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jueves, 28 de abril de 2016

EL PARTIDO DE FUTBOL y LA LANZA

CRÓNICAS DE LOS ANGELES

(Por Antonio Gómez Ramírez)
(Con la publicación de esta crónica, doy por finalizada la primera serie de estas entregas. Pasado el verano, en el que tendré tiempo para escribir, comenzaré la segunda serie, que espero merezca vuestro interés. Gracias por el acogimiento que ha tenido entre vosotros esta primera fase.)


En el año 1.964, en los meses de Abril o Mayo, nos visitaron unos chicos de nuestra edad, de un Instituto de Córdoba. Pasaron el día recorriendo estancias, lugares y sorprendiéndose de la forma de vida que llevaban los moradores de aquellos lares, o sea nosotros.

Como no podía ser de otra manera, D. Pedro Antonio, para conmemorar la visita y hacerles la tarde un poco más amena, organizó un partido de futbol (faltaría más), en los llanos del pozo, ya que ellos venían preparados para el evento. Gracias a mis buenas artes futboleras (posteriormente jugué en el SP 68 y más tarde en tercera división, en el Unión Deportiva Moscardó de Madrid y otros equipos de Toledo y además, si os fijáis, aparezco en casi todas las fotos de futbol antiguas que circulan por nuestra red social – modesto que es uno-) fui alineado en el equipo del Seminario.

Comenzó el partido y aquellas criaturas, me imagino que acostumbradas a jugar en un campo como Dios manda, no esperaban el patatal donde se desarrollaba el partido. Claro, nosotros acostumbrados a aquella superficie, en la que el balón botaba donde le venía bien y donde dominarlo era una obra de arte, empezamos a darles caña y marcar goles a mansalva.

A D. Pedro Antonio, aquella masacre futbolera no le pareció correcta, me imagino que por la humillación,  que él suponía, sufrían aquellos muchachos. Así que en el descanso del partido reunió al equipo y prohibió que  siguiéramos jugando de aquella manera, como máquina de marcar goles. Que dejáramos meter alguno al contrario, por aquello de ser buenos anfitriones y además humildes seminaristas.

Uno que era un “killer” cuando se ponía a jugar al futbol, al principio intentó cumplir la orden, pero cuando llegaba el balón a mis pies, no podía resistir la tentación de jugar y además hacerlo lo mejor que podía. Disfrutaba regateando, recuperando el balón (incluso con cierta violencia, si era necesaria), marcando goles, etc. Era algo superior a mis fuerzas imponerme la contención en un partido de futbol. A los diez minutos de la charla, ya se me había olvidado y volví a disfrutar jugando y contribuyendo a aplastar al otro equipo.

D. Pedro Antonio, me sacó del partido, con el enfado correspondiente, prometiéndome de paso,  consecuencias posteriores para mí. Me castigó en lo que más me dolía: sin jugar al futbol un mes. De modo que cuando íbamos al llano del pozo, me quedaba o bien mirando con envidia a los que jugaban, o pasando la tarde como mejor podía con aquellos que no tenían las aficiones futboleras arraigadas.

Esta situación dio lugar a un percance para mí, que gracias a Dios, no llegó mayores, pero que pudo ser de consecuencias trágicas para mi integridad física.

Un día de los que estaba cumpliendo mi condena de no jugar al futbol, me enrolé con una pandilla entre los que estaba mi buen y malogrado amigo,  Juan Antonio García García (el de la sopa amarilla).

Como rural que era, inventó un juego que consistía en fabricar con unos arbustos de la zona, que tenían unas varetas muy derechas y de más de un metro de altura, una especie de lanzas, que dejándoles el follaje de la parte superior, se podían lanzar, a modo de jabalina, manteniendo el artefacto la trayectoria deseada. La lanza,  después de agotar su trayectoria se hincaba en el suelo, merced al afinamiento que le hacíamos en la punta. La competición se trataba de ver quién la enviaba más lejos y que además quedara clavada en la tierra.

La competición transcurría sin más novedad, hasta que al ir a recoger mi vareta al lugar donde la había lanzado, para proseguir el juego, Juan Antonio en un descuido, no se percató de mi presencia en la trayectoria hacía la que había enviado su artefacto y este fue a impactar contra la parte trasera de mi cuello, allá donde confluyen el lóbulo de la oreja y el hueso de la quijada. Tuve suerte de que la madera impactó precisamente en el hueso, ya que de no haber sido así, y hubiera impactado sobre una parte blanda, no sé qué hubiera ocurrido. Evidentemente caí “peloto” al suelo, al lado del pozo del llano y el susto mío y por supuesto de Juan Antonio fue mayúsculo. Estuve no pocos días, que me costaba trabajo hasta hablar. Fue el mes en que mejor nota en conducta saqué, ya que no pude “cuchichiear” en las filas, mi caballo de batalla por el que siempre estaba en la parte tibia de la calificación en conducta. Mi amigo Juan Antonio, durante mi “convalecencia”, no se despegaba de mí ni un instante, tal preocupación agobiaba a su espíritu sencillo y transparente y que le invadía en un sentimiento de culpabilidad, que hasta que constató que el asunto no llegaba a mayores, estuvo en vilo durante muchos días.

