sábado, 30 de julio de 2016

REUNION (JUEVERA) DE LOS VICARIANOS CORDOBESES

Crónica de un encuentro entrañable
Sociedad de Plateros, 28 de julio de 2016

El día amanecía, aparte de caluroso, con novedades importantes que otorgaron a nuestro quehacer diario una gran dosis de optimismo, alegría y esperanza: nacimiento reciente de Gonzalo, nieto de Andrés, la subida a planta de Pablo, también hijo de Andrés, y una ilusión contenida, desde hacía días, por el reencuentro con Antonio Rodríguez Gutiérrez (Palito) del que no teníamos noticias desde que abandonó el Seminario.

Carlos Samaniego, Andrés Luna, Antonio Rodríguez
Carmeli, Paqui y Paco Moreno Osuna (Foto)

Pues, con estas “vitaminas” y los “güasas” correspondientes, fue transcurriendo el día hasta que llegó la hora del encuentro. A las 20, en punto, en Plateros. Lo del punto me lo comí yo, sobradamente… ya se sabe: “vivo sin vivir en mi…” El caso es que llegué. El recibimiento fue apoteósico: Carlitos ya me esperaba con su cámara en ristre y no digamos nuestro querido Palito. Menudo achuchón nos pegamos…

Me había perdido el reencuentro general, pero me imagino y os digo, que si el mío fue emotivo del de todos hubo de ser apoteósico.


Voy a recurrir a mis confidentes para que me ayuden a ilustrarme un poco y así poder contarlo mejor:
−esperad un momento, vuelvo enseguida…
− ¡Ya estoy, otra vez, de vuelta!
Según comunica mi informante, la recepción que se le tributó a Antonio Rodríguez fue de esas que requieren un pañuelito en la mano. Buenas palmadas en las espaldas retumbaron entre aquellas paredes. Paqui, su esposa pudo notar el cariño con se abrazaban tantos viejos amigos. Supongo que eso los animará, a Paqui y a Antonio, para que no se olviden de acudir a la próxima reunión de Lucena, donde volverán a oírse esos sonidos de amistad.

Los clip de los móviles y el cras de la cámara de Carlitos, trataron de dejar memoria gráfica de aquel momento sublime. Sin perder ni una pizca de tiempo, pues pasaba a marchas forzadas, se entabló una amena conversación donde se trató de poner al día los acontecimientos vividos de pequeños.

Entre bambalinas, se dejaba entrever la alegría especial de Andrés, no sólo por el nacimiento de su nieto Gonzalo sino por la mejoría que iba tomando el estado de su hijo Pablo. De esto nos alegramos todos los presentes.

Por cierto, mi acto de presencia se produjo en la situación más importante de nuestras asiduas reuniones: nada más y nada menos que cuando se da cuenta del “bocata de caramales” (esta vez no me percaté si había alguno de atún).

Una vez calmada nuestra ansiedad, Antonio Rodríguez: “púsose en pié” y con voz profunda proclamó a los cuatro vientos lo emocionante, que para él, estaba suponiendo aquella reunión. Se sentía enormemente y el haber recuperado, otra vez, a tantos amigos de la infancia, le colmaba de una inexplicable emoción. Contó cómo por internet supo de nosotros y a partir de ahí mediante los Whtsapp, Facebouk y teléfono, empezó a mantener nuevamente el contacto. Y sin pensarselo dos veces, nos obsequió con una entrañable canción: “Volver” del inolvidable Carlos Gardel. ¡Que bien la hizo resonar en aquel recinto! Volvimos a sentirnos especiales con esos sonidos que salían de su garganta. A partir de colosal y enternecedora interpretación; de ese derroche de profunda y clara voz, se ha ganado, por méritos propios, que se le reconozca con su verdadero nombre y no el de “Palito”.

Nuestro entrañable MAM, Manuel Aranda, para no desmerecer ante su apoderado Paco Moreno, se arrancó por el arte de Manolo Caracol, con una coplita que días antes había dedicado al altruista “volador” Antonio Martínez Rangel: salvando el agravio sufrido, en tiempos de niñez, cuando fue derrotado en el festival de la canción de Santa María de los Angeles, por el que interpretó una canción de Palito, que no fue otro sino Antonio Rodríguez Gutiérrez. Quedó claro que si Antonio es el rey en lo que llamamos música moderna, él lo es en el flamenco. Así todos contentos.

Carlos Samaniego cámara en ristre y la simpar fotógrafa.
Antes de la despedida, nos hicimos la correspondiente foto de grupo. Miren ustedes por donde nuestro genial Carlitos, el de la cámara en ristre, se preparó para ello. A la primera niña guapa que pasaba por ahí, le endosó la susodicha cámara y tras una breve insinuación la dejó como dueña de su particular hacienda. Esta sin rechistar comenzó a disparar alegremente hasta que encontró oposición por el impecable artilugio: por más que lo intentaba no lograba alcanzar el cometido para la que había sido requerida. Carlitos se acercó, observó y decidió que eran las pilas las causantes de tal desaguisado. Se encaminó a por unas nuevas. En esto, la simpar voluntaria, permaneció en su puesto, frente a nosotros, con cara de sorpresa o admiración `por lo que estaba sucediendo. Volvió Carlitos; puso nuevas pilar y la cámara siguió sin funcionar. Carlitos miró a la chica y ésta le devolvió la mirada. Ambos, se marcharon contrariados, cada uno por su lado.

Poco a poco fuimos marchándonos, con el deseo de hasta pronto.

Diego, Paco Solano, Carmeli, Carlos, Paqui, Antonio, Paco Sánchez y Paco Moreno

Otros, permanecieron agotando los últimos sorbos.

