e-mail: santamariadelosangeles63@gmail.com

jueves, 29 de septiembre de 2016

RAFA VILAS (LA VOZ)

Crónicas de los Angeles


Empiezo con los recuerdos de aquellas correrías por los sótanos, capillas y espacios recónditos de la Iglesia de San Francisco de Priego de Córdoba, dónde conocí a Rafa, siendo aspirantes a seminaristas. Eran los tiempos del cura D. Ángel (hombre bueno y santo), que en su afán de llevar niños al Seminario, nos reunía por pandillas para convencer a los que podía, de que fueran a estudiar “pa curas”.

Compás de San Francisco (Priego de Córdoba)
La casa de Rafa Vilas en la esquina y al fondo a la izquierda
la de D. Ángel Carrillo Trucios
Rafa vivía en una casa anexa a la Iglesia y que comunicaba con ésta, por la parte trasera, con una capilla independiente, en desuso y llena de trastos. Su padre era un hombre alto, enjuto, de pelo muy rubio y con un bigote de época. Rafa sin embargo era un niño de pelo negro, recortado a lo Marcelino Pan y Vino, de tez muy blanca y delgadito (no como ahora), vivaracho y como todos, revoltoso y curioso. De ahí que nos sirviera a los demás como guía para explorar todos los rincones de una Iglesia, que fue convento de la Orden Tercera de los Franciscanos. De aquellas exploraciones, lo que mejor recuerdo, por impactante, era la calavera, (un cráneo pelado y maloliente, y que imagino sería de algún fraile que allí moró y murió), que estaba guardada en una alacena en la Sacristía del Altar Mayor, y a la que solo nos faltó usarla como balón para jugar al fútbol. (sacrílegos, satánicos, fúnebres y no sé que más, así éramos aquellos niños aprendices de seminarista, !!“casi ná”!!).

Y allí en esa Sacristía, donde además se nos daban clases de lengua y matemáticas, para preparar el ingreso en el Seminario, conocí a Rafa Vilas y al resto de la pandilla.

La camada que en el 63 envió D. Angel al Seminario fue la siguiente:
Manuel Calvo Ortiz, José Contreras Páez, José Espinar Ábalos, Francisco García Gonzalez (Faema), Antonio Gómez Ramírez, José Antonio Mérida Montoro, Manuel Molina Díaz (se incorporó tarde), Carlos Samaniego Ortiz, Antonio Toro Pérez, Manuel Vida Ruiz y Rafael Enrique Vilas García (11).

Como se puede comprobar el único que llegó a la meta fue nuestro querido Manolo Vida.

Pero bueno, volvamos a Los Ángeles, que es la historia que pretendo revivir con este relato.

Como ya comenté en mi relato “La Velada”, se organizaban actos lúdicos dónde matar el tiempo y de paso relajar la tensión de la disciplina diaria. En estos actos lúdicos, los artistas de turno, ponían todo su empeño en mostrar sus habilidades y deleitar al personal con sus actuaciones. Y lo mismo que me causó impresión la armónica de Adame, no menos fue la sorpresa del amigo Vilas, que aunque muy conocido, no sabía nada de que tenía aquella habilidad para cantar.

Rafa, tenía una voz de tiple, aguda, limpia, armoniosa y bien afinada, digna de estar en los coros de la Abadía de Westminster o de la Abadía de Montserrat. Pero además de la voz, la emoción y el alma que ponía al cantar, convertían los sonidos en ondas que te llegaban al corazón.

Recuerdo aquellas “Ave Marías” o las canciones típicas de Córdoba, con las que nos deleitaba, bien a “capela”, o bien acompañado por la rondalla del Seminario. Si los demás nos emocionábamos, él más, ya que hasta le vi llorar de emoción, al cantar, en más de una ocasión.

Rafa, fuiste una sorpresa agradable para mí, pero además, por ser paisano, me enorgullecí más por ello, de tus habilidades musicales.

Te doy las gracias por aquellos momentos que nos diste y en los que tu voz nos hizo disfrutar y ser felices.

Como siempre, suerte y un abrazo para todos y muy especial para ti, Rafa.

Antonio Gómez Ramírez
Córdoba, 29 de septiembre de 2016

viernes, 16 de septiembre de 2016

La Meditación

Crónicas de los Ángeles

Tal como dije en mi última crónica, retomo después del verano mis relatos de los Ángeles, con el fin de revivir aquellos días infantiles, en los que fuimos forjando carácter, madurez, compañerismo, conocimiento y aprendizaje.

Hoy le toca el turno a la Meditación (Caletre).

Todos recordáis aquella media hora, recién levantados y antes de la Misa, en que nos recluían en la Capilla a meditar y rezar (era la teoría del uso de dicho tiempo) ya que algunos días, al menos yo, seguía durmiendo sentado e inclinado, con las manos en la cara, para disimular.

Era también tiempo hábil para las confesiones. Recuerdo fundamentalmente a D. Francisco de Paula en el confesionario, en las que un rosario de niños pasaban a contar sus “pecadillos” (por la edad, el “pito” todavía estaba en sus comienzos). Los más fervorosos pasaban por el confesionario casi todos los días. Yo lo espaciaba, hasta que consideraba que podía llamar la atención el no hacerlo.

No obstante, no se trata de narrar, sino de interpretar con la perspectiva de los años, lo que aquella media hora ha significado en mi vida: “aprender a pensar”, ya que te daba tiempo a darle vueltas a la “olla” sobre cualquier asunto, viniera o no a cuento, que fuera ya pasado, o que pudiera suceder y entonces se rumiaba cómo. Esta costumbre adquirida en aquella rutina diaria, me ha servido durante el devenir por la vida, para que las decisiones fundamentales que he tomado, acertadas o no, al menos han sido las mías y pensadas.

Lo fundamental de aquella media hora, era que te enfrentabas contigo mismo examinando los aspectos de tus vivencias y sacabas conclusiones, decisiones o proyectos, por muy nimios e infantiles que fueran. Aprendías a enfrentar tu ego con la realidad que tenías a mano (como ahora), y a discernir entre las opciones que esa realidad ponía delante de ti.

Ese aprendizaje de pensar y razonar, lo considero como uno de los valores más preciados de los que nos dieron en Los Ángeles, y es que a fuerza de rutina, se convirtió en costumbre en mi personalidad, tanto en mis relaciones personales, familiares, profesionales y otros aspectos de mi vida. Tengo la certeza de que “contar hasta diez”, es decir, pensar antes de responder y no decidir nada importante en “caliente”, evita muchos de los problemas a los que a veces nos enfrentamos, ya que en “frío” y después de analizar los asuntos, las decisiones suelen ser más justas y acertadas.

En fin, hoy me he puesto en plan “gnoseológico” y espero no haberos cansado.
Como siempre, suerte y un abrazo para todos.

Antonio Gómez Ramírez
Córdoba, 16 de septiembre de 2016


miércoles, 14 de septiembre de 2016

Un sueño liberador

Refiere Manolo Jurado con mucho acierto la gratitud debida a don Moisés, don Francisco Javier Varo y don Manuel Cuenca, como curas que más nos favorecieron con su dedicación y su cariño. Sí, yo estoy de acuerdo. Sin embargo, he de añadir, además, dos nombres muy importantes para mí: uno es el de don Eduardo Mármol, nuestro insigne profesor de Latín en el grupo de 1C, mi mentor y quien me bautizó para siempre con mi nombre de Fili. El otro es don Gaspar Bustos. Y no por su papel de rector, sino por esta historia que vais a leer.

Es la primera vez que cuento este relato. Ni mis íntimos lo conocen. Me ha dado vergüenza, fíjate qué tontería. Desde luego se trata de una historia increíble. No sólo para vosotros, incluso para mí. Increíble porque es una historia de transgresión. Ya ves tú, yo, un transgresor. Yo que fui un niño modélico, temeroso de Dios, como se decía antes, que jamás me metí en líos, un niño de conducta y notas de sobresaliente. El niño que cualquiera de nuestras abuelas quiso siempre tener como nieto. Ahora, con los años, me doy a mí mismo un poco de asquito de lo bueno que era entonces. Me hubiera gustado, sí, haber sido como el Luna, el Bermúdez, el Castro Navas o, incluso, el José Pablo. Niños echaos palante, niños curiosos y divertidos, niños valientes y traviesos. Si tuviéramos la necesidad de encontrarme alguna falta en aquellos años sería, sin duda, la de pajillero. Ahí sí me habéis pillado. Me perdían las pajillas. Era algo superior a mis fuerzas de niño bueno. Sin embargo, esta historia que os cuento no se desencadena por mi afición onanista sino por otra de cariz más plausible y aceptable: mi golosinería.