Juan Antonio, que a buen seguro que estás en los cielos, fuiste para mí un amigo de verdad, lástima que el devenir de la vida nos separó, primero por tu salida del Seminario y después porque con tu camión emigraste al País Vasco y no volviste, salvo escasas ocasiones, hasta la última vez, en que regresaste para vivir tus últimos días en tu pueblo y tuve la suerte de compartir un rato contigo. Te envío un abrazo allá donde mores y decirte que mi mandíbula todavía aguanta, sobre todo si es con una buena mariscada. Tú lo ves desde allí, verdad?

Hasta la próxima. Un abrazo y suerte para todos.

viernes, 22 de abril de 2016

CARTA ABIERTA

A DON MANUEL CUENCA LÓPEZ

Con motivo de su asistencia al XXIII encuentro celebrado en Baena (Córdoba)

D. Manuel Cuenca López
Baena, 9 de abril de 2.016

Erase una vez, allá por el año 64, un hombre enjuto, fibroso, de tez muy blanca, pelo rubio/rojizo rizado, manos grandes de sarmiento,  siempre con gafas oscuras, mucho carácter, sotana y corazón muy grande. En esta descripción solo cabe una persona, nuestro entrañable D. Manuel Cuenca, a quién hoy quiero prestar mi reconocimiento y gratitud por los años que nos dedicó en nuestra niñez en el Seminario de los Ángeles.

Aquellos  años fueron y son de grato recuerdo (los malos momentos se olvidan) y que hoy, como en años anteriores, en nuestro encuentro anual, hemos querido revivir. D. Manuel (Manolo), en este encuentro seguimos siendo aquellos niños y aunque sesentones, seguimos llevando la impronta de aquellos que como tú, dedicaron su tiempo a inculcarnos valores, conocimiento, amistad y disciplina. Ninguno de los que hemos estado aquí reniega de su paso por Los Ángeles o San Pelagio, sino todo lo contrario, porque independientemente del curriculum de cada uno, todos recordamos y reconocemos que nuestra vida está impregnada de aquel espíritu de los Ángeles y San Pelagio y la prueba ha estado aquí, en este XXIII encuentro y en los anteriores y en la alegría de estas concentraciones.

No quiero, dejar pasar esta ocasión, para agradecerte no solo nuestra convivencia en los Ángeles, sino toda tu trayectoria, que conozco bien,  de servicio a los demás. Eres un cura en el más amplio sentido de la acepción de la palabra.  Por experiencia propia, de primera mano, sé que tu labor sacerdotal ha sido y es muy humana y con una dedicación social inmensa, y que a pesar de los pesares y de algunos malos momentos acaecidos, alguno de los cuales he compartido contigo, siempre has mantenido. D. Manuel, gracias por todo, y quiero terminar este breve escrito con tus propias palabras (dichas cuando andabas con lo del Hospital de Luque), que no olvidaré mientras viva:

“Actúa, haz el bien y no importa lo que digan o piensen los demás,  ni para bien, ni para mal, lo importante es lo que piense EL DE ARRIBA el día que toque”.

GRACIAS, D. Manuel, te queremos.

Antonio Gómez Ramírez

jueves, 21 de abril de 2016

LA CAMISETA

CRONICAS DE LOS ANGELES

(Por Antonio Gómez Ramírez)

Os presento otra crónica, que como podéis comprobar,  sigue fiel a mi principio de relatar sólo aquellas vicisitudes jocosas, alegres o curiosas, sin adentrarme en la profundidad de interpretación de otros hechos y circunstancias que sin duda acaecieron, y que para entenderlos habría que hacer un ensayo en su redacción. Estas crónicas son meras descripciones de hechos que ayudan a recordar aquellas fechas y que cada cual en sus recuerdos y vivencias, interprete lo que crea conveniente y saque las conclusiones personales que considere.
Corría el mes de Junio de 1965, último año que pasé en Los Ángeles, y uno de esos días en que nos bañábamos en la piscina, a unos pocos se nos fue la “chaveta”, y protagonizamos una historia que acabó mal para nosotros, pero mientras sucedía nos lo pasamos en grande. La historia es más o menos como sigue:
Estando en la piscina jugando con el resto de los compañeros y después de observar la exhibición que cada día nos hacía D. Antonio Jiménez Carrillo, tanto de su físico, como de sus cualidades y potencia natatoria, apareció por allí D. Francisco Javier Varo Arjona (q.e.p.d.) dispuesto a darse un chapuzón. No era frecuente verlo bañarse con nosotros, por lo que nos resultó sorpresivo.

