si, si valentía. Porque como un jabato, estaba presidiendo nuestra reunión, con alegría. Bueno… hasta que Carlitos, “el joio” Carlitos, le tiraba al suelo el bastón, cada vez que se movía para hacer una foto. Yo conté, por lo menos tres veces… a no ser que fueran más en una de mis idas al WC. “Coño Carlitos, deja el bastón ahí y no lo retires más” Menos mal que el bastón es de los buenos, no esos de los chinos, porque de lo contrario hubiera pasado a mejor vida con tanta caída. Ya no volvió a caerse más, el sufrido garrote, en toda la noche. No volvió a hacerlo porque Andrés se retiró a su hora de costumbre. ¡Pobre bastón, cuanto suplicio en esa noche!

Continuamos un rato más. Nos hicimos la foto de rigor y pasamos por la vicaría; mejor dicho por el ordenador. Pagamos lo que él nos reclamó y nos fuimos. Bueno… se fueron. Aún permanecimos tres jugadores. Encapotados, pues llovía, Pacomo, Diego y un servidor, tomamos la calle Lucano y a la altura del “6”, dimos la espuela, pero ya no estaba Diego. Aún trabaja y eso de trasnochar no es bueno.

Ultimas fotos hechas por Pacomo, que está siempre a la retaguardia con ellas, y cada uno a su casa.

Y eso fue todo.

Sed buenos y hasta siempre.

Andrés Osado
(cuando son las 10 horas, del sábado 28 de enero)

              
              
              


jueves, 19 de enero de 2017

EL SECRETO DE CONFESIÓN - SEGUNDA PARTE..

ALGUNOS RECUERDOS PERSONALES DE 6°


En el anterior escrito nos habíamos quedado en los primeros días del mes de diciembre de 1969, con el amargo sabor de la entrevista en el despacho de Don Antonio. Sin lugar a dudas, aquella dura confesión y su “algo más”, me marcaron durante algún tiempo. Aquel tono inquisitivo inusual me planteaba muchos interrogantes, que sin duda hubieran merecido alguna aclaración posterior de su parte, aunque yo no se la pidiera, pues jamás me hubiera atrevido.

Pero mi confianza en los sacerdotes que se ocupaban de nuestra formacion era muy grande y deseché todas las dudas. Acabé asimilando aquel episodio como un hecho totalmente aislado y una prueba más con la que Dios había querido purificar mi corazón. Todo quedó en el ámbito religioso, dentro del secreto de confesión entre mi director espiritual y yo. Sin transcendencia para el resto de los compañeros. Además nos encontrábamos en plenos exámenes de final del primer trimestre. Las vacaciones de Navidad estaban tan cerca que todo invitaba a arrear el último empujón a los estudios y a comenzar a soñar con los dulces días hogareños que nos esperaban.

Son muchos los recuerdos de aquel 6° curso. Algunos ya los habéis contado vosotros en este blog, más extensamente Pedro Calle en sus "memorias". Quisiera destacar que la convivencia dentro del Seminario era muy buena. Nuestra aula estaba situada junto al patio de cemento. La rutina de las clases se alternaba con las horas de estudio, las prácticas religiosas y la pasión por el futbol. Nos tirábamos horas disfrutando de este deporte los sábados y domingos, en partidos interminables, sin límite de tiempo, con aquella pelota blanca de goma que tanto nos gustaba. Quizás algunos me recordéis jugando de portero. Casi siempre ocupaba esa posición gracias a mis buenos reflejos. Para los grandes partidos en el campo de San Eulogio, el portero indiscutible de mi curso era Jaime. También solíamos salir a pasear en grupitos libremente por Córdoba. El patio de los naranjos de la Mezquita era uno de nuestros lugares predilectos.

Volvamos al principio del curso. A los de 6ª nos colocaron de la siguiente manera: Subiendo por la escalera principal, en la parte izquierda había unos dormitorios individuales que coloquialmente llamábamos "camarillas". Unos 10 afortunados compañeros, en teoría más desarrollados físicamente, las ocuparon. A los restantes nos acomodaron en un dormitorio corrido que estaba enfrente del pasillo, dos o tres escalones más arriba. Era una gran diferencia, pues la privacidad dentro del dormitorio individual les otorgaba mayor libertad de movimientos, sin ese control mutuo permanente del dormitorio común .