Era el caso, por entonces, que siendo tan goloso de dulces y chucherías, mis días preferidos eran los jueves, porque teníamos fútbol por la tarde y la entrega de las talegas por la noche. Después de las pajas, uno de los mayores placeres que uno podía saborear en los Ángeles era el de los dulces que mi chacha Josefa me mandaba camuflados entre la ropa limpia. Mi talega sucia no llegaba a Palenciana sino al cuartel de la Guardia Civil en Córdoba, donde vivía mi tía que, con mucha mejor posición que mis padres, me mimaba con tales golosinas. Nunca le agradeceré bastante aquellas noches de gula pecaminosa, a solas en mi cuarto de santa maría de los ángeles.

Sucedió, sin embargo, que siendo siempre los mismos dulces y que, como reza el refrán, hasta el jamón cansa, me dio por espiar qué otras exquisiteces comerían algunos de mis amigos. Enseguida renuncié a la gente de la Sierra porque veía al "añoro" y al "pollo" comiendo chacinas debajo de los chaparros en el llano del pozo, y yo no quería chorizos sino dulces. Con infantil raciocinio supuse que los mejores manjares deberían venir en la talega de Jesús Cantarero, a quien yo veía como un niño bien (lo que hoy diríamos pijo), o en la de Jaime, que tenía en Cabra una tía abuela pastelera. De manera que, por una vez huyendo de mi habitual buen juicio, después de muchos días de dudas y remordimientos, de esta vez sí y luego no, la próxima será, determiné "robar" una de esas talegas aprovechando el alboroto que se producía en el acto de la entrega por ver qué traían. Esta vez la curiosidad y el deseo pudieron en mí más que mi natural timidez y recato. Así que, armado de un valor desconocido, agarré mi talega en cuanto la vi y, en vez de irme zumbando a mi cuarto, esperé impaciente a atisbar la primera de aquellas dos a las que había echado el ojo. Jaime enseguida echó mano de la suya en cuanto salió por el culo de la furgoneta de Matías, pero Jesús andaba discutiendo con alguien, cosa muy habitual en él, lo que aproveché para coger la suya y salir pitando. No era extraño para los demás que alguien llevara dos talegas porque con frecuencia los paisanos se daban ese encargo unos a otros. Con una mezcla nueva para mí de vergonzante malicia y de audaz pillería, sentado en mi cama abrí tembloroso ambas talegas. Primero la mía: sin sorpresas, mi ropa y las tortas de almendra de siempre. Y luego, salivando y con el corazón en la boca, abrí la de Jesús. Ansiaba encontrar allí... qué sé yo: magdalenas de chocolate, chupa chups, tortas de aceite, tortas de sol y sombra, borrachuelos de miel, barras de turrolate... Pero... ¡me cachis en la mar salá! Lo que allí veía eran las mismas tortas de almendra, las mismitas, que había en mi talega. ¡Qué decepción! ¡Tanta estrategia, tanto valor... para esto! Entonces caí en la cuenta de que los padres de Jesús vivían también en el cuartel de la Guardia Civil de Córdoba, y que, por tanto, muy posiblemente, seguro, su madre compraba en el mismo economato que mi tía. ¡Vaya chasco! 

Asustado y sudando a chorros, me despertó de madrugada  este mal sueño. Una vez repuesto del canguelo y aliviado porque todo había sido eso, un mal sueño, decidí, no obstante confesarme al día siguiente no con don Moisés, que era el habitual, sino con don Gaspar, porque, pensaba, aquello bien pudiera ser algo más serio y grave que una simple pajilla. Don Gaspar me tranquilizó mucho. Pero mucho. Mucho más de lo que podéis pensar. Porque me dijo que allí donde interviene el deseo, pero no la voluntad, no hay pecado. Sin voluntad de pecar, no hay pecado. Y en los sueños no interviene la voluntad.

¡Qué alivio, nene! Porque yo ya trasladé esta sentencia a mis frecuentes poluciones nocturnas, que tenía hasta entonces por pecaminosas, porque muchas noches remataba la faena a mano cuando la cosa se quedaba a medias. En adelante, mis masturbaciones dejaron de causarme angustia y miedo al fuego eterno porque -don Gaspar dixit- yo no tengo voluntad de pecar, sino sólo deseo. "Muncho" deseo.

Espero sepáis perdonarme. He sido siempre un salido. Muy salido.

Sevilla, 14 de septiembre de 2016.

El Fili.

martes, 13 de septiembre de 2016

ALGUNOS RECUERDOS ACADEMICOS DEL CURSO 1966-67

¿SEGUIRÉ ESTANDO PRESENTE EN EL MUEBLE-BAR DE SU CASA?