Andrés Osado Gracia
29/07/2016




domingo, 24 de julio de 2016

UNA LARGA FILA

Libros y Peros

Recuerdo que un día, en San Pelagio, de no sé qué año, hicimos una larga fila, de esas a  las que estábamos acostumbrados. Iba desde la acera de la calle hasta la biblioteca. Allí nos esperaba un camión, de los más grandes de entonces. El conductor descubrió una gran lona y a aparecieron, como si de una carga de arena se tratara, un sinfín de libros enmarañados. Una vez dentro fue sacando uno a uno y pasándoselos al primero de la fila y de este al siguiente, emprendiendo así su largo trayecto hacia el sacrosanto lugar de reposo, la Biblioteca. Como en el océano, la diversidad de libros era evidente: desde el más pequeño hasta ese grandullón que costaba trabajo pasarlo al compañero de al lado; desde el más nuevo hasta el más viejo (que no roto) de esos que luego aprendí a llamarlos incunables.

Mientras pasaba “la mercancía” me vino a la mente una situación muy parecida. Esta vez era distinto el entorno, aunque casi similar la situación: la puerta era la del seminario Santa María de los Ángeles; la larga fila iba desde esta puerta hasta la Cocina (otro sacrosanto lugar del que, en ocasiones,  salían no tan felices bendiciones) el camión también era de los grandes pero su carga distinta. Lo que empezó a pasar por nuestras manos fueron nada más y nada menos que unos peros de mediano tamaño (sé que no se llamaban peros, tienen otro nombre. Antes y ahora los llamaba y llamo así) Lo que en aquel momento se convirtió en una situación jocosa, pasó, con el tiempo, a provocar cierto desasosiego, por no decir repugnancia, cada vez que notábamos su presencia. Hubo peros en todas las comidas e incluso en alguna merienda. Pronto el color de los mismos empezó a cambiar en tonalidad y manchitas (en vez de incunables se transformaron en incomestibles) Yo ya veía peros hasta en la pizarra. Al igual que los chorizos, aquellos de los que ha escrito nuestro compañero Antonio Gómez Ramírez, muchos pasaron a formar parte asidua en el alimento de los peces de nuestro río, amigo y compañero de viaje, Bembézar.
¿De dónde habría sacado Francisco de Paula, magnífico Administrador, tan apreciada carga? ¿Qué alma caritativa tuvo la feliz ocurrencia de donar o poner, a bajo precio,  aquel manjar de dioses?

Otra vez volví a mi realidad y me vi pasando libros, uno tras otro. ¡Afortunadamente, esta vez, no llegarían a formar parte de nuestro alimento corporal, aunque sí del intelectual y moral!

 ¡Aleluya!

Andrés Osado
Córdoba, 24 de julio de 2016



jueves, 21 de julio de 2016

EL CUADERNO DE PEDRO CALLE - Mis recuerdos, parte primera

EL SEMINARIO MENOR

Invitación al internado

Cuando tenía doce años y un par de meses mi padre me habló, por primera vez en mi vida de tú a tú para pedirme un favor. Primero me dijo que mi tío Constantino había conseguido una beca de estudios para mí en el seminario de Córdoba. Luego me explicó que si estudiaba bajo la protección de mis tíos él podría atender mejor a los gastos de estudios de mis hermanos. Y finalmente añadió algo que me tocó el corazón llenándome de orgullo:

-Piénsatelo. Si no quieres ir a estudiar al seminario, me lo dices. Seguiremos adelante lo mejor que podamos. Tú no tienes que preocuparte por eso.

Iba a decirle que sí con entusiasmo, ya que me sentí importante contribuyendo en las necesidades familiares, cuando insistió en que debía pensármelo. Esta vez me tenía en cuenta y rectificaba su decisión anterior conmigo, cuando me envió a Villaharta durante un curso sin consultarme, cuando tenía siete años.

-No me contestes ahora, mejor esta tarde después de pensártelo bien.

Ni un solo momento dudé en aceptar la propuesta. Estuve deseando decir que sí a mi padre todo el tiempo, cosa que en realidad ya había hecho. Por la tarde le dije con toda la suficiencia de un niño de mi edad:

-Iré al seminario, papá. Me portaré bien y estudiaré como en los Misioneros.

-Gracias Pedrito, siempre te lo tendré en cuenta –me contestó el buenazo de mi padre, Siro.

Con mis tíos Constantino y Rosario, mis primas Teresa y Carmen
y mis hermanos Maribel, Eduardo y Gema
en el salón de la casa parroquial de Montoro
Ingreso en el seminario

Mi tío me llevó a Córdoba y allí nos recogió un autobús a todos los “pichones”, que, un poco cohibidos, emprendíamos la aventura de ser estudiantes internos. Después de marcharse mi tío, un vendedor ambulante pasó ofreciendo diversos artículos mientras esperábamos que llegaran los seminaristas rezagados. Le compré un cortaúñas previsoramente, con el dinerillo que me dieron mis padres. Durante el trayecto en autobús me mareé y nada más bajarnos, en la explanada del Pozo, donde jugaríamos tantos domingos, vomité.

Ya en el edificio, hoy semiderruido y abandonado desde 1971, los curas nos llevaron a una sala dormitorio de unas cincuenta camas. Las distribuyeron entre los recién llegados y nos indicaron que guardáramos la ropa en nuestros respectivos armarios roperos empotrados en el muro o pared junto a la cama. Así lo hice y a continuación intenté desmañadamente hacer mi cama con las sábanas y mantas que traía de casa. Una madre, que había traído en su propio coche a su hijo, se compadeció de mi torpeza y me enseñó a hacer la cama correctamente. Le di las gracias.

Enseguida nos convocaron para que el rector, D. Gaspar, nos diera conjuntamente con la bienvenida los horarios y normas. Aquella amable madre se esfumó dejando a su hijo en la misma situación que quedábamos todos: solo, aislado del mundanal ruido, en un gran edificio perdido en medio de la serranía de Hornachuelos del macizo de Sierra Morena, y a cargo de unos 14 curas.