Recién iniciado el trimestre, sobre finales de septiembre o primeros de octubre, se produjo un hecho relevante. Nos encontrábamos en el estudio cuando vimos aparecer a Don Antonio Jiménez. Se situó delante de nuestras mesas de estudio y reclamó nuestra atención. Empezó contando que del dormitorio individual de nuestro compañero Antonio Luna, de encima de su mesa concretamente, había desaparecido un reloj de pulsera. 

Don Antonio siguió explicando que, sin duda, se trataba de un desliz accidental o temporal. Estaba seguro que la persona que lo había “distraído” recapacitaría y lo retornaría en el plazo de 48 horas. Continuó hablando y se fue calentando hasta el punto de comprometerse personalmente en el asunto. Concluyó diciendo que si en una semana no había aparecido el reloj, utilizaría todos los medios a su alcance para dar con el ladrón.

Pasó una semana, pasaron 15 días, pasó un mes y del reloj nunca más se supo. Muy pronto nos olvidamos todos de aquel incidente. Las clases y los exigentes estudios de 6º, (además de las asignaturas que algunos arrastrábamos del curso anterior como consecuencia de los exámenes libres en el Instituto de Écija), acaparaban nuestra atención más que cualquier otro tema. Aprobar y sacar adelante los estudios era lo primordial para nosotros.

Los días fueron pasando rápidamente. A mediados de diciembre de 1969, faltando menos de una semana para las vacaciones de Navidad, nos encontrábamos todos en el estudio cuando se presentó Don Antonio Jiménez. Dijo que venía a darnos una buena noticia. Que el reloj de pulsera desaparecido casi tres meses atrás, había sido devuelto. Alguien lo habia dejado sobre la mesa escritorio del dormitorio de Antonio Luna. Por tanto el caso quedaba totalmente resuelto y zanjado.

Ni en aquel momento, ni después, ninguno de nosotros comentó nada, a pesar de la evidente coincidencia entre las visitas a su despacho y la aparición del reloj, pues justo 15 días antes , muchos de nosotros habíamos ido pasando por su despacho, en mi caso en confesión obligatoria, tal como os he contado. Tiempo después me pregunté internamente, cuántos compañeros fuimos realmente sospechosos de la desaparición del reloj.

Por suerte para los que continuamos el siguiente curso en Preuniversitario, el Director Espiritual fue el R. D. Pedro Crespo. 

D. Pedro tenía un talante muy diferente. Había corrido mucho mundo antes de ordenarse sacerdote, ya que sintió la vocación tardíamente, siendo ya mayor. Era muy realista, cercano a nosotros. A menudo nos contaba anécdotas que conseguían amenizar sus pláticas religiosas.

Desde aquella mala experiencia en el despacho de Don Antonio, con tantos elementos incomprensibles para mi y sin encontrar ninguna respuesta lógica, tuvo que transcurrir más de un año para que cayera en la cuenta de lo que realmente había sucedido. A partir de entonces comencé a desconfiar paulatinamente del secreto de confesión. La vil utilización del mismo por parte de aquel sacerdote sin escrúpulos consiguió alejarme definitivamente de la confesión. ¿Se confesaría Don Antonio de haber abusado de su posición “espiritual” para satisfacer su arrogante "ego"?

Tres o cuatro años después de abandonar el Seminario tomé la decisión de no confesarme nunca más. Me habían enseñado que para ir a comulgar debía pasar previamente por el confesionario. Como además nunca acepté como válidos y sustitutorios de la confesión personal los actos de penitencia comunitarios y de absolución en masa. La consecuencia lógica fue que también dejé de ir a comulgar.

Sé que no todos los sacerdotes son como aquel que intervino en la historia que os he contado. Sin duda, la inmensa mayoría administran el sacramento de la confesión con la comprensión y humildad debidas. No le guardo ningún rencor, al contrario, considero que me ayudó a madurar y desarrollar una actitud personal más crítica en adelante. 

Tampoco quiero buscar culpables ni justificaciones externas a mi forma de pensar. Para mí merecen el máximo RESPETO aquellas personas que viven su religiosidad y siguen acercándose con fe a la confesión y a la comunión.

Con el paso de los años, desaparecidos aquellos “corsés”, he sido capaz de buscar la Verdad por otros caminos. El sentido de la Vida me ha ido llegando a través del estudio, la comunicación con los demás y la reflexión. He conseguido vivir en paz con mi conciencia sin necesidad de “intermediarios”.

Nunca he intentado imponer a otros mis creencias o manera de pensar. En todos los órdenes de la vida mi bien más preciado es la LIBERTAD.