Esta pregunta me la he hecho en bastantes ocasiones a lo largo de estos años. Parece una pregunta retórica o más bien sin sentido. Pero tiene sentido, me explicaré. Hay muchas maneras de tener una presencia estática formando parte de los elementos decorativos que llenan una estantería o mueble-bar. La más común es mediante una fotografía, pero también existen distintos objetos que hayamos podido comprar en algún viaje o que nos hubieran regalado. Cuando los contemplamos nos traen los recuerdos de aquellos viajes o a las personas que tuvieron alguna relación con ellos. La anécdota que voy a relatar tiene que ver con un objeto de este último grupo.
Nos tenemos que situar en el curso 1966-67. En Sª Mª de los Ángeles estábamos haciendo el tercer curso. Aquel año iba a ser muy importante en nuestras pequeñas vidas de estudiantes. Iniciábamos la convergencia con el Plan de Estudios de 1957 de la Enseñanza Media. Nuestro destino era el de presentarnos a final de curso, en el Instituto San Fulgencio de Écija, como alumnos “libres” a los exámenes. De esta manera se conseguía que nuestros estudios tuviesen la oportuna validez oficial. Con la inscripción previa, el Instituto nos había convalidado los cursos de Ingreso, Primero y Segundo. El seminario entregó los expedientes académicos de cada uno de nosotros, en el que figurábamos como “Aprobados”.
Este curso del 66-67 fue el primero que tuvimos vacaciones en Semana Santa. Era una gran novedad y una excelente noticia para todos nosotros. Verdaderamente aquellos dos trimestres seguidos y de un tirón, se nos hacían interminables. Estar con la familia unos días suponía descansar y recargar las pilas para dar el último empujón a los estudios.
No voy a insistir en los muchos cambios de orden religioso que se produjeron en aquel curso, con la aplicación de la doctrina del último Concilio Vaticano II. Este tema ya lo traté en un relato anterior.
Otra de las novedades estaba en la incorporación de 2 profesores seglares del pueblo de Hornachuelos. D. Gabriel Albendea Gómez y D. Manuel Cruz Pérez, como refuerzo para las asignaturas de matemáticas y ciencias respectivamente. De estos profesores quiero hablar a continuación. 
En el aula de 3º B, nos tocó como profesor de matemáticas Don Gabriel Albendea. Los recuerdos que tengo de él son malos. Es verdad que veníamos de dos cursos anteriores con un nivel bajo en esta materia, pero tampoco él consiguió explicarnos la asignatura adecuadamente para intentar recuperar el terreno perdido, más bien ocurrió lo contrario. 
Por mi parte entendía bien los conceptos, pero donde realmente fallaba era en la resolución de los problemas. Casi siempre me equivocaba en algún paso o en alguna cuenta y el resultado que me daba era erróneo, con respecto a la solución correcta. De esta forma fui arrastrando suspensos en matemáticas a lo largo de todo el curso. 
Por parte de la Dirección del Seminario se había tomado la decisión, que al final del curso, los alumnos que tuviesen un nivel muy bajo en las asignaturas importantes, no serian presentados a los exámenes del mes de Junio. Con toda seguridad tenían muchas dudas de cual seria el resultado de aquella primera experiencia de los exámenes por el turno “libre” en el Instituto. También tenían miedo a que hubiera demasiados suspensos y estos afectasen al buen prestigio del Seminario como centro docente. 
Claramente esta decisión fue un error, lo único que consiguieron es que perdiésemos una oportunidad para buscar el aprobado. Lo demuestra mi caso, no me presentaron de matemáticas a los exámenes de Junio y sin embargo en Septiembre aprobé con un 6,5. Mi nivel en la materia seguía siendo tan bajo como en Junio. Resultó que el examen no fue tan complicado y logré sacarlo adelante, en definitiva era de lo que se trataba, o no? Estoy seguro que hubo más compañeros con una experiencia parecida y por tanto contaron con una oportunidad menos para intentar el aprobado. 
La asignatura de ciencias se componía de física y química. Nuestro profesor de estas materias le correspondió a D. Manuel Cruz Pérez. Lo recuerdo como una persona muy educada, afable y de buen trato. De traje impecable, su presencia significaba un poco de aire fresco en medio de tanta negra rigidez. 
D. Manuel ponía todo su esfuerzo en explicarnos, las veces que hiciera falta, los distintos conceptos y el desarrollo de todas las formulas. Había demasiadas formulas para memorizar. Por mi parte para intentar memorizar mejor, me hacia resúmenes y cuadros sinópticos en aquellas famosas “cuartillas” (salían más económicas que los cuadernos, que su uso era un lujo para nosotros). A base de repasar los apuntes mil veces, conseguía que las formulas entrasen en las neuronas, aunque no todas entraron. 
Sobre finales del mes de marzo de 1967 tuvimos un examen de control mensual de esta asignatura. Previamente había conseguido hacer una “chuleta” con decenas de formulas, en letra súper pequeña, que ocupaba el tamaño de la cuarta parte de una cuartilla. 
Recuerdo perfectamente el sillón con el apoya brazo derecho para poder escribir (¿os acordáis? Por cierto que mal se debían acoplar los que fueran zurdos…). Me encontraba situado dentro del aula, en segundo lugar a la derecha, pegando a la pared que daba al rio. Era una posición muy cómoda pues girando un poco el cuerpo hacia dentro, quedaba fácil sacar la chuleta con la mano izquierda, desde abajo del apoya brazo sin hacer movimientos bruscos que me delatasen. 
Empezó el examen y D. Manuel casi siempre se mantenía de pie en el estrado de madera. A veces iba de arriba abajo por el centro del pasillo, dando vueltas y controlando. En un momento determinado, que estaba situado atrás, le oímos todos decir: “Ay, ay angelito….” A continuación subiendo más el tono de voz: “¡Por fin te he pillado¡…” 
En ese momento me quedé petrificado y seguramente más blanco que la pared, pero fui incapaz de volver la cabeza. Él se fue acercando con paso decidido y justo se detuvo a mi espalda. En esos instantes era un manojo de nervios, se me escapaban sudores fríos y no me atrevía a girarme. Pero entonces dirigiéndose al alumno que estaba detrás de mí, le cogió el examen y le quitó las hojas con apuntes de las que estaba copiando. Mientras hacía esto, D. Manuel ya se había percatado rápidamente de mi situación nerviosa que era bastante evidente. A continuación dijo: 
- Mira que suerte… Hoy he cazado dos pájaros de un tiro... 
Tomó mi hoja del examen y me pidió que le entregara la chuleta que sujetaba todavía con mi mano izquierda. Mientras dirigía sus pasos hacia la mesa, iba diciendo: 
- Bueno, bueno… ¿pero qué tengo aquí?... Esto no es una chuleta cualquiera… Esto es casi una obra de arte. 
Pasados unos segundos, mientras observaba con asombro y daba vueltas al pequeño papel entre sus manos, continuó diciendo: 
- Decididamente no la voy a romper. Haré con ella un barquito de papel y lo colocaré de adorno en el mueble-bar de mi casa. 
A pesar de este incidente seguimos manteniendo una buena relación. No cambió su trato hacia mí, ni intentó tenerme siempre en el punto de mira. Lo cual es muy de agradecer. Eso sí, lógicamente en aquel examen me lo suspendió con el cero de rigor. 
El alumno que estaba detrás de mí era Rafael Campos Delgado, de Baena. Lo cito porque muchos de vosotros lo recordareis, era un chico gordito, muy risueño y muy buena persona. Además nos llevábamos bien y no lo podré olvidar nunca por esta anécdota, pues era a él al que D. Manuel había visto copiando y de rebote caí yo también. 
Logré aprobar la asignatura de física y química en los exámenes finales, dentro del Seminario. En el Instituto de Écija fue otra historia. En Junio el examen fue dificilísimo, el profesor titular puso unas preguntas que yo no sabía por dónde empezar a resolver. Suspendí en Junio y en Septiembre, y como consecuencia esta asignatura la arrastré durante el cuarto curso. 
Pasado algún tiempo, en conversación informal, le pregunté a D. Manuel por el destino de la famosa chuleta. Él me contestó que había hecho con ella lo que en su día nos dijo y que la seguía conservando. 
¿Seguiré estando presente aún en el mueble-bar de su casa? 
Supongo que no, por el largo tiempo transcurrido, casi 50 años. Pero en el fondo de mi corazón, prefiero imaginar que mi “barquito” sigue estando allí… Formando parte de los buenos recuerdos… Recuerdos llenos de nostalgia, como otros muchos, que son parte muy importante de la vida de cada uno de nosotros. 

Manuel Jurado. 
Móstoles. Septiembre de 2016. 

P.D. : 
Desde aquí quiero mencionar muy específicamente, a modo de reconocimiento público al R. D. Francisco Javier Varo Arjona. Estuvo con nosotros desde el principio en 1963. Prefecto de estudios desde 1966. De los pocos sacerdotes que fue capaz de reciclarse y ampliar sus conocimientos. Impartió siempre matemáticas a los cursos de 3º y 4º y creo que lo hizo muy dignamente.

sábado, 10 de septiembre de 2016

Crónica de la 17ª Reunión del GRUPO MADRID

XVII Reunión del Grupo Madrid
Bar “La Regata”
Móstoles (Madrid)

Antonio Rodríguez Gutierrez, Victoriano Castillejo Molina, Francisco Ruiz Roldán
Antonio López Arenas, Rafael Vilas García, Antonio Crespo García, Antonio Estepa Romero
Rafael Raya de la Mora, Manuel Jurado Caballero
Vale, Paquita, Elena, Manuela, Cari, Andrea, Consuelo y la fotógrafa Carmen
En esta ocasión estábamos especialmente ansiosos por el encuentro, porque nos visitaban dos nuevos compañeros: Rafael Raya de la Mora con Elena y Antonio Rodríguez Gutiérrez con Paquita. ¡Nueve compañeros de un tirón! Pero empiezo por el principio.

Ya estaban en la terracita del bar, Antonio Gutiérrez y Paquita, cuando llegué con Andrea. Antonio  me reconoció al instante, después de 46 años. ¡Este tío hubiese sido un buen “secreta”! Después de los abrazos nos sentamos con ellos a esperar  la llegada de los demás compañeros. De pronto se detuvo un taxis, se abrió la puerta de atrás y lo primero que vimos fueron dos piernas de cordero con zapatillas. ¡Cosa más rara –pensé-, la Fiesta del Sacrificio (Eid al-Adha) de los musulmanes no es hasta el próximo día 11! Pronto salí de dudas. Detrás de las piernas de cordero salía Rafa Vilas. Traía un ataque de gota que no podía casi andar. Otro, yo mismo, hubiese excusado el encuentro. ¡Meritorio gesto, Rafalito! Como un avezado estibador portuario le ayude a tomar asiento en una silla, que emitió un quejío lastimero por lo que se le vino encima.

No esperamos mucho cuando de pronto empezaron a aparecer los demás. Parecía que acababa de descargar un autocar del Imserso. No dábamos abasto en los abrazos. Después de los primeros minutos de euforia pasamos al interior del bar. Nuevo sacrificio del Vilas hasta llegar a la silla presidencial. Después de acomodarnos empezaron a poner el menú: papas aliñás, tortillitas de camarones, cazón adobao, paella de mariscos y para rematar tarta, regado todo con vino tinto.


La suerte de los comensales, que no de nuestras ninfas, era que en nuestra temprana edad superamos la prueba de la morcilla. Esto nos ha servido a lo largo de nuestra vida a superar cualquier cosa. Por eso no le dimos demasiada importancia a la falta de mariscos, ni al adobao del cazón, ni al aliño de las papas. Para mi gusto, sólo se salvo la tortillita de camarones y la tarta. Cuando llevábamos diez minutos sentados en las sillas de tortura, le comenté a Antonio Crespo si tenía calor, porque yo estaba sudando como un segaor  en la Vega del Guadalquivir.  No hizo falta que me contestara. El cuello lo tenía más mojado que un borriquillo pedrero. Pero le echamos casta y la reunión iba transcurrieron por los cauces habituales de entendimiento, compañe-rismo, recuerdos… ¡Lo nuestro es un milagro!