El edificio ocupa una explanada a medio camino entre las cumbres, donde solía pastorear algún rebaño de cabras, y el río Bembézar, afluente del Guadalquivir en la provincia de Córdoba. Además de arbustos, cabras y encinas, yo descubrí pronto los espárragos que crecían en la zona de la sierra situada sobre el edificio del seminario. Me los iba comiendo sobre la marcha a modo de aperitivo. En el campo de fútbol, los no futboleros, entre los que me encontraba, nos entreteníamos apedreando encinas para agenciarnos suculentas y sabrosas bellotas; haciendo presas en los regueros de agua que se formaban cuando llovía; y observando los diversos insectos de agua de las charcas. Descubrí también los arbustos de madroños, aunque apenas probé los frutos pues maduraban cuando estábamos de vacaciones en verano.

Me destinaron a primer curso aunque me correspondía pasar a tercero. El objetivo era que comenzara el primer curso de latín y de solfeo y evitar mi desfase en ambas asignaturas. Fue un curso sin dificultades y mis profesores decidieron pasarme directamente a tercero el curso siguiente.

Escarceos literarios y un premio con ayuda de mi tío

D. Gaspar Bustos Álvarez entregando el premio
Cuando preparé un trabajo en las vacaciones de Semana Santa sobre los milagros de Jesucristo, (o de las parábolas, no estoy seguro), recogidas en los cuatro evangelios, mi tío Emiliano me ayudó a mejorar el tema. Aquello me valió el segundo premio, (el primero creo que lo ganó José Ruz), y una foto recibiéndo la Biblia de bolsillo de manos de Don Gaspar, el rector. La Biblia acabé regalándosela a mi sobrino Adrián.

También me retocó mi primer soneto, que ejecuté siguiendo el modelo de Lope de Vega “¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?” El profesor de lengua, (que ya no era D. Francisco Javier), prácticamente lo despreció, por lo que no volví a molestarle con más poesías. Pero a mi tío Emiliano le presenté un poema en prosa que comenzaba: “He subido esta tarde a la terraza…” que me calificó de Juan Ramoniano. No volví a manifestar mi creatividad literaria hasta Preu para demostrar a la profesora de literatura que en el examen sobre el romanticismo no me había copiado. Yo me había comprado un librito de poesía romántica y en el examen me había explayado con la documentación del prólogo. Sobrepasé los límites de las preguntas pretenciosamente por lo que la profesora me suspendió sin más. Cuando leí un trabajo en clase que nos había encargado el día anterior me dijo:

-¿Quién te lo ha hecho?

-Nadie. Lo he hecho yo solo.

-Sí, como el examen –me contestó con sorna.

Cuando nos puso un ejercicio en clase fui el único que alzó la mano para leerlo. Entonces puso especial atención a mis palabras queriendo salir de dudas sobre mi honestidad. Con un circunloquio atrevido resolví el ejercicio rematando el tema en la última frase. No dijo nada pero milagrosamente el suspenso se convirtió en un ocho, que mantuvo como nota final.

Mi prestigio literario en el curso de preu quedó establecido sin discusión.

Celos

Al poco de llegar al seminario menor un alumno de cuarto me pidió que colaborase en la revista aceptando una entrevista. Aquello no tenía más transcendencia que señalarme como el único seminarista que provenía de otra provincia. Pero años después, cuando cursaba sexto, paseando por el centro de Córdoba con un par de compañeros, nos encontramos casualmente con el seminarista entrevistador. Hacía dos años que había abandonado el seminario. Se interesó por mí con amabilidad e incluso familiaridad. Cuando nos despedimos mis compañeros estaban celosos.

-Ha pasado de nosotros como si no nos conociera. No entiendo por qué sólo ha querido hablar contigo –expresó uno de ellos.

-Seguramente le caí bien cuando me entrevistó mi primer año en el seminario. Desde aquella ocasión hasta hoy no había hablado nunca con él.

Probablemente se fijó alguna vez en mí, estando en el patio o en el comedor, sin que yo lo advirtiera. Es posible que le llamara la atención un curioso evento del que fui protagonista a mi pesar en el comedor. Inesperada e inexplicablemente un día me llegó una caja de pasteles que, según me dijeron los curas, me habían mandado mis padres. Los curas me entregaron el paquete en el comedor delante de todos. Al descubrirse el contenido surgieron voces ansiosas de todas las mesas pidiéndome un pastel. No pude hacer otra cosa que distribuirlos entre los compañeros que me rodeaban, dejando solamente uno para mí. Los afortunados disfrutaron del postre más codiciado en aquellos lares mientras yo pensaba en lo “graciosos” que habían sido los curas mortificando mi egoísmo impíamente. Reconozco que comérmelos a escondidas era mi deseo más ferviente.

Cuando las circunstancias nos distinguen favorablemente suele surgir inexorable la oportuna corrección. ¡Alabado sea el Señor!

Afición poética

En la clase de lengua las lecciones comenzaban con una poesía corta introductoria. El profesor, D. Francisco Javier, nos pidió que la aprendiéramos de memoria para declamarla al día siguiente. Yo no dejé escapar la oportunidad. Al comenzar cada clase, el profesor solicitaba un voluntario. Siempre salía yo a recitar la poesía con desenvoltura, exhibiendo mi inclinación poética. El profesor sabía que los demás alumnos no se tomarían la molestia de memorizarla. Al pedir voluntarios siempre me miraba a mí.

Con sotana y beca en la casa de Montoro
En primer curso acudíamos a misa con la sotana. También nos la pusimos todos los seminaristas cuando el obispo nos hizo una visita. Mi profesor de lengua me dio una poesía para que la aprendiera de memoria y se la recitara al obispo. Así lo hice. En la película española “Alegre juventud” de Mariano Ozores se recitan las dos primeras estrofas que os transcribiré, por si os suenan.

