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domingo, 26 de junio de 2016

Viernes santo.

Una tarde de marzo, quizás algo fría, en la antesala de la primavera, los muchachos van llenando el estudio, vestidos con el traje de los días de fiesta: las pequeñas sotanas y el roquete les ahorman. El crepúsculo va ganando su terreno y llena de sombras el lugar.
Es el día clave de la Semana Santa, el rito comienza lentamente; la piedad es impuesta pero los chicos lo ignoran, asumen su papel sin rebeldía y participan mansamente en el ceremonial.
“Flectamus genua” y las rodillas se arquean dócilmente, “levate” y todos grácilmente se alzan; el sortilegio latino se repite cansada y lentamente y, como un todo eléctrico, aquellos cuerpos obedecen, todo fluye mientras oscurece en la sala grande, convertida por un momento en santuario.  
No ha acaecido nada y ha sucedido algo; todos han sido uno en esa tarde, diversos, pero en un momento impreciso del ocaso, la unidad ha tomado forma en los muchachos.
No están tristes, como quizás aconsejase el día, ni vivaces, aunque apeteciese. Han cumplido el papel establecido. Suave y espaciosamente abandonan la fugaz capilla.
Esa evocación, quizás recuerdo de recuerdo, sigue viva y cuando algunos de esos chicos la rescaten de un imposible olvido, seguirá acaeciendo un Viernes Santo.   

Francisco Cesar Garcia


sábado, 18 de junio de 2016

VAREADORES DE ACEITUNAS

Recogida de aceitunas (Acibuchinas)

El año 1966, a finales de febrero principios de marzo, aproximadamente, junto a las inmediaciones del Seminario Menor de Santa María de los Ángeles, en Hornachuelos (Córdoba), durante algunos días, numerosos seminaristas adolescentes, nos dedicábamos a una actividad, no propia del estudio y conocimiento básico de diferentes ciencias, aunque bajo mi punto de vista, también ayudaba a nuestra formación: La recogida de aceitunas.

La ubicación del Seminario, en la zona sureste de la sierra de Hornachuelos, hace que se encuentre rodeado de espesa vegetación; al margen de los naranjos, limoneros y algún algarrobo sembrados y cultivados; propia del monte mediterráneo, encinas y alcornoques robustos, quejigos y matorrales como el lentisco, con sus hojas verde intenso, sus drupas rojas y negras al madurar; el mirto de hojas lanceoladas y relucientes, sus flores blancas fragantes y olorosas y fruto de color azul oscuro y negro azulado; el espino negro, arbusto caducifolio, ramoso, espinoso y con gruesas ramas y como no el acebuche (Olea Europaea), olivo silvestre, de parte arbustiva, perinnifolio, longevo que puede alcanzar los quince metros, con copas anchas, troncos gruesos, retorcidos y cortos, hojas de dos a ocho centímetros de largas, lanceoladas, recias y correosas, con punta pinchuda, verde en el haz y blanquecinas en el revés, flores hermafroditas con corola blanca, el fruto, y aquí está el porqué de este escrito, la aceituna (acebuchina), drupa suculenta, muy oleosa de uno a tres centímetros y medio de larga, ovoide o algo globosa, verde al principio y transcurridos varios meses, negra morada; y digo que aquí está el porqué de este escrito, porque allí, junto a la cruz, entre otros lugares, que nos señala la proximidad del Seminario, a ambos márgenes de la sinuosa y estrecha carretera, en los ribazos d la sierra, había varios acebuches longevos, con abundante fruto que iban a servir, no como en la antigüedad para coronar a los ganadores de los juegos con sus ramas, sino para vestir deportivamente a los que jugábamos al fútbol, por la venta de sus frutos; porque en algunos días festivos nos dedicábamos a coger aquel fruto, que la Providencia nos había dado, para que los sacerdotes educadores lo vendieran en la almazara de Hornachuelos y así comprar dos equipaciones de fútbol. Tal vez, las que aparecen lucidas y exhibidas en las fotografías de aquellos años.