La sobremesa la pasamos en la terracita de la calle. ¡Qué alivio, por Dios! Antonio López Arenas celebró con nosotros su entrada al club de los abuelos con unas botellas de cava y unos deliciosos dulces de la localidad. Aquello enmpezó a animarse y enseguida se oyó en el aire las primeras notas musicales. Rafa Vilas, no sé como lo consiguió, soportando estóicamente los dolores, no desafinó ni una vez en las canciones que generosamente nos ofreció. ¡Grande este Vilas! Epoleado por él, saltó como un felino Antonio Rodríguez Gutiérrez, nuestro particular "Palito Ortega", que nos cantó primorosamente por Carlos Gardel. ¡Fantástico, Antonio! Rafael Raya de la Mora también le pega bien al canto. Me comentó Andrea que salió al balcón alguna vecina. Seguramente no acostumbrada a oír ruiseñores a estas horas. Bueno, ruiseñores y algunos grajos, que de todo hubo.

Empapados de satis-facción, tocaba retirada. Rafa Raya de la Mora salía para Conil; Antonio Rodríguez para Segovia y los demás, cada uno a su olivo. Pero todos pensando en la próxima. A estos tíos no se les puede decir ná. Comenté que para la Navidad tendríamos que hacer una muy especial. ¡Sí, por unanimidad! Ya podrían aprender los políticos de nosotros. Pero eso es otra historia.

¡Paz y bien!

Antonio Estepa Romero
Móstoles, 10 de septiembre de 2016





domingo, 4 de septiembre de 2016

EL CUADERNO DE PEDRO CALLE 2ª parte

Mis recuerdos

Preu, último curso en el Seminario diocesano de Córdoba
Con 18 años de edad, corría el año 1971, recién terminado el curso de Preu, decidí renunciar a la beca de estudios que me consiguió mi tío Constantino. Mi tío era presbítero de la parroquia de San Bartolomé de Montoro (Córdoba). La beca me la donó la matriarca de la familia de terratenientes Reina Porras, también de Montoro, para que estudiara en el Seminario diocesano de Córdoba.
Durante seis cursos fui un seminarista sin vocación. La farsa terminó tras los tres años en el Seminario menor de Hornachuelos “Santa María de los Ángeles”, siendo rector Don Gaspar Bustos Álvarez, y los otros tres en el Seminario mayor de Córdoba “San Pelagio”, con Don Martín Cabello de los Cobos y Sánchez de Puerta gobernando el ampuloso barco jesuítico varado en la ribera del Guadalquivir. (En internet he encontrado recientemente, (junio 2016), un homenaje a Don Gaspar en el Seminario menor San Pelagio, sito actualmente en Córdoba capital: Don Gaspar cumplía 86 años de edad y 50 años de dedicación al Seminario. Tendría 36 años cuando yo llegué con 12 años a Hornachuelos).
Quedaba cumplido el objetivo de mi padre y mis tíos: darme una educación religiosa y unos estudios gratuitos para que también mis hermanos Maribel y Eduardo pudieran seguir estudiando en colegios religiosos de pago, a cuenta del ajustado sueldo de mi padre, que ejercía de policía armada en la prisión de Segovia.
Maribel, Gema, mi prima Teresita y yo residimos con mis tíos durante años, como si fuéramos hijos comunales de la familia Calle.
En el caso de Maribel, mi abuela y mis tíos la “adoptaron” a los 18 meses. Tío Emiliano se preocupaba de que Maribel pasara con nosotros algunas temporadas de vacaciones cada año, pero mi abuela Antonina enseguida la echaba de menos y le pedía a mi tío que fuera a buscarla de nuevo. Mi abuela y mi tía siempre la echaron de menos.
A sus nueve años mis padres decidieron que Maribel estudiara en Segovia en el colegio de las Madres Jesuitinas. Viviendo con nosotros cursó el instituto y primero de Magisterio. El último curso de Magisterio también lo realizó en Montoro, con las monjas.
Mi hermana Gema estudió en el instituto de Montoro siete cursos con sobresaliente en todas las asignaturas, desde sus 9 años hasta los 16. Posteriormente vivió dos años y medio con mi tía Rosario y mi tío Mariano en Venezuela. Anteriormente a todo esto vivió un año en Barahona de Fresno con mi abuela y mi tío Emiliano cuando tenía cuatro años.
Cuando Gema escribía a mis padres, pidiéndoles regresar con ellos para continuar sus estudios en Alicante, mi padre le contestaba:
-Gema no te desanimes. Es necesario que sigas en Montoro para que pueda pagar los estudios de tus hermanos. (En este caso Magisterio de Eduardo y mío; Maestría Industrial (Electrónica) de Emiliano; y poco después Enfermería de Maribel). Gema ha pasado más años de su vida con mis tíos y abuela paternos que con nuestros padres.
Estando juntos en Montoro, en una ocasión ayudé a Gema con un comentario de texto muy inspirado sobre “El Quijote”. Aún conservo un álbum de cromos que rellenamos entre los dos sobre “Naturaleza y Razas humanas”, que se deshace al pasar las hojas. 
Teresita era muy cariñosa y a mis tíos se les partió el alma cuando su madre vino a reclamarla. Mi prima lloraba desolada porque no quería regresar al infierno de vida que le daba su madre, Teresa. Seguramente con nuestros tíos vivió el periodo más feliz de su vida, unos efímeros meses. 
-Es mi hija. La echo mucho de menos. Tengo todo el derecho del mundo a tenerla conmigo –de este modo rebatió tía Teresa todos los argumentos de mis tíos que ya habían hecho planes de estudios para conseguirle un oficio de secretaria y un futuro mejor a mi prima. 

Tío Emiliano, poeta 
A mi tío Emiliano, sacerdote y maestro de la escuela unitaria de los Huertos Familiares de Montoro, además de poeta, “la matriarca” de la familia Reina Porras le regaló un ejemplar del libro de su abuelo, “La obra poética de Manuel Reina”, que aún releo esporádicamente. Rubén Darío consideraba a Manuel Reina el precursor del Modernismo. Destaca “A Jorge Manrique” entre sus mejores y más conocidas poesías. 
De la obra poética de mi tío quedan unos cuantos poemas que he logrado salvar de los escobazos del devenir frenético. He aquí una muestra de su talento, en versos de rima libre: 

LA CONSULTA

Tú que en la altura del Parnaso moras
tú que la lira sabiamente pulsas
tú que cincelas con amor tus versos
dime poeta

si la belleza salta de la fuente
surge del mar o del rumor del río
o si la luz del cielo la trasfunde
todo su encanto

si es ella nave poderosa y fuerte
o caprichosa volandera nube
blanca paloma sobre la serena
paz de la tarde

dime si es norma del amor humano
mística escala del amor divino
si son sus alas estos dos amores
hacia las cumbres

clave que pauta musicales notas
piedras que imponen su verdad al tiempo
finos pinceles que en el lienzo juegan
con luz y sombras

dime si es dote singular del genio
que va creando con amor su obra
mano de nieve que al tocar las cosas
las transfigura

si la riqueza exalta sus valores
si los mengua y destruye la pobreza
si el alma que se da mejor la alcanza
que si mendiga

si recorriendo va calles y plazas
buscando el brazo valedor de un hombre
que en prometeica lid por la virtud
su amor merezca

Su poemario completo lo recogí en Montoro, junto a un lote de libros de su biblioteca, cuando él murió. En Barahona (Segovia) fue quemada la mayor parte de su colección de libros antiguos, para aligerar el traslado a Montoro. Según me testimonió Gema, mi tío Emiliano lloró al ver arder la pira de sus amados libros.



Herencia literaria
La biblioteca de mi tío Emiliano me fascinó desde que aprendí a leer, aunque debo reseñar que la mitad de sus libros estaban en latín. El primer libro que leí debió ser “Cuentos de Calleja”. De la herencia literaria que me adjudiqué, regalé a mi cuñado Paco “Historia de la Iglesia” y un montón de libros antiguos. Yo me reservé “Flor de leyendas” de Alejandro Casona y un “Quijote” amarillento y centenario.
Además de otros libros que consideré interesantes, como una colección de obritas de teatro, escogí un ejemplar de 1761 en dos tomos, encuadernados en piel de cabra y doble cierre de cordón. Pedro Thomas Torrubia, de la Compañía de Jesús, recoge en ellos la “Práctica de los exercicios espirituales de San Ignacio de Loyola”, en castellano y con tipografía gótica.
Hoy día la cantidad de libros que he acumulado desespera a Mónica, mi mujer, pues supera los 5.000 ejemplares. Me he convertido en una especie de imán que los atrae.
Pasando a máquina las poesías que mi tío me dictaba, aprendí mecanografía y versificación. El señor Capa, que vendió un reloj de oro a cada uno de mis tíos, me reprochó que escribiera a máquina con dos dedos.
-Estás echado a perder, ya nunca lograrás escribir con todos los dedos como es debido.