Dulcísimo recuerdo de mi vida, bendice a los que vamos a partir... ¡Oh Virgen del Recuerdo dolorida, recibe tú mi adiós de despedida, y acuérdate de mí!

¡Lejos de aquestos tutelares muros, los compañeros de mi edad feliz no serán a tu amor jamás perjuros; conservarán sus corazones puros; se acordarán de ti! …

P. Julio Alarcón

El obispo me dio la mano para que le besara el anillo, me felicitó y me comentó casi al oído que tenía en alta estima a mi tío Constantino, el cual había promovido varias construcciones sociales en El Vacar, pedanía de Villaharta y en Montoro.

Por aquel entonces nos pusieron una vacuna contra la viruela a todos los seminaristas. Una o dos veces al año llegaba un peluquero para trasquilar a toda la manada.

Nos hicieron una prueba individual, acompañados al piano, para elegir los componentes del coro. Desafiné cosa mala sin comprender muy bien qué me había pasado. ¡Y yo que me creía un excelente ruiseñor! Además no me sabía aún el “Adeste fidele” que tocaba en el órgano D. Manuel. Eliminado.

Un cura bonachón, D. Moises, se entrevistó conmigo. Hasta entonces desconocía la figura del consejero espiritual o “padre espiritual”. Me toco la vena sensible al preguntarme si echaba de menos a mis padres y hermanos. No me pude contener y lloré como un bendito.

Curita por imperativo económico

Con roquete en la terraza de la casa de Montoro
Durante una comida un colega y yo nos bebimos dos vasos de vinagre, que no era demasiado fuerte y debía contener cierta dosis de alcohol. Al salir del comedor un poco chispas nos detuvo Don Gaspar.

-¿Os pasa algo? –inquirió sorprendido al ver nuestra chispeante alegría.

-No, no nos pasa nada –le contesté tan pancho, dejándole intrigado.

En las pruebas de inteligencia que nos hicieron a todos los seminaristas quedé el tercero en coeficiente intelectual. Con mejor coeficiente intelectual que yo destacaron Juan Pedro Beteta y José Ruz Estepa. Como reconocimiento, los curas me otorgaron el liderazgo de un grupo de estudio formado por cinco compañeros. Mi sistema de trabajo consistía en salir a una terraza y estudiar paseando mientras nos daba el aire. Reproducía las clases de religión en los Misioneros, que tanto me gustaron, cuando el profe nos llevaba a una pinada.

Incorporación tardía

Un día antes de mi reincorporación a las clases del tercer trimestre del 1968 sufrí un dolor persistente localizado en la parte izquierda del pecho. El médico diagnosticó enfriamiento muscular o pequeño reúma que no precisaba de medicación. La vuelta al seminario, dos días después, me correspondía hacerla sin el auxilio del autobús que nos recogía en Córdoba habitualmente.

Llegué hasta la estación del tren en Hornachuelos sin problemas. Calculé que me tocaba caminar unos catorce km. Cuando llevaba andados dos o tres km. pasó un coche. El conductor debía ser el chófer y el acompañante el dueño. Me miraron pero finalmente siguieron adelante. Un km. más adelante encontré el coche estacionado a la entrada de una finca colindante con la carretera. El dueño se disculpó alegando que pensó que no valía la pena adelantar mi trayecto apenas unos metros. Algún kilómetro después un coche que venía en dirección contraria se paró y me recogió. Era un cura del seminario, (tal vez D. Manuel), acompañado de dos seminaristas de un curso superior al mío. Dicho curso acaparaba la pista de voleibol, fútbol, etc. en los recreos. Le expliqué al cura mi situación y él me explicó a mí que iban a depositar y recoger el correo. Cuando llegamos a la altura del otro coche paramos un momento y el hombre habló con el cura, pues se conocían bien, volviéndose a disculpar por no haberme llevado. Tras la visita a la oficina de correos, finalmente llegamos al seminario, donde me incorporé a las clases con absoluta normalidad. Lógicamente, a mis compañeros de mesa en el comedor, entre los que se encontraba Antonio Roldán, les expliqué el motivo de mi retraso.

Excursiones

El pantano del Bembézar

Un día primaveral salimos de excursión siguiendo el curso del río a contracorriente por una pista forestal. Prácticamente fuimos todos los alumnos y profesores caminando en pequeños grupos como si se tratara de una etapa del Camino de Santiago. Vimos un cervatillo que había bajado a beber en el río escapando ladera arriba con gran agilidad al vernos. Como no conocíamos aquellos parajes los quince quilómetros hasta el lugar se nos hicieron cortos. Nos asentamos en una zona del río ancha y poco caudalosa. Allí nos entretuvimos descalzos y descansamos del largo paseo. Nos trajeron la comida en una furgoneta. Tras distribuirnos los bocadillos y la fruta nos avisaron que en una hora íbamos a realizar el regreso por la margen contraria del río. Disfrutando de la caminata, de vuelta alcanzamos la presa después de pasar frente al edificio del seminario por la pista forestal paralela al Bembézar. Cuando llegamos al seminario quisimos saber cuántos kilómetros habíamos andado. Se nos dijo que unos cuarenta.

Yo disfruté a lo grande pues mi pasión por el senderismo y el montañismo debe estar en mis genes. El camino de Santiago lo he recorrido completo dos veces desde Roncesvalles a Fisterra.

Otras excursiones

1.- Al pueblo, al castillo y al embalse de Almodóvar del Río. Mi colega jugador de tute, José Antonio Naz, era de allí y pudo saludar a su familia cuando pasamos ante la puerta de su casa.