Hasta aquí mis reflexiones personales. Quisiera terminar recordando que este mes de enero ha hecho un año desde que nuestro amigo Rafael Raya nos contó aquella increíble historia en la que le culparon injustamente y lo expulsaron. Los dibujos obscenos que aparecieron pintados en los servicios del patio de recreo del Seminario de los Angeles, no fueron obra suya. Lo mandaron a su casa faltando muy pocos días para el final del segundo curso.

Tampoco le permitieron terminar el curso a nuestro amigo Antonio Martínez Rangel, por una historia de índole menor, que él ya ha contado en alguna ocasión. De esta manera, el estigma de los "margaritos" quedaba consumado, tal como nos recordó magistralmente en su escrito “La voz de Dios” nuestro amigo Andrés Osado. Dicha “voz” le advirtió que evitase durante las vacaciones de verano el contacto amistoso con aquellos dos ex compañeros que tanto daño moral le podían causar.

Poco a poco hemos ido entrelazando entre todos, como si de un racimo de uvas se tratase, unas maravillosas historias que nos han enriquecido y nos han llenado de nostalgia. En un año, más de 40 relatos, recuerdos personales o memorias han reflejado en el blog la realidad peculiar del Seminario en aquella época, con estilos y puntos de vista muy diversos.

Durante este tiempo he querido compartir con vosotros cuatro relatos personales y un resumen estadístico de los dos primeros cursos 1963 y 1964. Os invito a los que ya habéis contado anécdotas e historias muy interesantes y a los que queráis comenzar a hacerlo. Confío en que unos y otros continuaréis deleitándonos como hasta ahora. 

Animo desde aquí a los que guardan sabrosos recuerdos del Seminario para que nos hagan partícipes de ellos. La antorcha encendida debe seguir alumbrando nuestro pasado en común con el concurso de todos. Al menos, hasta donde buenamente podamos mantenerla viva.

Gracias por la paciencia que habéis tenido al leerme. Pido disculpas a aquellos que haya podido molestar.

Un abrazo cordial para todos vosotros.


Manuel Jurado. 
Móstoles, Enero de 2017

martes, 10 de enero de 2017

EL SECRETO DE CONFESIÓN

ALGUNOS RECUERDOS PERSONALES DE 6º
PRIMERA PARTE



El relato que os quiero contar ocurrió durante el primer trimestre del curso 1969-70. A punto de cumplir los 17 años, estudiábamos 6º en el Seminario de San Pelagio.

Se podría considerar una anécdota de índole menor, una más de cuantas ya habíamos vivido a lo largo de nuestros años anteriores como seminaristas. Para mí también fue así en aquel momento, un episodio más, al que evité conceder demasiada importancia. Sin embargo, con el paso del tiempo lo fui considerando como algo tan odioso, que acabó condicionando significativamente mi forma de entender y practicar la fe.

Iniciamos ese 6º curso aproximadamente unos 30 seminaristas. Veníamos de un 5º curso novedoso para nosotros, sobre todo por el cambio de residencia a Córdoba. Todo era diferente comparándolo con nuestra estancia en Hornachuelos.

Son muchos los recuerdos que conservamos de aquella nueva etapa, por ser más cercanos en el tiempo y también por esa mayor madurez que nos otorgaba la edad. 

Quiero mencionar y rescatar del olvido, antes de contar el suceso al que me he referido, aquellas divertidas clases de Francés con Don Ricardo Rivera, quien, además de personaje pintoresco y entrañable, era cicerone en la Mezquita. Las clases estilo mitin político-falangista del muy “estirado” Don Fernando Penco, profesor de F.E.N. También nos machacaba con las exigentes tablas de gimnasia. O las inolvidables clases de Dibujo en el estudio, a cargo del excelente y enérgico profesor Don Emilio Patón, que consiguió que dominásemos el trazado geométrico del dibujo lineal con tinta china, usando tiralíneas, compás, escuadra y cartabón.

En este 5º curso, nuestro director Espiritual fue el R. D. Manuel Nieto Cumplido. Le recuerdo como una persona educada, correcta en el trato, pero también algo fría y distante. Tal vez por su carácter intelectual, y porque estaba preparando su tesina de Historia, “pasaba” un poco de nosotros y se centraba más en terminar con éxito sus estudios.

En el 6º curso las cosas cambiaron y el Director Espiritual pasó a ser el R. D. Antonio Jiménez Carrillo, que además compaginaba dicho cargo con el de Prefecto de Estudios de Bachillerato. Don Antonio se había moderado mucho en las formas y había mejorado su trato con nosotros, siendo menos severo que en los tres primeros cursos en Stª Mª de los Ángeles. Se notaba el gran esfuerzo que realizaba para dar una imagen renovada, más acorde con los nuevos tiempos que impulsaba la doctrina del Concilio. Pero en el fondo seguía guardando mucha mala uva, propia de su rocosa personalidad.