Me piqué y comencé a teclear con todos los dedos. ¡De echado a perder nada! Lo que no he logrado hacer con soltura es escribir sin mirar el teclado. Por cierto, heredé uno de los relojes de oro. Elegí el peor por sentimentalismo, el de mi tío Emiliano. El otro lo ha heredado mi primo Mariano. Poner en marcha el mío costaba 80 €. Espero que mi heredero se encargue del arreglo y la limpieza que necesita, pues ya no uso reloj.
Al regresar del entierro, mi cuñado Paco se ofreció a pasar las poesías de mi tío a limpio en su ordenador. Nunca llegó a realizar tal copia y el original se extravió. 

Mariano pintor y poeta 
Además de pintar numerosos oleos, mi tío Mariano también era poeta. Llegó a editar el libro: “Poemas de la noche y del alba” en 1971, aunque firma como Padre Paulino Calle, pues aún pertenecía a la Congregación Pasionista de Santander. 
Estando yo aún en Montoro, mandó el borrador a su hermano Emiliano para que se lo corrigiera, entonces con el título “Poemas de la espera y la esperanza”. Desechó, finalmente, cuatro poemas y agregó algunos nuevos en la edición definitiva. Como botón de muestra dos poesías suyas: 

LLAMADA

¡Luz, Luz, Luz…!
¡Luz increada!
Luz enorme y redonda, toda blanca.
¡Luz mía!
Luz lujuriosamente deseada.

Ven, ¡Ay!, como una esposa buena
hasta mis brazos,
y déjame que te desnude
para verte
de claridades traspasada.

Bésame con las ascuas de tus lirios
y arrójame al torrente
del fuego de tu seno…
Y arráncame los ojos,
para que vea el alma,
tu alma únicamente.


FLORECER

Poema de sol para una masa de alfarero, en la que 
Dios inspiró un alma de Sacerdote.

Florecer,
es un ángel
con labios de eterna sonrisa.

Florecer,
es un pájaro blanco
con alas de brisa.

Florecer…
es un ansia de ser.
Y florece el camino
al calor de la huella,
y florecen la fuente, el niño y la estrella,
con el ansia de un mismo destino.

En el surco otoñero
dejamos el grano escondido
y, hoy, ha florecido
en milagro de luz y sendero.

Manojo de rosas
en ansia de ser florecidas.
¡Toda una cosecha de manos ungidas!

Estudiante poco aplicado, lector infatigable
En sexto curso, un cura, que vigilaba la gran sala de estudio, me pilló leyendo una novela de Zane Grey, a pesar del espejito retrovisor con el que intentaba controlarle. Tras recriminar mi conducta inapropiada, me amenazó con chivarse a mi tío Constantino. (Ese mismo cura me advirtió en una confesión que si no controlaba la masturbación no debía continuar mi carrera al sacerdocio). Razón tenía en ambas cosas, pues me aficioné desaforadamente a la lectura y seguí masturbándome esporádicamente. Leí todo el teatro del Siglo de Oro, las novelas del oeste de Carl May y Zane Grey y otras novelas, como “Oro” de Hugo Wast. A diario dos o tres libros pasaban de la biblioteca a mis manos. Y sin dilación, mis ojos se sumergían en sus maravillosas historias, alimentando mi ávida e inquieta imaginación.
Aunque residíamos en el seminario, los estudiantes de Preu asistíamos diariamente, como otros estudiantes cordobeses, al instituto público masculino “Séneca”.
Desde tercero estudiábamos en el Seminario y en junio viajábamos a Écija (Sevilla), para hacer exámenes finales libres en el instituto de enseñanza media “San Fulgencio”. Así se nos convalidaba el bachillerato del Seminario y se nos integraba en el plan de estudios nacional de los centros laicos.
En tercero me pillaron en el instituto de Écija copiando en el examen de matemáticas. Luego, el profesor de matemáticas del Seminario, D. Francisco Javier, me amonestó paternalmente para que no reincidiera.
Copié obsesionado con obtener sobresaliente, pues mi examen ya alcanzaba el notable. En ese curso se abrió mi mente y comprendí por fin el universo matemático. El edificio completo de las matemáticas se basa en la recta numérica, que se puede recorrer hacia adelante y hacia atrás, en series periódicas, exponencialmente, etc. Sólo hay que definir con qué tipo de unidades operamos.
Me tocó volver a Écija en septiembre, al menos dos veces, para examinarme de alguna asignatura pendiente, como en el caso de mi suspenso por copiar. En esa ocasión me llevó mi tío Constantino en su coche. Se sentó en una terraza de un bar y consumió un vaso de agua y un palillo. ¡Y a mí ni me invitó!
En otra nos llevaron a todos los recuperadores en autobús, desde el Seminario mayor. En esa última ocasión mis compañeros y yo aprovechamos el tiempo libre subiendo a varios campanarios de las torres eclesiales para amenizar y cambiar la perspectiva de nuestra última visita a Écija. También admiramos en una plaza céntrica el espléndido mosaico del suelo de una rica casa romana, que acababan de rescatar los arqueólogos.
Después de cursar Preu, los curas nos desaconsejaron estudiar el día anterior a los exámenes de septiembre. Querían que acudiésemos mentalmente despejados a la prueba. Por eso, la última tarde antes de las recuperaciones, fuimos todos a un cine próximo al Seminario a ver la película “Mary Poppins”. El resultado de mis dos exámenes, latín y biología, lo conoceréis unas páginas más adelante. 

Libertades en mi último curso 
En el Seminario, durante el curso de Preu, nos concedieron una libertad hasta entonces inusitada. Teníamos cuarto individual. ¡Adiós a los dormitorios y estudios colectivos con vigilancia asotanada! Claro que también se perdieron las sinfonías pedorras durante la siesta. Y las amenas tardes, descansando en el dormitorio, en las que el reverbero del asfalto, filtrado por una ranura de las persianas bajadas, proyectaba sobre el techo la película de los coches que pasaban por la calle, con el color de sus capós desvaído, mientras escuchábamos las canciones de Karina en un radiocasete, entre ellas “Las flechas del amor”. 
Incluiré aquí una anécdota de tipo homosexual para que nadie se queje de que haya eludido el tema. En el dormitorio colectivo, (5º curso), un chico buscó la compañía nocturna de otro compañero durante un par de noches. Yo les vi juntos la segunda noche sin apreciar otra actividad que la afectiva: dormían abrazaditos. Supongo que alguien se chivó para ganar puntos con su curita protector. Al chico que visitaba la cama del compañero le convencieron de que debía buscar el afecto entre las chicas (o chicos) de su pueblo, lugar más conveniente, a todas luces, que el Seminario. Yo, como era poco cotilla, no me enteré de nada más. El escándalo fue evitado ya que todo se resolvió muy discretamente, en privado, haciendo desaparecer al chaval. 
A través de los compañeros que escriben en el blog “hornachuelos63”, he comprobado que las “desapariciones” de alumnos, que de alguna manera podían perturbar el “orden celestial”, eran más frecuentes de lo que yo creía. 
A título de rumor me ha llegado una noticia referente a la defenestración de un cura en el Seminario de Hornachuelos por parte de otro cura celoso. Sobre este tipo de asuntos todos sentimos gran curiosidad pero es complicado, obviamente, obtener información veraz. Tan sólo rumores. Si hay algo de verdad en este asunto, reposa en el cofre de los secretos bajo siete llaves. 
Podíamos entrar y salir a cualquier hora sin notificarlo a nadie, aunque solíamos decírselo al portero; visitar la biblioteca principal para leer o sacar libros sin intermediarios, (“El viejo y el mar” de Hemingway me emocionó como no lo había hecho ningún otro libro antes. También leí una parte de “Confesiones en la catedral” de Vargas Llosa); coger algún animal disecado del laboratorio de ciencias, (una elegante grulla rosada ambientaba mi cuarto); recolectar naranjas dulces del huerto y llevárselas a las monjas Mercedarias que trabajaban en la cocina, para que nos hicieran, amablemente, un zumo; formar grupos de estudio en las viejas aulas; jugar al fútbol, (yo solía meter los goles en mi propia portería), o a baloncesto en los patios; usar el gimnasio para trepar por la cuerda, saltar el plinto o el caballo… y fumar. 
Ya no teníamos que acudir a las duchas en manada, como hacíamos en el Seminario menor, donde unos pocos elegíamos las duchas de agua fría con tal de no hacer cola. 
Tampoco teníamos que comer garbanzos agusanados. Algunos compañeros de mi mesa se entretenían un rato antes de comenzar la comida aparcando los gusanos en el borde del plato. En el Seminario mayor no se daba esa circunstancia y además nos permitían guardar el plato con la mantequilla sobrante del desayuno, tapado con una servilleta en una de las sillas arrimadas a la mesa. Reservábamos la mantequilla para el pan de la merienda o de la cena. 
La ansiedad de tener que estudiar sin horario ni control me convirtió en fumador compulsivo. A veces, algunos colegas, entre ellos José Antonio, jugábamos a las cartas en mi cuarto apostando cigarrillos. Como el tute se me daba bien, solía ganar yo. 