Recuerdo con alegría, lo ágiles y vitales que éramos moviéndonos en un terreno desnivelado y quebradizo, movidos por el entusiasmo y la ignorancia de nuestras edades que no consideraba el riesgo y la rapidez con la que el fruto era recolectado, al existir tantas manos inmaduras, pero algunas, tal vez con cierta experiencia, dispuesta a hacerlo, y he dicho que también era actividad formativa porque aquello me hizo repetir en muchas ocasiones; y más tarde pensar; la mayoría de los que allí estábamos procedíamos de zonas rurales y ya con nuestra corta edad, lo expreso por mi, habíamos tenido experiencia y responsabilidad en ciertas tareas agrícolas y ganaderas, habíamos experimentado lo que suponía estar durante varios días, sin que el trabajo humano fuera reemplazado por una máquina, en la recolección de la aceituna; la facilidad y rapidez con la que haciamos aquella actividad, no por otra razón que el valor de la solidaridad de todos aquellos adolescentes, aunque prácticamente niños, para conseguir un objetivo: Que todos nosotros, como especie, éramos y somos fruto de ese valor, lo que potencia nuestras individualidades, este compañerismo, esta relación de amistad que hemos formado y permitidme la expresión ya que estoy  escribiendo de flora, tiene enraizado ese valor por las actividades, por las vivencias, entre otras más, que allí tuvieron, con defectos y anormalidades; y de lo que la Providencia nos da.

Perdonad si mi prosa ha podido resultar cansada, no soy escritor, tenía grabado este hecho y quería compartirlo con todos vosotros.

Ramón Moreno Jurado
Hinojosa del Duque (Córdoba)

17 de junio de 2016

miércoles, 15 de junio de 2016

RECUERDO DE INFANCIA



Mi infancia son recuerdos:
De un patio en el Bembezar,
una piscina y naranjos y
algún que otro limonero.

De unas tardes de gloria 
salpicadas de espuma, 
no había ayer,
ni mañana apresurada,
sólo el instante puro,
radiante y pleno:
Todo era vida y nada más.

Éramos felices sin saberlo. 
Unas mañanas frescas,
de abril o mayo, camino arriba,
los niños cantaban unas avemarias,
en la aurora feliz,
la plenitud del día era serena y luminosa.

Y al final del camino 
no había nada y era todo.
Bajando enloquecidos la pendiente,
en un día de recreo,
hacia el arroyo aquel,
con nombre de morisco:
Guazulema
(todas tus letras me enamoran).

Nunca hubo un día como éste, ni más feliz.
Éramos osados y perennes.
Si existió algún día oscuro
tiempo habrá de repararlo.


Francisco Cesar García
San Sebastián (Guipuzcoa)

15 de junio de 2016

lunes, 13 de junio de 2016

SIETE RELATOS DE JUAN MARTÍN

Vivencias de estudiante en Santa María de los Ángeles

Quienes pasamos por Santa María de los Ángeles sabemos que uno de los puntales principales sobre los que giraban nuestras vidas en el Seminario era el estudio.
Estudiar de forma concienzuda y metódica, no solo era aprender bien las materias de las asignaturas para sacar buenas notas, sino que era uno de los formatos educativos fundamentales que usaban nuestros superiores para modelar nuestro perfil como personas de cara al futuro.
Como personas o como futuros sacerdotes.
Quiero rememorar mi experiencia allí como una parte importante de mi vida, como persona y como estudiante, revalorizando la labor de formación observada.
De hecho el estudio era la parte fundamental de nuestro cometido en aquellos primeros años, y el resultado medido en el Instituto de Enseñanza Media de S. Fulgencio de Écija, donde nos examinábamos por libre los seminaristas, daba que los alumnos que tenían la nota media más alta éramos nosotros.
Por eso pienso que además de otros aspectos importantes, es el espacio del estudio un capítulo que merece un comentario detenido contando situaciones y anécdotas que a día de hoy puedan reverdecer aquellos momentos vividos.
He de anticipar que cuando entré en el Seminario de Hornachuelos, yo  había cursado ya dos cursos de maestría industrial en un colegio de Lérida, cuyas asignaturas no se correspondían al cien por cien con las que se impartían en el bachillerato elemental, pues había temas como la tecnología que no se daban en bachillerato, y otras asignaturas como los idiomas que yo no había dado.
Por eso hice el primer curso de bachillerato en Hornachuelos, para acomodarme a los nuevos temas en el curso 1966/67 examinándome de ingreso, primero y segundo aquel mismo año y pasando a tercero el curso siguiente.