2.- Al pintoresco río con cascada y poza donde aprendí a nadar (flotar). En él capturé una serpiente de agua que me llevé de vuelta al seminario en un bote. La solté en el llano del pozo y se revolvió contra mí. De un solo golpe con una vara la quebré cuando estaba atacándome, erecta y visiblemente cabreada. Otro baldón en mi relación con los animales.

3.- A una zona donde el río era bastante ancho. Con una barquita de remos alcanzábamos la otra ribera, en turnos por parejas, y regresábamos al punto de embarque.

José Antonio, Francisco y yo en los jardines del palacio de Salinas
4.- Al palacio del marqués de Salinas en la aldea de San Calixto, donde me llevaron con mis compañeros y amigos Francisco Delgado y José Antonio Naz, por ganar un concurso de cesta y puntos. Además del concurso acumulamos puntos con trabajos manuales, como mi hórreo de palillos.

5.- A Écija por motivo de los exámenes y recuperaciones en septiembre. Dimos tantos paseos por sus calles, parques y plazas que aún la recuerdo con detalle. El último septiembre a los repetidores nos permitieron subir a algunos campanarios de sus numerosas torres eclesiales. Cuando nuestro autobús se aproximaba a la ciudad solíamos contar las torres góticas que sobresalían por doquier. En una plaza céntrica había un mosaico romano bien conservado. Siempre hacía calor, aunque no tanto como reza el eslogan: “Écija, la sartén de Andalucía”.

6.- La excursión a Córdoba en cuarto curso me negué a efectuarla ante el asombro de mis profesores. Pensé que en unos meses, en el siguiente curso me hartaría de ver la ciudad. Dos de ellos se ofrecieron a pagarme los gastos de la excursión pensando que me negaba a realizarla por falta de dinero. D. Francisco Javier, además de ofrecerse a pagarme la excursión, me dejó un libro del Readest Rigest. Pasé el día deambulando por el seminario y alrededores, tirando el balón a la canasta y leyendo. Fue un poco aburrido pasar el día sólo. Cuando uno es rarito, pasan cosas así.

7.- A Sevilla estando ya en sexto curso. Con algunos compañeros visité la Catedral, (aunque no me animé a subir a la Giralda), la plaza de España, los jardines del parque de María Luisa…

Ya he dicho antes que las excursiones, como a tantos otros estudiantes, me proporcionaban los momentos de mayor disfrute y alegría. A lo largo de 37 años de profesor no he dejado de realizar con mis alumnos cuantas excursiones me ha sido posible. Os aseguro que un montón, más que cualquier otro profesor o profesora que conozca.

SOLEDAD EN EL TEMPLO de MONTORO

Un día ya lejano, siendo yo adolescente, mi tío Constantino casaba a una pareja en la histórica iglesia de San Bartolomé.

En un pueblo de Córdoba -con su puente Romano sobre el Guadalquivir, que circunda y lava los pies de la ciudad- una pareja escuchaba en silencio el ritual que les unía ante los hombres.

Pero no había nadie que los acompañara. La ceremonia en el templo suntuoso semejaba, más que una boda, una tristísima confesión.

Al ver la pobre escena, sin premeditación, tras pasar circunspecto junto al Crucificado, orlado en la leyenda de que un día habló, lloró sangre… -no recuerdo ya bien que me dijeron que había hecho-, me senté ante el órgano e improvisando sin desmayo, destrocé varias veces seguidas la Marcha Nupcial.

Yo me esforzaba, sin embargo, en que sonara solemne y melodiosa. Luego, me alcé del taburete y me marché sin más.

Cuando volví a la casa, donde vivía con mi abuela Antonina y mis tíos Rosario y Constantino, -la casa parroquial-, mi tío me llamó y puso en mi mano unas monedas.

-Toma Pedrito, los recién casados me han dado esta propina para ti.

Después de tantos años, el recuerdo del desacato cometido, y la tristeza de una boda tan solitaria, hacen que me pregunte qué significa ser humano y sienta ganas de llorar.














Pedro Calle Ballesteros
Alicante, 15 de julio de 2016

viernes, 15 de julio de 2016

LA CURVA

ES JUEVES PERO NO “LA JUEVERA FIN DE MES”, SE HAN REUNIDO, PORQUE SI, LOS ANGELINOS DE CÓRDOBA

Jenny McKane, Manuel R. Muñoz Medrán, José López Pedrosa
Andrés Luna Prieto, Carlos Samaniego Ortiz, Andrés Osado Gracia
Francisco Sánchez Sánchez y Antonio Martínez Rangel
Que el espacio y el tiempo son curvos, no ofrece ninguna duda. ¡No vayáis a pensar que ahora os voy a soltar un tostón a los que nos tiene acostumbrados Albert Einstein! No, ni mucho menos. Ha sido una licencia literaria en esta temporalidad en la que ahora me encuentro. ¡Ozu, que bien me ha quedado este empiece! Digo lo de curvo, porque otra vez voy en el autobús número 3 y me suena haber vivido esta situación no hace mucho. ¡Si es que donde se ponga una curva…!

A las veinte horas, puntual como el Tenorio, me adentro en la taberna de Plateros. Allí, más puntual aún, se encuentra ya el Gran Califa, que por ser notorio, su nombre y apellidos, no ha menester mencionarlos. ¡Y dale con la rimbombancia!
Bueno, me dejo de “pegoletes” y voy al asunto…

Manuel R. Muñoz Medrán y José López Pedrosa
Efectivamente, doy la razón a todos los que opinéis que estamos algo zumbadillos, estos chicos de Córdoba. Hoy no es jueves fin de mes… correcto. Pero… el hecho de que se le parezca,  es debido a nuestro querido hombre pájaro, Antonio Martínez Rangel. Resulta que se va de vacaciones y como no quiere perderse una, nos convocó,  con el fin de llevarse puesta la reunión y no tener luego morriña por habérsela perdido. Y como no necesitamos que nos lo digan dos veces… aquí estamos.
Poquitos, como puede verse.