Despistes y visitas 
Se organizó un viaje para todos los seminaristas a las bodegas de Montilla. Me despisté y perdí el autobús, quedándome más solo que la una. Tuve que “hacer dedo” durante más de una hora, pero logré llegar a Montilla y unirme al grupo. Más atento, a la vuelta regresé en uno de los autobuses contratados para el viaje con el resto de curas y compañeros. 
En sendas ocasiones me perdí la visita a los patios cordobeses, (¡lamentable!), y a las ruinas de Medina Azahara, por la misma razón: no estar en la “pomada” e ir a mi “bola”. 
Sin embargo realicé encantado varias excursiones con algunos compañeros a las Ermitas de Córdoba. Tras una larga caminata salíamos de la ciudad. Luego ascendíamos por una carretera de tierra atravesando un extenso bosque de grandes pinos, algunos piñoneros. 
En la primera ocasión el cura D. José María Lucena Aguilar Tablada nos desaconsejó la excursión. Sin embargo hacia allí nos dirigimos Francisco Carrillo Cabezas, Ángel Lucena, Antonio Roldán, otro chico cuyo nombre no recuerdo y yo. Aquella noche, a la vuelta, el cura José María regañó a su hermano Ángel. Antonio Roldán sufrió una taquicardia y acudió D. José María a ponerle una inyección. Se jactó de su buen criterio diciéndole a Antonio: 
-¿Veis cómo yo llevaba razón? A las Ermitas no se puede subir andando en estas fechas. Os iría mejor haciendo caso a quienes tenemos más experiencia… 
Este cura se secularizó años después, al igual que otro hermano suyo que también llegó a “ordenarse” sacerdote. Creo que los cuatro o cinco hermanos pasaron por el seminario. A mi amigo Ángel, el menor, le gustaba hacer ejercicios para muscularse, al menos en el Seminario menor. Intentó convencerme de que practicara con él pero me faltaba paciencia para seguir su método atlético diariamente. 
En cierta ocasión volvimos a las Ermitas tres o cuatro seminaristas del grupo habitual de amigos. Un fraile nos afeó que entráramos al recinto saltando la tapia, estando la puerta siempre abierta. 
En el muro exterior junto a la entrada hay una placa de mármol con la poesía de Antonio Fernández: 

A LAS ERMITAS DE CÓRDOBA

Hay de mi alegre sierra sobre las lomas
unas casitas blancas como palomas.
Les dan dulces esencias los limoneros
los verdes naranjales y los romeros.
Allí junto a las nubes la alondra trina.
¡Allí tiende sus brazos la cruz divina!...

Unos discretos jardines dentro del recinto tapiado conducían a la capilla y al monasterio. Al pie de un seto una calavera, en una pequeña urna de cristal, reza: “Como te ves yo me vi, como me ves te verás”. (El “memento mori” castizo).
A la vuelta descendíamos por un camino más despejado desde el que divisábamos “Córdoba la llana” en todo su conjunto. La subida la efectuábamos por la ladera umbría de la montaña y la bajada por la solana.
El Alcázar de los Reyes cristianos y el museo de Julio Romero de Torres tuve oportunidad de visitarlos varias veces, aprovechando las ocasiones en que resultaba gratuita la entrada.
En la fachada lateral de la Mezquita, frente al Obispado, encontrábamos con la llegada del buen tiempo a un organillero. El hombre alegraba con sus tonadillas a manivela la calle empedrada donde esperaban a los turistas los carros andaluces de paseo, (una especie de calesín), con su correspondiente caballo enjaezado. El recorrido turístico discurría por las márgenes del río y zonas abiertas de la ciudad 
Todos los domingos oíamos misa en una “capilla” de la Mezquita: la parroquia de El Sagrario. Luego solíamos pasear admirando y comentando detalles del interior del monumento. Finalmente nos dábamos una vuelta por “el patio de los naranjos”, refrescándonos a veces la cara o bebiendo agua en la fuente de las abluciones.
Para ir al Centro de la ciudad pasábamos por la calle de los “plateros”, donde los orfebres trabajaban a la vista del público, y por la “calle de las flores” o la “calle del pañuelo “, que da acceso a un pequeño rincón mágico con una fuente de piedra.
Con Elisa, mi pareja durante nueve años, visité por primera vez el interior de la Torre de la Calahorra, sita en el extremo opuesto del puente romano respecto a la Mezquita, el Arco de Triunfo y la estatua del arcángel San Rafael, pagando esta vez las entradas, lógicamente.
Hicimos noche en un hostal de dos pisos, con patio andaluz bien cuidado y agradable, próximo a la Mezquita. El dueño nos distinguió con su amable atención sentándose a charlar con nosotros un par de tardes.

Mi compañero de clase 
En el instituto público masculino “Séneca” tenía de compañero a un chico rubio muy inteligente, del Opus Dei, que se llamaba Juan Bosco. Una tarde nos llevó a otro compañero y a mí a conocer su sede, intentando interesarnos en la “Obra”. Nos hicieron esperar en un saloncito muy arreglado un montón de tiempo. Al final nos aburrimos y nos largamos sin despedirnos. 
Juan Bosco solía discutir con nuestro profesor de “Dogma y moral católica” con desenvoltura, amenizándonos las infumables clases de religión. El profesor era D. Miguel Castillejo, párroco de la iglesia de El Sagrario, (la “capilla” de la Mezquita). Años después aquel cura tan dialogante fue Conciliario y Jefe del Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Córdoba, luego denominada CAJASUR. Se le conocen varios escándalos posteriores en los que no vamos a entrar. 

Ingresos económicos 
Como mis tíos no me daban ningún dinero para gastos privados, ese último curso, me las ingenié para conseguir pequeños ingresos. A principios de curso compré los libros a mitad de precio a un seminarista del curso superior y me hice donante de sangre por 500 pesetas por primera y última vez. (En la escuela de acupuntura de Tien en Pozoamargo (Cuenca) nos desaconsejaron seriamente la donación de sangre). 
-Tienes la tensión muy alta. Te hemos hecho un favor sacándote sangre. Y encima te pagamos. 
Durante quinto curso, en el salón de la televisión y juegos del seminario, vendíamos bolsas de pipas a peseta, Manuel Jurado Caballero, un buen amigo y “colega” de mi curso, y el “menda”. Las comprábamos en un pequeño almacén próximo a la plaza de las Tendillas. Las ganancias eran de un 40%, pero muchos compañeros de cursos superiores nos pedían que les apuntáramos las bolsas de pipas consumidas sin llegar a abonárnoslas. Después de ese verano, sin embargo, Manuel y yo abandonamos el dudoso negocio. 
Con mi dinerillo solía comprar libros baratos en una librería céntrica, o por correspondencia en una editorial de Barcelona, que me mandaba regularmente su catálogo de ofertas. A menudo compraba el paquete sorpresa, que traía libros policiacos de Simenon y Agatha Christie mezclados con otros de divulgación sociológica o ciencia ficción. En el quiosco consumía otra parte de mis ingresos entre pipas para fumar y tabacos diversos. 
Mientras a mí me daba por los escaparates de las librerías, en nuestros paseos por Córdoba, a mi amigo Ángel le daba por los escaparates de las ópticas. Fijaciones que luego nos acompañan de por vida. 
En vacaciones de Semana Santa viajé de Córdoba a Montoro en auto stop para ahorrarme el billete del tren. El camionero que me llevó estaba más salido que los ciervos en la berrea. 
-Esta noche duermo con mi mujer aunque arda Andalucía –repetía con convicción camino de Madrid. Por lo visto llevaba varios meses fuera de casa. 
La verdad es que su simpatía me brindó un viaje mucho más agradable que el habitual y solitario trayecto en tren. Sólo hubo unas pocas excepciones en mi primer curso de seminarista: mi tío Constantino vino a Córdoba para recogerme al comienzo de cada periodo de vacaciones, acompañado de mi tía y mi hermana. 
Gema y yo cantábamos alegremente y jugábamos a adivinar el color del coche que se cruzaría con nosotros primero. Cuando mi tío me recogió en junio, al finalizar el curso, me llamó la atención el flamígero reverbero del asfalto de la carretera en algunos puntos del trayecto. 