La fórmula de la bomba atómica

Del pueblo de Hornachuelos venía un profesor llamado D. Manuel creo, a darnos matemáticas, y recuerdo que era un señor elegante, simpático y muy buen profesional de la enseñanza.
En una de sus primeras clases nos puso un polinomio aritmético en la pizarra y nos preguntó muy serio si sabíamos decir lo que era aquello. A cada una de las respuestas dadas nos respondía con un no rotundo.
Hasta que haciendo una pausa subrayó la secuencias de sumas, restas y multiplicaciones y nos dijo que aquello que veíamos en la pizarra era lo más parecido a la fórmula de la bomba atómica.
Rompimos a reír, y se deshizo el hielo que había entre él y nosotros, a partir de entonces nos ganó a todos como alumnos, que además éramos ya sus cómplices a la hora de reírnos de sus chistes y de sus ocurrencias, mezcladas con las demostraciones y las formulaciones de las matemáticas.
Aquel hombre nos mostró uno de los secretos de la enseñanza, al posicionarse al lado de los alumnos que aprenden sin miedos ni humillaciones, sin varas ni reprimendas, sino compartiendo el trabajo de sacar adelante una asignatura. Su estilo pedagógico se extendía fuera de la clase, pues no era raro verlo chutar una pelota en el patio minutos antes de entrar en clase, mezclándose con nosotros por unos momentos de igual a igual. Ese estilo y ese talante formó parte de su enseñanza, algo que luego nos aflora en la vida a quienes tuvimos la suerte de tenerle como profesor.

La Bola de Drac ya existió años antes de que la emitieran en dibujos animados por TV

La sala de estudios en Sta. Mª de los Ángeles era un lugar importante, a la hora de preparar los trabajos y las asignaturas, teníamos cada uno una mesa individual con un pequeño estante lateral para guardar los libros.
El salón era enorme presidido por una tarima y una mesa en la se sentaba uno de nuestros superiores a vigilar para que no hubiera alboroto, era un tiempo de estudio, reposo y concentración.
Aunque no siempre todos los jóvenes éramos todo lo cabales que se esperaba.
Había algunos chicos más traviesos, que en aquellas horas de modorra posterior al almuerzo no podían aguantar el estudio y se distraían   a veces lanzando bolitas de papel usando el bolígrafo como una cerbatana.
También se lanzaban unas bolas invisibles que mosqueaban al cura vigilante cuando oía alguna risita mal disimulada e intuía que allí pasaba algo.
Era lo más sofisticado que recuerdo, los lanzamientos de aquellas bolas invisibles amasadas con supuestas cargas de cera  extraída de los oídos con gestos ampulosos, mucosidades o supuestas legañas de los ojos que en teoría formaban una bola invisible que se lanzaba contra un compañero.
Todo era teórico, incorpóreo, imaginado e inexistente.
Solo éramos reales nosotros, chicos jóvenes sentados en una inmensa sala de estudio.
La víctima que recibía el impacto metafórico en la cara, se recogía los supuestos restos de la bola con la mano y los amasaba de nuevo sobre la tabla de su mesa,  los aumentaba añadiendo otros teóricos restos de más mugre y cascarrias, y le lanzaba la bola a otro compañero, que viéndola venir la podía esquivar, con lo que la trayectoria la hacía impactar sobre el vecino de al lado, que por el rabillo del ojo veía el lance.
Esa escena ocurrió varias veces hasta que el cura elevando la mirada por encima del breviario señaló impertérrito con el dedo de la mano a la última víctima que estaba amontonando los restos de la teórica bola en la mesa.
Y le dijo de forma imperativa que fuera al estrado y se la entregara.
El juicio era inapelable no admitía negativas, exigiendo insistentemente la prueba del delito, que como era incorpórea no tenía una consistencia material.
Aquel hombre, que bien pudo ser D. Emilio Pavón, ya superado por el hecho no admitía las negativas, pues vio el gesto con la cabeza que hizo el chico al recibir el impacto de alguna cosa en plena cara,  y luego limpiarse los restos de aquella bola metafórica.
Y exigía ver las manos y repasar la mesa de estudio, cosa que hizo.
Sintiéndose burlado al no encontrar nada, no pudo menos que tirar de bolígrafo y amonestar esta vez realmente al susodicho, con una nota de mala conducta.
Lamentablemente no recuerdo bien los nombres de los implicados, el cura pudo ser D. Emilio, pero si recuerdo las circunstancias de los hechos acontecidos.
Quedándonos todos quietos, con la cabeza enterrada en los libros, serios y cómplices por acción y omisión, y con la boca sellada por siempre jamás.
Parece una nimiedad, pero aquel estudio colectivo también nos formaba en la disciplina y en el orden a la hora de preparar nuestras asignaturas en total silencio, quedando en el subconsciente individual marcada la exigencia y la competencia personal de forma imborrable. En más de una ocasión he sentido la angustia en sueños, de acudir a clase sin los apuntes adecuados o sin el libro de la materia que se daba en una hora determinada, algo que me ha pasado de forma repetida a lo largo del tiempo muchos años después.