Como todos recordaréis las funciones del director espiritual eran vigilar nuestras prácticas religiosas y guiar nuestra vida espiritual. A tal efecto la puerta de su despacho estaba siempre abierta para atender y aclarar nuestras dudas. Y al menos una vez al trimestre procuraba mantener una charla personal con cada uno de nosotros.

A partir del primero que llamaba para la entrevista personal, se corría la voz: “Don Antonio está llamando a su despacho…” Desde ese momento todos andábamos un tanto nerviosos, deseando pasar cuanto antes el incómodo “control” y olvidarnos enseguida de aquel trámite que nos sacaba de la dedicacion a nuestros estudios.

A finales del primer trimestre, en los primeros días del mes de Diciembre de 1969, me tocó pasar por su despacho. Me encontraba en el estudio, situado en la última planta, (con excelentes vistas al Arco de Triunfo y parte de la Mezquita), cuando recibí el aviso de un compañero. Salí del estudio y bajé por unas pequeñas escaleras hasta el piso de abajo. A la derecha se encontraba la Capilla y casi enfrente, en la segunda o tercera puerta, su despacho.

Llamé a la puerta, me invitó a pasar y, tras un breve saludo, me pidió que me sentara a su lado, en una silla próxima a la suya. Después de un primer intercambio de preguntas con respuestas rutinarias, me planteó que hacía mucho tiempo que no me confesaba con él. Muy cierto, ya que casi todos lo evitábamos. A continuación me sugirió que era el momento oportuno para que lo hiciese.

La verdad es que me resultaba bastante incomodo estar allí aislado, sólo frente a él. Comprendí que no tenía otra alternativa y adoptando una posición de recogimiento, inicié el protocolo de la confesión.

- Ave María purísima… Hace dos semanas que no me he confesado, y me acuso, padre, de…

Cuéntame, hijo, tus pecados…


- Me acuso, padre…, de haber cometido actos impuros de pensamiento y de obra…


- Bueno… Puedes continuar.

- Me acuso de que he sido egoísta y no he ayudado en alguna ocasión a mis compañeros… También he sentido envidia cuando otros han sido mejores que yo…

- Bien, hijo… ¿Pero y de qué más te acusas?

Entonces mi pulso, poco a poco, comenzó a temblar. Cerrando los ojos empecé a buscar dentro de mi mente, entre mis recuerdos, algo que no hubiese dicho.

- Quizás, padre…, mis pensamientos no hayan sido totalmente puros y aunque los he rechazado… puede que durante algún momento me haya recreado en ellos… Por todo ello también me acuso…

- Bien, bien, entiendo lo que me quieres decir, pero estoy seguro que hay algo más.

En este punto mi estado de ánimo empeoró sensiblemente. Casi no podía articular palabra. Me imaginaba estar ante un ser superior con el poder de la penetracion mental, al que no podía ocultar nada, pues parecía saberlo todo acerca de mí.

Seguí escudriñando mi memoria y, con la voz ya bastante entrecortada, continué mi exposición auto-acusatoria.

- No sé, padre, quizás en alguna ocasión… me haya acercado a comulgar sin haberme arrepentido suficientemente ante Dios de pequeños pecados de pensamiento o deseo… No sé, padre… Si ha sido así, también me acuso de eso y pido perdón.

- ¡¡Ya…!! –exclamó elevando exageradamente el tono de su voz-. Tú no estás siendo sincero conmigo, porque hay algo más… ¡¡Algo que tú no quieres confesar!!

En pocos segundos mi temblor se transformó en lágrimas. Me hallaba tan conmocionado, que no me atrevía a pronunciar ni una sola palabra. La cabeza me estallaba. Tampoco me atrevía a mirarle a los ojos. Estaba convencido de que en ese momento me traspasaba su mirada y que podría comprobar que ya no había nada mas en mi interior, que mi alma se encontraba completamente desnuda ante él y que la veracidad de mi confesión no debería ofrecerle tantas dudas.

Por fin, entre sollozos, dije:

- No tengo nada más, padre…

Después de un largo e interminable silencio, me contestó:

- Bueno. Bueno, tranquilízate… Sólo quería comprobar que eras sincero conmigo y no me ocultabas nada.

Adoptando una posición paternal, concluyó:

- Yo te absuelvo de tus pecados… En penitencia rezas tres padrenuestros. Y ofrece con devoción la misa de mañana. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

- Amén.