Cine-fórum 
Recobremos el hilo del relato. Yo pertenecía, al igual que Argan, al grupo de cine-fórum del Seminario, integrado por siete u ocho seminaristas aficionados al cine, de cursos diferentes. D. Martín, el rector, dirigía el grupo y nos mimaba. Nos llevó a ver en una sala céntrica de Córdoba “No desearás al vecino del 5º”, y en un cine de verano “Grupo salvaje”. Nos conseguía excelentes películas, como “El tercer hombre”, “Accidente”, “El compromiso”, “Zorba, el griego”… 
Las películas se proyectaban en el auditorio del Seminario tras una breve presentación. Al terminar la proyección, uno del grupo de cine-fórum dirigía el coloquio con el resto de seminaristas. El fórum de “Campanadas a medianoche” de Orson Welles lo dirigió Antonio Roldán. 
Siendo profesor en Biar (Alicante), asumí la tarea de presentador del cine de la Caja de Ahorros. Me acuerdo tan sólo de una película de las que presenté y cuyo coloquio, lógicamente, dirigí: “¿Dónde vas Alfonso XII?” 

Otras actividades en el auditorio del Seminario 
Al auditorio del Seminario trajeron en una ocasión a un cantante flamenco con un guitarrista. El cantante se entonaba con copitas de vino fino entre tangos y soleás. Fue presentador de aquella conferencia flamenca, D. Pedro Palov, un eminente flamencólogo de la Universidad de Córdoba. 
En Navidad hicimos un concurso de villancicos en el que, más que interpretar, desentoné: “Por el camino que lleva a Belén”. Con el tiempo me he entonado un poco. Dos días antes de la muerte de mi madre, acaecida el 26/4/2015, me pidió, al despedirnos Mónica y yo, que me fuera cantándole “Los cuatro muleros”. Así lo hice, presintiendo que ya no volveríamos a verla viva. 

Fe renqueante 
Mi religiosidad se había desfondado a marchas forzadas ese último año de Seminario. Dejé de confesar y comulgar, de ir a diario a misa y meditación, “pasaba” olímpicamente de mi director espiritual y durante la semana de ejercicios espirituales fui por libre. Permanecí toda esa semana incómodo frente al recogimiento de mis compañeros, abducidos repentinamente por una ola de santidad. Enfrentado al director espiritual, D. Pedro Crespo, alegué en la entrevista complejo de inferioridad para no tener que confesar mi evidente desinterés en su trato, o mejor dicho, en su control. Respetó mi reticencia para sincerarme, pero me alertó de mi complejo de superioridad, más que evidente para él. 
No llegué a confesarle, ni a él ni a mis compañeros, que el disco long play del grupo Agua Viva, “Lorca vive”, que ellos le regalaron durante los ejercicios espirituales, lo rayé accidentalmente. Me hice el loco cuando me interrogaron, tras encontrarlo inservible. Yo era el único que se había negado a colaborar en su compra y volví a hacerlo cuando propusieron comprar el disco de nuevo. Crimen impune y cobardía evidente para evitar reproches y gastos improcedentes, a mi criterio de entonces. 
La generosidad de mis compañeros, que al completo acabaron abandonando la carrera sacerdotal, como yo, no la entendía. De los 47 compañeros que cursamos quinto juntos, no cuajó ni una sola vocación. En Preu quedábamos aún 19 seminaristas en mi curso. Al curso siguiente continuaron siete, a los que se agregó Pedro Soldado Barrios, un antiguo compañero que estudió 5º, 6º y Preu en un centro misionero. Se instalaron los 8 seminaristas en un piso comunitario de Sevilla para estudiar allí Filosofía y Letras. Sólo llegó a cantar misa Pedro, el compañero misionero, actualmente canónigo. 

Inicios literarios 
Gané el primer premio de prosa en el Festival de fin de curso con “Toni, 17 años”, relato de estilo cinematográfico, que narra el episodio de un joven que coge un tren en marcha para ir a Córdoba y acababa lanzándose desde el puente romano al Guadalquivir para salvar a una mujer que se ahogaba. 
Defendió mi narración el profesor laico de lengua y literatura. Me dieron 600 pesetas, si no recuerdo mal.


También gané un concurso radiofónico de guiones para cine negro. El premio consistió en dos entradas diarias para una cadena de cines de Córdoba durante los cinco días lectivos de una semana. Regalé las entradas del miércoles a un seminarista de un curso superior al mío, que me las pidió. El resto las desaproveché. 

Visita paterna 
Mi padre me hizo una visita estando en el Seminario mayor durante mi sexto curso. Mi indumentaria, avejentada y mi pantalón visiblemente corto a causa de mi último estirón, le acongojaron primero y le indignaron a continuación. Ya en Montoro, reprochó a mi tía que no me hubiera comprado ropa en los cinco años que llevaba con ellos como seminarista. 
Al llegar las vacaciones de Semana Santa, sin darme explicaciones, mi tía me llevó a un sastre de Montoro para que me hiciera un traje marrón con rayas verticales, sin consultarme siquiera sobre la tela elegida. 
Poco después de las vacaciones se presentó mi tía en el Seminario. En una céntrica calle de Córdoba me compró una gabardina de color claro. 
El traje acabó gustándome. Lo luzco en una foto recibiendo el premio por el relato que presenté al concurso literario del Seminario en Preu. Por si queréis saber qué fue de la gabardina, acabó en un contenedor de reciclaje hace 10 años, casi nueva. 

Argan Shaw 
En el instituto me labré cierta fama de literato al destacar en la clase de “Historia de la Literatura española desde el Romanticismo hasta nuestros días” con algunos textos creativos, como ya comenté anteriormente. 
Sólo mi amigo Antonio Roldán se mostraba tan excéntrico como yo, presumiendo de ser poeta y aportando su creatividad en los ejercicios de lengua que nos pedía Doña Mª Luisa Revuelta, nuestra profesora. 
Antonio, en un comentario sobre “Las nubes” de Azorín recurrió al verso de Jorge Manrique “cualquiera tiempo pasado fue mejor” para evocar literariamente al personaje de Azorín que observa el paso del tiempo en las nubes. 
Antonio Roldán García, (Argan), es actualmente un hombre culto y erudito: Cronista Oficial de la Ciudad de Cabra (Córdoba), su ciudad natal. Pertenece a la Real Asociación Española de Cronistas Oficiales y a la Ilustre Asociación de Cronistas de Córdoba. Ha publicado tres libros sobre tradición oral de España, Andalucía y su inflexión en la cultura egabrense: “Salvar el legado” (1998); “Pastoradas, Zambombas y Mochileros” (2000) y “Entre Canciones de cuna y Romances Líricos” (2015); dos libros de poesía: “Rumor de cinta que ondea” (1992), “Los paisajes y el Amor” (2010); y una Antología Crítica: “Egabro, un milenio de poesía” (2002)”. En su momento dirigió la revista poética “Manantial”. 
Se salió del Seminario al mismo tiempo que yo. En nuestra primera comunicación tras 45 años me rebeló un hecho sorprendente, que demuestra la alta consideración en que le tenía nuestro rector D. Martín: a él y a Juan Pedro Beteta les propuso continuar los estudios en Roma auspiciándoles que llegarían a ser “más que seglares, clérigos purpurados, príncipes de la Iglesia”. 
“Argan” era el anagrama de su nombre y apellidos: Antonio Roldán García y “Shaw” su homenaje a Sandie Shaw, cantante inglesa, que ganó Eurovisión en 1967 cantando descalza “Marionetas del amor”. Argan era su más ferviente fan en el Seminario menor: 

“Ah, si tú me quisieras lo mismo que yo, 
pero somos marionetas bailando sin fin 
en la cuerda del amor. 

Un payaso de feria seré 
queriéndote siempre así. 
Dando vueltas de amor viviré, 
siempre detrás de ti.