El terremoto durante el curso 1968/9

Mi dormitorio era el más bajo de todos, justo al lado de la enfermería y se llamaba creo Beato Cura de Ars, allí estábamos los mayores y seguramente era el más pequeño de todos los dormitorios del edificio,  situado de cara a la ladera del río Bembézar y casi a nivel del suelo.
Yo me encontraba en mi camarilla al igual que todo el mundo, pues era muy temprano, cuando de pronto se sintió como un sonido sordo y muy lejano, parecía como el eco de un trueno de tormenta pero continuo y progresivo, afinándose el tono.
Serían unos pocos segundos, treinta dicen las crónicas, pero a mi me parecieron varios minutos.
Enseguida empezó a temblar el suelo, la mesita y lo que tenía en el armario, incluso un cuadrito con la silueta de La Virgen marcada a fuego sobre una madera lisa que tenía colgada en la pared, repiqueteaba contra el tabique.
La sorpresa me dejó quieto y sin capacidad de reacción, pues era como si alguien estuviera zarandeando el edificio entero.
Algo nunca visto por mi, ni imaginado.
Al poco se detuvo el traqueteo y se volvió a oír el zumbido sordo y profundo ya aminorando, que como un eco se fue diluyendo poco a poco hasta dejar de oírse.
Fue a partir de ese instante cuando se empezaron a sentir en las escaleras las carreras de los compañeros que bajaban en tropel hacia las salidas del patio y la parte de atrás por donde estaba mi dormitorio, la que daba a la parte baja por donde se iba a la piscina.
Salimos todos fuera de los dormitorios, los pisos altos se fueron todos al patio, hasta que se puedo ver que el terremoto había pasado, y los profesores nos fueron mandando otra vez a los dormitorios.
Que yo sepa no pasó nada en el edificio ni a nadie de nosotros, salvo el susto tremendo, que como estábamos en la ladera de una montaña debió de sentirse aun más reforzado el temblor del suelo.
El hecho que hoy recuerdo vagamente, en aquel entonces quedó pronto olvidado, pues como digo no pasó nada a nadie, pero andando el tiempo supe que fue un terremoto que afectó a gran parte de Andalucía y que alcanzó la categoría 7,3.
Produciendo solo algunas víctimas en Sevilla por problemas de corazón.
Así que el único temblor de tierra que he vivido en mi vida, lo sentí en Santa María de los Ángeles en el día 28/02/1969, con la suerte de que entre nosotros no le pasó nada a nadie, ni tampoco al edificio.