Andrés Luna Prieto
En primer plano el bocata de "caramales"
Antes de proseguir he de resolver un entuerto, ¡eh!... que he dicho entuerto y no tuerto, que sois muy mal pensados y os vais por donde me imagino. En la anterior crónica os comenté que nuestro apreciado hombre… sí ese, el alto: el que asusta hasta a la bruja. Resulta que no se ha jubilado sino que el pobre está malito postrado en cama, debido a una fuerte lumbociática o algo así. Pobrecillo y nosotros que estábamos ya ilusionados al deber notar, nunca más, su presencia filtrándose  por aquellas paredes. ¿Qué sería de nuestros yin y yang?  Por cierto, pusieron en funcionamiento los ventiladores: agradable fresquito que llevaron hasta nuestros rostros. Sin embargo, algo hacía presagiar la presencia de “aquel”. De manera inesperada y sin venir a cuento, los ventiladores empezaron a chirriar, en la medida  que sus alocadas aspas nos enviaban una brisa del más allá. ¿Presagiaban su pronta venida? ¡Otra vez con la curva! “Volverá esa oscura y hierática golondrina”  Mejor no sigo, me da escalofríos el pensarlo.

Antonio López y Andrés Osado
Los poquitos, nos envolvimos en una amena conversación: “razonadamente etérea”. ¡Aleluya! ¡No me lo podía creer! ¡Estábamos hablando bajito y nos oíamos todos!  Bueno, bueno, es que si siete no hubiéramos logrado oírnos  es para que nos hubieran encerrado. Anécdotas, chistes y loquerías fueron amenizando la velada… hasta que llegó la hora crucial. Aquella a la que desenfrenadamente nos volcamos en cada reunión y sin la cual “vivimos sin vivir en nosotros”. Nada más y nada menos que sus excelentísimos bocatas de “caramales” o de atún con tomate (mejor dicho, tomate con atún, ya que había más de lo primero que de lo segundo. Motivo por el cual a partir de los próximos se van a solicitar sin tomate). ¡Qué manjar de dioses! ¡Y qué pronto se acabaron!

Andrés Osado Gracia, Francisco Sánchez Sánchez
Manuel Rafael Muñoz Medrán y Carlos Samaniego Ortiz.
Gracias al pequeño error en la cobranza: nos habían incluido un whisky de más, llegamos a conseguir la inesperada sonrisa del dueño de la taberna, el muy honorable D. Antonio López y por qué no, su amistad para siempre.
Y colorín…  un fuerte abrazo. Hasta siempre.
Por cierto, la reunión “juevera fin de mes” sigue inalterable. Esta vez con una importante y deseada nueva comparecencia. Se anunciará oportunamente.
Sed buenos

Andrés Osado Gracia
15 de julio de 2.016

miércoles, 13 de julio de 2016

Reflexiones

 En recuerdo de quienes nos precedieron en el camino de regreso.