No sé ni dónde vas,
ni adonde me llevarás”…

Para ese festival de Eurovisión, los curas colocaron un pequeño televisor en la sala de estudios. Fue una novedad.
Durante aquel cuarto curso se normalizó, en el comedor, la proyección de películas y documentales casi todos los domingos. Recuerdo un documental que me impactó en el que se enfrentaban en un foso un león y un tigre. ¿Quién era el más fuerte de los dos? Ganó el león. También nos ilustraron con una sesión de diapositivas de Roma y otra de los pintores impresionistas franceses.
Argan me hizo tres fotografías durante mi último curso en S. Pelagio en el parque de la Avenida del paseo de la Victoria, que lograron la admiración de D. Martín, también aficionado a la fotografía.
En internet, (FLICKR), he accedido a la bellísima colección de fotos de Antonio Roldán, en esta ocasión bajo el pseudónimo Brian Wayfarer. La colección es principalmente paisajística y monumental. Su exquisita sensibilidad artística y su acendrada técnica fotográfica con el color, encuadre, enfoque, etc., es sencillamente sobresaliente. Mi enhorabuena.
Algunos años más tarde volví a ser modelo fotográfico, esta vez “sufrido modelo” de mi hermano Eduardo, quien realizó además algunos buenos dibujos a la tinta china basados en una de las fotos de Argan y en otras que me hicieron Emilio Olivares, amigo de juventud, que cuenta con numerosas exposiciones fotográficas en su haber, y él mismo.
A continuación reproduzco una de las fotos de Emilio y el dibujo correspondiente de Eduardo, que considera su mejor creación.




Un profesor diferente. Gorrones con suerte 
Argan y yo apreciábamos sinceramente a nuestro profesor de francés de quinto y sexto curso, D. Ricardo Rivera Pozuelo. Era veterinario de carrera, pero no quiso trabajar con animales. Este señor mayor, homosexual, pulcro y digno, sufría y se quejaba del tráfico aprensivo. 
-No pienso correr delante de esos energúmenos, por mucho que me piten cuando cruzo la calle. Esos mamarrachos con sus coches no van a lograr hacerme perder la compostura –nos comentó más de una vez al comenzar su clase visiblemente alterado e indignado. 
En una ocasión nos estaban expulsando a Juan Pedro Beteta, Ángel Lucena, Francisco Carrillo, Joaquín Pérez Rosa, (compañero de Preu no seminarista), Miguel Santaella, Antonio Roldán y a mí de las bodegas aledañas a la Mezquita-Catedral, las Bodegas Campos, por gorrones reincidentes, cuando apareció nuestro profesor de francés, D. Ricardo. 
Además de profesor, también era guía turístico de la Mezquita. Como cicerone llevaba, al terminar la visita del monumento, a los grupos de turistas a visitar las bodegas, para que degustasen los ricos caldos y compraran algunas botellas de vinos selectos. 
Con total dominio de la situación, y encantado de encontrarse con nosotros fuera del aula, cortó el rollo de los camareros, que amablemente nos estaban poniendo de patitas en la calle. Prácticamente les obligó a invitarnos a un excelente aperitivo, bien regado con vinos de primera. 
-Atiendan debidamente a mis buenos alumnos –dijo categóricamente a los camareros. 
A veces nos recriminaba las risas que su actitud tan seria y recta, hoy diríamos “estirada”, provocaba en el aula. A Argan y a mí nos perdonaba las risas que abiertamente exhibíamos a veces durante las clases de “Literature française par les textes”, pues estábamos en primera fila. 
-¡Cuan despreciables son esas risas sardónicas que se ocultan entre la multitud! –se quejaba excluyendo a los que no nos ocultábamos entre la pequeña multitud. 
Aún hoy, tan culto y solitario personaje me resulta entrañable. Desde aquí reciba mi saludo intemporal, D. Ricardo, con todo el afecto de Antonio Roldán y el mío. 
Transcribo a continuación unas explicaciones de Antonio Roldán relativas a una conferencia en francés dirigida por D. Ricardo: 
“Juan Pedro Beteta y yo realizamos la conferencia en francés, “Dieu dans son monde ou le monde de Dieu”. Cuando nos propuso el título en la clase yo le dije: “Don Ricardo, ¿qué significa eso?, ¿que Dios está en su mundo y no se preocupa de los hombres o que está en su mundo entretenido en crear otros mundos?” Se quitó las gafas y con los dedos llenos de tiza blanca me respondió: “No hijo mío, no. En absoluto. Eso significa que el mundo fue creado por Dios, y que nos continúa manteniendo en él, sin dejar de cuidar las cosas grandes y pequeñas. 
Íbamos a su casa a preparar la conferencia y allí nos ponía la merienda. Una tarde, Pedro Calle nos acompañó. 
Juan Pedro Beteta habló en la primera parte de la conferencia, (que tuvimos que memorizar completamente en francés), acerca de Dios en las cosas grandes. A mí me tocó, en la segunda parte, hablar de Dios en las cosas pequeñas. 
Aún recuerdo mi intervención al pie de la letra. Algunas veces se la he recitado a mis hijos que se han sonreído y reído reiteradamente, divertidos con mi peculiar elocuencia.” 

Cateado también en Preu,
(que fue sustituido por el Cou el curso siguiente)
Recuento del curso académicamente perdido: di un buen estirón y me extrajeron varias muelas picadas por insuficiencia de calcio y saliva ácida. Se me atragantaron, además, dos asignaturas: biología y latín. 
Vuelvo en septiembre a examinarme de las asignaturas cateadas y consigo aprobar latín. Mi examen de biología no llegaba a la categoría de desastre pues, confiado en la promesa del profesor, no había estudiado nada: 
-A los alumnos de letras que les quede únicamente mi asignatura les aprobaré. 
Con el suspenso en la mano, le pregunté al profesor por qué no cumplía su palabra. 
-A veces se cambia de opinión -me replicó sin apelación posible. 

Lista de seminaristas estudiantes de Preu en el “Séneca” de Córdoba en 1970-1971 

Adiós al Seminario. Condiciones para estudiar Magisterio 
Con biología aprobada, seguramente hubiera continuado en el Seminario los estudios de Filosofía y Letras. Al complicarse mi situación académica, reflexioné por primera vez sobre mi futuro. Mandé una carta al rector, agradeciendo el buen trato recibido, y me despedí, alegando que no tenía vocación. Me contestó que, aunque no quisiera ser sacerdote, podía seguir estudiando como un seminarista más. 
Me sentía inseguro con el latín y el griego. Además la asignatura pendiente de biología era un auténtico lastre para mí. Rechacé su amable invitación sin molestarme en contestar, que hubiera sido lo correcto. 
En cambio le pedí a mi padre estudiar Magisterio en la Escuela Normal de Alicante. Me lo concedió con una condición: 
-No pierdas curso, si lo haces tendrás que trabajar en lo que salga. 
Estuve de acuerdo. Además, convencí a mi hermano Eduardo para que estudiara Magisterio conmigo, truncando la carrera militar que planeaba iniciar. Edu acababa de aprobar en septiembre las matemáticas pendientes de sexto curso. Nos matriculamos juntos, sin preocuparnos demasiado del compromiso adquirido con nuestro padre. 
Como perdimos curso por culpa de la Reválida de Magisterio, Edu y yo tuvimos que trabajar un año en varias fábricas de Alicante y provincia. Pero esa historia no viene a cuento aquí. 
Reseñar finalmente que en Alicante recibí cartas de Manuel Jurado y Antonio Roldán durante los últimos meses del año 1971.

Agradecimientos: 
En primer lugar a Manuel Jurado Caballero y a Antonio Roldán García, maravillosos amigos y compañeros. Al volver a contactar con ellos, 45 años después, he podido sentir la misma amistad y aprecio de entonces, Ambos me han ayudado a mejorar estas memorias de forma significativa. Y a Manuel, además, a editarlas con la colaboración de Rafael Vilas.

También a los egregios escritores del blog y lectores que no han dudado en darme su amabilísima aprobación: Andrés Luna Prieto, Francisco Nieto Molina, Francisco Cesar García, Rafael Raya de la Mora, Juan Martín (montoreño), Andrés Osado Gracia, José Mª Rivera Cívico y Antonio Roldán García.

No me olvido de Miguel López Navarro (Elx) que logró "encontrarme", en colaboración con Manuel Jurado Caballero, rastreando "facebook" y la guia telefónica.

Pedro Calle Ballesteros 
Alicante, septiembre de 2016