 La picadura de serpiente

Podría ser el curso 1968/69 no lo recuerdo muy bien, pero lo que si me quedó en la memoria fue la noticia de un hecho tremendo vivido con gran dramatismo por las personas afectadas.
Ocurrió que a un empleado de la casa y padre de una de las muchachas de la cocina, le pico una víbora en una mano al retirar unos matorrales cortados en la zona de la piscina, donde habitualmente íbamos a bañarnos.
El hombre buen conocedor de la zona en seguida supo lo que le había pasado y acudió a dar aviso a su hija empleada en la cocina, la cual cuando vio la gravedad del hecho, y quizás aconsejada por su padre, cogió un cuchillo grande de cocina y estaba dispuesta a cortar la parte de la mano en donde le había picado la serpiente.
D. Andrés, el cura responsable del botiquín tenía un antídoto en prevención de este tipo de casos, pero por nervios o porque las instrucciones estaban escritas en inglés, no supo como administrar la dosis.
Así que se lo llevaron al pueblo, donde el doctor del mismo podría dar mejor solución que la de D. Andrés.  El médico le inyectó según supimos un suero antídoto de los aplicados a los caballos, pero en una dosis más pequeña.
Ni que decir tiene que aquel doctor era la única autoridad sanitaria competente en la zona, y que por lo tanto trataba a cualquiera que le solicitara sus servicios fuera para una persona o incluso para un animal doméstico.
Yo personalmente tengo en mi recuerdo como aquel doctor me sajó el labio superior hinchado por la infección de un grano infectado, que me recomendaron los superiores que no me tocara y que andando los días se puso como una ciruela. 
Era eficiente en lo que yo pude apreciar, pues en el Seminario llegué a ser su ayudante como enfermero en el seguimiento de los compañeros enfermos, pues ocupé el puesto de sanitario que dejó vacante Julio cuando terminó cuarto curso.
Produjo su efecto el tratamiento del doctor, pues según supimos aquel hombre se salvó de aquella picadura, y además salvó su mano, que estuvo muy cerca de que su hija se la rebanara ante el miedo de estar en peligro de perder la vida.
En aquella zona sabíamos que había serpientes venenosas, de hecho a algún compañero nuestro de otro curso anterior ya le picó una.
Y también se comentó el caso de como un compañero llamado Manuel Adame que estaba hecho al campo, mató una víbora en el camino que llevaba al campo de fútbol, sin inmutarse lo más mínimo.
Recuerdos de anécdotas curiosas de aquellos años en un centro de formación en el que pasamos unos años inolvidables en plena Sierra Morena.

En los estudios, algunos alumnos eran muy capaces y sobrepasaban con mucho la media habitual