Me levanté, me dirigí a la puerta y mientras salía me pidió que avisase al siguiente compañero, que a continuación quería ver en su despacho. En pocos días debimos pasar casi todos por él.

Regresé al estudio y pasé el aviso. Aunque me encontraba totalmente impactado por la entrevista con Don Antonio, procuré que no se me notara exteriormente y nunca comenté con nadie lo sucedido. 

Muchos interrogantes golpeaban en mi cabeza, pero de ninguna manera deseaba volver sobre ellos. Mi conciencia estaba completamente tranquila y, a pesar del mal trago que había pasado, me sentía en paz conmigo mismo.

Manuel Jurado
Móstoles, Enero 2017

lunes, 9 de enero de 2017

Una confesión picante

-Ave María Purísima -digo presuroso nada más hincarme de hinojos en el confesionario de la capilla.
-Sin pecado concebida -responde un cura desde lo hondo.
Al oírlo y alzar la vista me doy cuenta de mi error, ya irreparable. No era cosa de levantarme y dar media vuelta. Había que apechugar. Yo esperaba que fuese don Moisés, el cura con quien todos nos sentíamos más cómodos confesando porque apenas hacía preguntas y lo daba todo por bueno, ¡qué hombre más bondadoso! O quizás don José Delgado, el más expeditivo; o don Francisco Varo, otro de los habituales del confesionario. Pero no. Era otro. Un cura que te acurrucaba contra sí, te echaba el aliento encima y tenías que confesarte hablándole casi al oído. Todos suponéis quién. No hace falta dar nombres.
-Padre, me acuso de haber pecado contra el sexto mandamiento -era ésta la manera más eufemista que conocíamos de nombrar el pajillerismo. Corría por entonces nuestro cuarto año en los Ángeles y uno era ya un verdadero perito tanto en la ejecución del cinco contra uno, cada vez más refinada, como en la forma de expresar sub yúdice el arrepentimiento.
-¿De pensamiento o de obra?
-De las dos, padre.
-¿Y cuántas veces?
-De pensamiento... muchas; de obra, tres -yo procuraba acumular las pajillas de tres en tres o de cuatro en cuatro para no tener que andar confesando todos los días.
-¿Solo o acompañado? -Fijaros en la intención malévola. De sobra sabía él de nuestros pecados solitarios, pero lo preguntaba por si cazaba dos pájaros de un tiro descubriendo prácticas homosexuales.
-Solo, solo, claro -respondo yo con rotundidad.
-Por qué claro -insiste el confesor con maldad.
-Porque... -titubeo unos segundos-, porque esas cosas... se hacen así, a solas. Aquí no hay nenas.
-Pero hay nenes ¡verdad?
-Sí -me quedo azorado por no entender muy bien qué busca este hombre-, sí, pero... eso, ¡ni pensarlo! Sería cosa de mariquitas. Que no, que no...
-Bueno, hombre, está bien -parece quedarse satisfecho, pero sigue erre que erre-. Y cuando lo haces ¿en quién piensas? -Nótese la mala uva, como dijera nuestro amigo Manolo Jurado. ¿En quién iba yo a pensar? Pues en los muslos de Isabelita, ¡digo! Tomás el Pollo, José Pablo y un servidor besábamos los vientos por aquellas cachas tan carnosas que se le veían a Isabelita cuando fregaba las escaleras a rodillazos.
-Pues... ejem... En Isabelita -soltaba ya por fin.
-Anda, y por qué en Isabelita.
-Porque... porque está mu güena -ya de perdidos, al río.
-¿Buena dices? Buena, ¿para qué? -¿Tiene o no tiene mandanga la cosa? Hay que ser cabroncete para atosigar así a un chavea indefenso y en diáfana inferioridad.
-Para acostarse uno con ella -suelto yo a trompicones, con más miedo que vergüenza. En ese instante el cura aparta su cara hacia un lado para evitar que yo notara su risita cobarde y medio abortada.
-Bueno, por lo menos te reconozco tu franqueza y sinceridad.

Y ya me despidió con las penitencias habituales. Como dice Manolo, son cosas que vividas en su momento nos parecieron normales, pero que ahora uno cree que, salvando la distancia del tiempo y de la moralidad de antaño, si los papeles se invirtieran uno no sería capaz de ejercer tanta saña contra unos niños en flor. Que es lo que éramos.

Un abrazo para todos y que tengáis un nuevo año colmado de dicha.

El Fili.