Muchos de los seminaristas de aquellos años de estudio, recordamos las efemérides en que se celebraban las preces por nuestros compañeros fallecidos.
Una lista que luego con el tiempo se fue ampliando.
Recuerdo la tristeza que sentíamos en aquellos momentos al reflexionar sobre el hecho real de la muerte de un compañero cercano, y de reconocernos a nosotros mismos como alguien que está de paso en este mundo terrenal, al que llegamos queridos entre el alborozo de la familia.
Y del que nos marcharemos sin saber cuando, unos pronto y otros después de vivir años de lucha, de superación y de trabajo, con aciertos o con errores.
Aquellas reflexiones de nuestros superiores, luego repetidas cuando hemos asistido en la vida particular a las misas por entierros de familiares, de amistades y de compañeros o compañeras de trabajo. Desde la humildad de ver la fragilidad de nuestro ser igualado con la del resto de criaturas existentes.
Es entonces cuando nos preguntamos por las verdaderas causas y razones de nuestra existencia como personas inteligentes, que razonamos todos los posicionamientos.
Pensamos y razonamos:
Ante la mirada interrogante de nuestro intelecto:...¿Como?...¿Por qué?...¿Para qué?....
Desde la conciencia de quien deduce aunando cabos como un observador al margen, que intenta meterse dentro de la acción del vivir y de la historia.
Existe el hecho real y seguro de finalizar el recorrido en algún momento.
Desde el comienzo de los tiempos ya nuestros antepasados prehistóricos quisieron dejar constancia de que existieron, pintando en las paredes de las cuevas retales de sus vidas. A su manera y bajo las estrellas del firmamento, seguro que de sus mentes primitivas junto al fuego de sus cavernas, ya brotaron los primeros sentimientos de respeto hacia el otro lado de la existencia, pues esta experiencia no puede ser una broma inútil.
Comprendiendo que después de ejercer aquí como seres vivos y reales, debería de haber una continuidad de la responsabilidad, o alguna  Deidad invisible que nos recoja y nos devuelva a nuestro origen.
Nosotros descendientes de los ancestros, personas civilizadas,  recordamos también en la despedida los hechos compartidos, como un hasta luego.
La comprensión y la conciencia de nuestro existir transitorio y finito, desde el respeto por el otro lado desconocido a los ojos, pero no al intelecto.
Personas individuales, hombres y mujeres, que nos encontramos transformados en vida real como el resto de los seres de este mundo, para que podamos ejercer desde aquí la libertad personal e intransferible de nuestro libre albedrío en cada hecho, ya sea grande o sea pequeño.
Es lo que parece, observando el río de la vida, de las civilizaciones, de las especies y de la historia.
Los seres humanos llegados a la inteligencia desde la pura materia amasada de células, desde el átomo, el fuego, el agua, el sol y la tierra. 
Ante los ojos complacidos de la Inmensa Benevolencia que nos contiene, y que seguro  se encarga de cuidar este proyecto infinito en este mundo llamado por nosotros Tierra, junto a un Sol de la Vía Láctea.
Toda la naturaleza es puro diseño, desde el mundo microscópico hasta el macrocosmos que observamos en las noches estrelladas como hacían nuestros ancestros.
Así de ordenado es el cosmos en todos sus aspectos, por voluntad seguramente de una Deidad o de un Creador Universal, que pensó al ser humano finito en el espacio y en el tiempo por alguna razón, a buen seguro justificada.
A las criaturas que tenemos el premio de vivir conscientes, nos toca ejercer nuestro papel desde la responsabilidad de ser actores y no meros comparsas, de corresponder como ya hicieron nuestras generaciones anteriores.
Responsables, desde nuestra capacidad de ejercer con nuestra conciencia libre.
A la sombra de ese hecho fantástico y maravilloso de sentirnos que existimos como seres reales e individuales, hombres o mujeres.
Personas con voluntad propia, reconociéndonos humildemente dentro del engranaje de la inmensa obra de la Creación, para nuestro limitado entender.
Observando y aprendiendo mientras vivimos en una Naturaleza múltiple y colorida, que es como una enciclopedia en la que leemos todos los secretos del mensaje de la Existencia, de la Redención y de la Compasión, nacidos desde la simple materia.
Desde el átomo llegamos a la Compasión, por voluntad propia.
Razonando y conscientes de nuestro destino, que ha de corresponder al mismo principio y fundamento de todo cuanto vemos, dentro de un orden universal mayestático.
"Creced y Multiplicaos". Nos dice la Biblia que fue el primer mandato.
Algo como un descanso en nuestra tabla de responsabilidades para nosotros criaturas limitadas,  a quienes  todo lo demás nos llegará por añadidura en su momento.
Desde el respeto que sentimos en el presente, por la memoria eterna de quienes ya nos precedieron y se fueron antes que nosotros al otro lado de la vida, hoy quisiera manifestar públicamente un sentido recuerdo de reconocimiento por todos los compañeros y profesores ya ausentes,  por los momentos compartidos y recordados.
Por el solo hecho de haber recorrido juntos un tramo de todo el camino andado a contraluz de nuestra conciencia como personas, hasta que empiece otra primavera, y vuelve a brotar la vida repetida en miles de formas y facetas como otros yo, otros nosotros, otros ellos y ellas, en otras oportunidades de elegir y de buscar la bondad generosa por puro convencimiento.
Desde la lectura de la propia Obra inconmensurable de la Naturaleza como una partitura escrita por el mismo Dios, omnipotente y misericordioso.
Recreando desde la compasión y la comprensión la obra maestra de este lienzo infinito y eterno en el que estamos.
En memoria de todas las personas amadas y queridas que nos precedieron en el camino de la vida y del regreso, quiero manifestar un sentido recuerdo por todos ellos, los familiares ausentes, los profesores, los amigos, los compañeros y las compañeras, que nos precedieron en el camino de vuelta.
Desde la humildad de sentirnos unos caminantes más que aun están en ruta.

Juan Martín.

miércoles, 6 de julio de 2016

EL LAGARTO

CRONICAS DE LOS ANGELES

(Aunque anuncié, que hasta después del verano no tomaría de nuevo mis crónicas de los Ángeles, he decidido publicar esta del “lagarto”, porque ya estaba prácticamente escrita cuando hice tal anuncio).


Corría el verano de 1.965, último año de estancia en los Ángeles de los del 63, en que en aquellas  vacaciones que pasábamos en el Seminario de verano (al menos yo, no tenía posibilidad de otras) en que la piscina y otros eventos lúdicos, con disciplina un tanto relajada, nos permitían disfrutar del estío en unas condiciones que de otra manera era imposible. Y así de estas cuitas sucedió esta aventura que os relato.

Manuel Calvo Ortiz y yo, paisanos y amigos en el pueblo, compartíamos una afición que era la de cazar pajarillos con las escopetillas de plomos (hoy seriamos anatema y declarados poco menos que delincuentes), pero en aquella época las cosas eran de otra manera y había una permisividad que hoy no existe. Salíamos al campo muy temprano en verano y después de unas largas caminatas por lo huertos y orillas de las acequias de riego, volvíamos al pueblo con el producto de la pericia en los disparos. Junto con otro chico, no seminarista, al que apodábamos el “taxi” (no sé porqué) competíamos por ver quién cazaba más e incluso a veces apostábamos por determinar quien pagaba el rato de juego al billar (otra de nuestras aficiones), en la “posá” de nuestro querido Manolo Vida (el padre tenía este negocio, además de otros de chucherías y similares).

Aquel verano Manolo Calvo y yo, decidimos llevarnos nuestros instrumentos de caza a los Ángeles, pensando, como así fue, que tendríamos oportu-nidad de practicar nuestra afición con piezas más grandes, como oropéndolas, tórtolas y otros volátiles, que al ser de mayor tamaño nos propor-cionaban más emoción.

Manolo encontró un lugar, bajo la huerta vertical y cerca de la orilla del río, que era un sitio, que por su posición, era magnifico y pegó muchos tiros con más o menos fortuna.

Atraído por las piezas que por la tarde/noche el tío traía, le dije de acompañarlo al otro día, para ver si tenía más suerte que en el lugar donde yo me apostaba. Evidentemente me dijo que el lugar era pequeño y que para dos escopetas lo único que haríamos seria molestarnos ambos.

Entonces tomé la decisión de buscar otro lugar, y en vez de bajar hacía el río, tomé la carretera en dirección a los campos de fútbol y de allí por la ruta que iba al Guazulema, para intentar tener más suerte y más piezas a las que disparar.