Lo habitual era sacar buenas notas, aunque para la mayoría siempre caía algún suspenso que luego en verano se recuperaba, yo entre ellos, pero se pasaba de curso.
Pues nos examinábamos por libre en el Instituto S. Fulgencio de Écija.
Pero había algunos compañeros que eran siempre los primeros en la clase, los de matrícula de honor asegurada, chavales muy capacitados para el estudio.
Tanto en Los Ángeles como en Córdoba, estudiantes dotados de una memoria prodigiosa y de una capacidad de síntesis envidiable, algo que he de reconocer con sana envidia, pues no era mi caso.
Estando en S. Pelagio recuerdo a un compañero llamado Villarreal, que hacía a la vez los dos bachilleratos, el de letras y el de ciencias y tan campante, y con notas de sobresaliente siempre.
Podía estudiar oyendo la radio, cuando cada cual estábamos en nuestra camareta individual dotada de una mesa, cama y un armario. Allí estaba el hombre como uno de esos sabios despistados tamborileando con el bolígrafo y leyendo como distraído, cuando le íbamos a preguntar alguna duda, alguno de los demás compañeros.
Al ser mayores en S. Pelagio, estudiábamos a nuestro aire y hacíamos a nuestro aire nuestra distribución diaria del tiempo, tanto de estudio como para ir a las clases del Instituto Séneca.
Los superiores no se metían para nada en nuestro trabajo, nos administrábamos nosotros solos las asistencias a clase en el Instituto de Enseñanza Media Séneca de Córdoba.
Siendo solo los actos de comunidad los que compartíamos con el resto de compañeros, aunque estamos seguros de que nuestros superiores recibían los informes de cada uno de nosotros de los profesores del Instituto.
Allí pudimos ver el efecto con carácter retroactivo de la disciplina impuesta y aprendida en el Seminario Menor de Hornachuelos.
Trabajando en la responsabilidad individual de nuestra formación por nosotros mismos, ante unos profesores ajenos al Seminario, asistiendo al Instituto como los otros alumnos  que venían de sus casas.
Allí terminé mí recorrido en el Seminario, cuando marché a hacer el servicio militar por obligado cumplimiento, lo que supuso un capítulo aparte.
Pero aquella enseñanza fue algo que se me quedó puesta para toda la vida, y que me sirvió para desenvolverme en el trabajo como profesional posteriormente, en donde tuve que hacer frente a cantidad de responsabilidades desde aquellos principios, y que estoy seguro que si salí bien parado, fue gracias a aquella disciplina.
Con un resultado final más que aceptable dado mi ajustado bagaje de principio, pero que según mi propia evaluación fue gracias a aquella formación, el aprobar tanto en lo personal como en lo profesional que he sacado adelante.
Por lo que me siento muy agradecido a todas las personas que participaron y que propiciaron la posibilidad de mi formación personal como alumno y como persona en el Seminario Menor y Mayor.
  

La risa incontenible

Esta anécdota  ocurrió estando ya en el Seminario Mayor de S. Pelagio, quienes pasaron por allí recordarán el gran dormitorio llamado el transatlántico donde se acomodaban los cursos recién llegados, o sea los más jóvenes y numerosos.
Nos acostábamos pronto, pues por la mañana también madrugábamos y se apagaban las luces como en el ejército, a toque de silbato.
A veces ocurría alguna anécdota en clase que nos hacía reír o que dejaba a alguno en una situación comprometida que nos hacía gracia, y que si alguien repetía por lo bajo lograba arrancar algunas risas.
Por lo que el profesor de guardia se presentaba en el dormitorio para imponer orden, en aquella ocasión creo que le tocó a D. José Mª Lucena Aguilar Tablada.
Ni que decir tiene que algunos compañeros eran más propensos a caer en aquellas risas incontenibles, notándose sus esfuerzos por controlarse.
A veces se tapaban la cabeza con la almohada, y aun así se les oía un hipeo apagado que solo hacía que contagiar a los demás, hasta que aquella atmósfera tensa de contenida risa se rompía con cualquier sonido entre cortado de silencios, o ronquidos ahogados y entonces llagaba la gran explosión.
Un volcán de risas que luego se apagaba poco a poco,  hasta que la chispa prendía otra vez  y vuelta a empezar.
Se abrió de golpe la puerta del dormitorio, entrando la luz del pasillo por ella e iluminando la entrada, algo que vimos los más cercanos, pero los que tenían la cabeza tapada con la almohada no se dieron cuenta, y entonces sonó aquella risa contenida en falsete e intermitente como si se escapara de una bombona a presión.
A la risa había que añadir una especie de gruñido de quienes no abrían la boca, pero que la incontenible risa se les filtraba por la nariz produciendo sonidos onomatopéyicos que incendiaban como la pólvora las ganas de reír a mandíbula batiente.
Y entraba en erupción otra vez el volcán incontenible.
D. José Mª dio varios pasos hacia el interior del dormitorio e intentó decir algo, pero no pudo articular palabra, pues las risas forzadas y contenidas a duras penas iban y venían como las olas del mar por el dormitorio, o como un viento huracanado.
Que amainaba algo, se paraba, silbaba a ráfagas y de pronto se abatía de golpe sobre todos los componentes del dormitorio.
Vista la tormenta y que el mal solo era aquello, que no iba a mayores, D. José Mª se contuvo como pudo y girando sobre sus talones salió del dormitorio cerrando la puerta, pensando que era peor imponer un remedio drástico que la enfermedad.
Hasta que pasado un buen rato de estiras y aflojas se quedó en silencio la estancia como un mar manso.
Como nunca hubiera pasado nada.  
Al día siguiente nadie escuchó un comentario o reprimenda, iniciándose las clases como si tal cosa.
Así era aquel sentir nuestro de la convivencia, que nos hacía vernos iguales.

El Río Bembézar 

En algunas fechas señaladas, el profesorado nos preparaba unas salidas previamente planificadas para que saliéramos del consabido entorno de nuestro campo de fútbol y alrededores.
Una de estas excursiones en grupo era ir a la presa que retiene las aguas del río Bembézar, a la finca de S. Calixto, o al castillo de Almodóvar.
La excursión de la que hablo nos llevó hasta la misma presa del embalse, y pasando al otro lado del río comenzamos a desandar el camino por la vía pecuaria que sube por la ladera opuesta a donde se encuentra ubicado el Seminario.
Llevábamos consumida la mañana y nuestros guías decidieron hacer un alto, pues aunque no quisieron decirlo al parecer nos habíamos equivocado en el camino, así que aprovechamos para dar buena cuenta de las viandas que nos prepararon las monjas.
Después de descansar un rato, empezamos el camino de regreso.
No había espectáculo, pues todo lo que encontrábamos era lo mismo que ya conocíamos de sobras, monte bajo, jaras, lentiscos, chaparros, alcornoques y piedras.
Debajo de nosotros se encontraban las aguas mansas del río embalsado, que crecido como estaba había sobrepasado la línea normal de vegetación y se podían ver algunos troncos de árboles caídos y ramas que emergían en las orillas.
Como una tropa disciplinada avanzábamos en fila hasta que de pronto nos topamos con las vacas, que a su aire iban ramoneando camino adelante hacia notros.
Los más lanzados intentamos apartarlas a un lado, pero ellas descolocadas ante aquel grupo de chavales, lo que hacían era recular en grupo hacia atrás, espantadas y sin salirse del camino.
Así que el mando decidió enviar una patrulla de exploradores que se situaran detrás de las vacas, avanzándolas nadando por la orilla.
Quienes hemos estado allí sabemos, que la falda de la montaña provoca continuas entradas y salientes en el agua, y nuestra idea era que el resto del grupo se apartara a un lado del camino y que el grupo de avanzada, arrearan las vacas desde atrás hacia adelante para impedir que se volvieran hacia el pueblo.
Recuerdo a otro compañero, Moreno López con la ropa atada a la cabeza que como yo nos metimos en el agua y avanzamos por la orilla hasta colocarnos detrás de las vacas.
Allí armados con sendas ramas cada uno empezamos a arrearlas poco a poco, hasta que sobrepasaron al grupo de compañeros que se mantenían apostados en la ladera fuera de la vista.
Eran animales para carne, dóciles que sueltas y a su aire iban en grupos de diez o veinte comiendo las yerbas de las laderas siguiendo la ruta del camino antiguo, que discurre por la ladera opuesta a donde está el Seminario.
Aquella acción resuelta eficazmente con las vacas en el monte, fue el acontecimiento más notable del día, pues nuestro destino se quedó solo en caminata, y en el caso de Moreno y mío en un chapuzón en aquellas aguas traicioneras, llenas de ramas y maleza.
Es una de las anécdotas casi olvidadas de aquella etapa en Santa María de los Ángeles que aun conservo en los recovecos de la memoria.
Del amigo Moreno me pude despedir en el Seminario de S. Temo, yo iba pistola al cinto vestido de militar, cuando bajamos para el desfile de las Fuerzas Armadas en Sevilla el Batallón de Carros Medios de Alcalá de Guadaíra, donde yo hacía el servicio militar.


Juan Martín
13 de junio de 2016