Cuando sobrepasé los campos del fútbol, a unos quinientos metros más allá, encontré un alcornoque inmenso, con unas ramas colosales. En una de las ramas que cruzaban sobre la vereda, divisé, en una oquedad de la madera, una figura triangular que asomaba por el hueco. Creí que era la cabeza de un pájaro resguardándose de los calores de la tarde. Cargué la escopeta, apunté cuidadosamente y disparé. Al hacer impacto el plomo de diávolo que utilizaba, sentí un chasquido opaco, como sordo y a continuación cayó a mis pies un goterón de sangre que me sorprendió. Menos mal que me retiré de la vertical de la rama, porque a continuación y a cámara lenta empezó a deslizarse hasta el suelo, el lagarto más verde y grande que he visto en mi vida. El susto y el miedo que pasé fueron tales, que salí de allí pitando a toda prisa. No me pesaba ni la escopeta, ni el calor, ni el monte. No sé cuanto rato estuve corriendo.

Un poco más sereno y sabiendo que el bicho estaba muerto, ya que le había acertado en el centro de la cabeza, a la vuelta, intenté localizarlo, pero no estaba, las alimañas o los buitres ya lo habrían encontrado y dado buena cuenta de él.

De modo que volví al Seminario, como cazador frustrado, esperando el cachondeo de Manolo y de los otros. No volví a salir con la escopeta ningún otro día. Es más creo que no volví a salir ni en el pueblo. Mi afición a la caza terminó allí y en aquel momento.

Hoy lamento haber matado aquel ejemplar soberbio, que sin duda hubiera permitido que su especie se perpetuara con los mejores genes posibles.

Hasta después del verano, salud y suerte para todos

Un abrazo
Antonio Gómez Ramírez

lunes, 4 de julio de 2016

EL YIN Y EL YANG


REUNIÓN DEL GRUPO DE CÓRDOBA

Taberna de Plateros, jueves 30 de junio de 2016

El día había transcurrido como siempre, con las tareas cotidianas a las que ya estamos acostumbrados, a pesar de sus correspondientes alteraciones del orden establecido. Pero en el acontecer de hoy, algo esperado y reglamentario había dado un toque especial a su devenir.

Es el jueves de los locuelos de Hornachuelos…

Diego Ruiz Alcubilla, Manuel Rafael Muñoz Medrán, Antonio Hidalgo Naz
Francisco Sánchez Sánchez, Manuel Aranda Madueño, Andrés Osado Gracia
Antonio GómezRamírez, Francisco Solano Raya Marqués, Francisco Moreno Osuna
Antonio Martínez Rangel y Andrés Luna Prieto - Foto de PacoMo
¡Qué casualidad!  En el autobús, que me conducía al sitio de reunión, iba escuchando Radio Clásica y más concretamente la interpretación de unas piezas gregorianas. En ese momento pensé que los dioses estaban preparando mi espíritu para entrar con buen pie en ese “sacrosanto recinto”  muy conocido por todos ustedes, pues no es la primera vez que hablamos de él. En la parada de Fuentes Guerra  he de interrumpir mi ensimismamiento al tomar asiento junto a mí, nada y más y nada menos que nuestro entrañable amigo MAM (Manuel Aranda) ¡Cuánto tiempo llevaba sin verlo, estaba con una apariencia fenomenal! ¡Con lo malito que lo habíamos visto en su última comparecencia!

La entrada fue apoteósica, no por mi presencia, sino por la de Manolo Aranda… a todos les causó la misma impresión y alegría que a mí. Celebramos su mejoría y le deseamos lo mejor.

Foto: PacoMo
Pero mi sorpresa fue morrocotuda al observar dos zagales, plantados detrás del mostrador. ¿Dónde estaba la hierática, enigmática y sobrecogedora figura a la que mi espíritu ya se había preparado para contemplar? Enseguida me aclararon que había pasado a mejor vida, no a la inmortal sino a la terrenal… ¡se ha jubilado!  Al lugar le faltaba algo sin esa presencia; sin la sorpresa que causaba al plantarse a las espaldas de uno y preguntar, con esa voz: ¿Qué va a tomar?

En su lugar… dos mitades que quizás superpuestas llegaran a alcanzar la altura de aquel servicial y espigado camarero de la triste figura. Dos mitades… una sonriente y la otra… la otra no me atreví a calificarla: ni triste, ni alegre, en ella no se movía ni un músculo. ¿Habría sido seleccionado para no desentonar, en demasía, con lo arcaico del lugar y lo entrañable del camarero anterior?

Eran el “yin y el yang”, las dos caras de ese teatro griego donde estábamos celebrando nuestra reunión “juevenil”

Después de la animada conversación provocada por esos dos nuevos y serviciales camareros, pasamos a festejar, por medio de una invitación de Antonio Gómez Ramírez, el nacimiento de su nieta Claudia, otra personita más que vino a incrementar este gran grupo y por supuesto a causar una gran “secreción salivar” a nuestro querido abuelo y compañero. (Está chochito perdío)

Animada tertulia se creó,  la celebración y los buenos deseos de salud y felicidad para Claudia. Recuerdos, anécdotas, propuestas, fueron amenizando la velada. Se notó que ya el verano había hecho acto de presencia, al ser más reducida, de lo normal, la concurrencia de compañeros. Pero no por ello faltó animación, pues la ganas de pasar un buen rato nunca flaquearon. Tampoco faltó, como de costumbre, ese bocata de "caramales" : espirituoso alimento que  le dió su puntillo a la reunión (que nunca falte)

Foto: PacoMo
Como siempre, poco a poco, fuimos haciendo mutis por el foro, hasta quedar los cuatro o cinco de siempre, a los que nos cuesta trabajo dejar el lugar y esta vez algo tristes por la ausencia de nuestro “ínclito camarero, el de la alegre figura”. Deseamos una larga permanencia para nuestros “yin y yang”



Hasta pronto.
Andrés Osado Gracia