Todos recordareis el físico de D. Francisco Javier, que sin ánimo de ofender, era el más propio de un personaje de la película “El planeta de los simios”, tanto por su aspecto físico, como por los pelos que le salían hasta de las uñas. El hombre estaba un poco acomplejado por este accidente corporal y siempre procuraba disimular en lo posible lo que el consideraba anomalía, tapándose lo más que podía y llevaba hasta las mangas de camisa y sotana tan largas que casi le cubrían la mano, a fin de evitar que se le vieran los pelos que le cubrían los dedos. A pesar de sus esfuerzos, a las doce de la mañana ya tenía la barba, como si no se hubiera afeitado en dos días. Sin pecar de exagerado los pelos le sobresalían por encima de los alzacuellos de la sotana.

D. Francisco Javier Varo Arjona
Así, apareció envuelto en una toalla en la piscina y al desprenderse de ella vimos que llevaba una camiseta debajo y un bañador más largo de lo normal para la moda de aquella época, con lo que intentaba tapar el grueso de su problema.  Y  de esta guisa  se lanzó rápidamente a la piscina.

Los que andábamos pendientes de sus evoluciones, sentados en el banco de obra que había en un lateral de la piscina, ideamos la forma de zambullirnos, rodearlo en el agua e intentar quitarle la camiseta, para ver lo que suponíamos había debajo. Nunca deberíamos haber intentado tal hazaña. Don Francisco Javier se puso fuera de sí y llegó hasta asustarnos con su actitud belicosa y furiosa.  Salimos de la piscina a la velocidad que pudimos, confiando que en la refriega D. Francisco Javier no pudiera identificar, al menos, a alguno de nosotros. Pero se nos había olvidado que el vigía estaba presente: D. Antonio.

Automáticamente fuimos desalojados de la piscina y después de vestirnos nos condujeron al “pasillo de la muerte”, que no era otro que la antesala del despacho de D. Gaspar. Una vez dentro y con el alma encogida, recibimos la reprimenda correspondiente, todos con la cabeza baja y esperando un desenlace  más grave del que después realmente  sucedió.  Don Francisco Javier, una vez que se le había pasado el enfado (en el fondo era un buenazo), intercedió ante el tribunal que nos juzgaba, diciendo que aunque lo sucedido era una falta de respeto hacia él, también debía tenerse en cuenta que era una travesura de chiquillos sin más trascendencia e intencionalidad, por lo que proponía un castigo de no usar la piscina en un tiempo, dedicando el horario de piscina al estudio o a rezar, a elección de cada uno.

Salimos del Despacho, respirando hondo y dando gracias a que el asunto no pasó a mayores. Nos perdimos siete días de piscina. Don Francisco Javier no volvió a aparecer por la piscina aquel final de curso, al menos en el horario en que nosotros la usábamos.

Esta y otras aventuras nos sacaban de la rutina diaria, y se hacían de forma inconsciente con el riesgo de sufrir unas consecuencias desastrosas,  por causa de la disciplina interna y la rigidez de algunos curas. Nuestra mente infantil era propensa a la travesura y al “escaqueo”, aprovechando cualquier circunstancia para escapar de aquellas ataduras impuestas y dar rienda suelta a nuestra vitalidad vigorosa de los años que teníamos.

Quiero desde aquí, dedicar un emotivo recuerdo a D. Francisco Javier, que Dios tenga en su gloria.

Hasta la próxima. Un abrazo y suerte para todos.

viernes, 15 de abril de 2016

TENEMOS UN NUEVO PAPA!!!

Un relato de Manuel Jurado Caballero

Móstoles, 15 de abril de 2.016

Queridos Compañeros: Tras el  hermoso  encuentro en Baena, me vais a permitir que comparta  con vosotros algunos recuerdos personales. Para ello me traslado en el tiempo a unos meses anteriores  a vuestra  entrada en el Seminario, que también pudo ser la mía,  como ahora  veréis; concretamente a los primeros días del mes de Junio de 1963.
Iglesia de la Encarnación (El Viso)
Tenía 10 años recién cumplidos y hacía poco más de un año que era monaguillo oficial, en la Parroquia de mi pueblo, El Viso. Fue una etapa de gran ilusión para mí y me tenían muy motivado todas las obligaciones que comportaban el desempeño del puesto. Me sentía protagonista delante de todos mis amigos y sobre todo porque, en aquella época, la Parroquia y los actos litúrgicos eran el centro máximo de atención dentro de la vida cotidiana de un pueblo pequeño. Hasta mi madre se extrañaba que le pidiese con insistencia que me despertase antes de las 6 de la mañana para ir a ayudar la misa de la “Aurora”.
Tengo montones de recuerdos y anécdotas divertidas de aquellos años de monaguillo. Nos teníamos bien ganada la fama de traviesos; aprovechando que el cura Párroco y el Sacristán eran muy mayores, nos lo pasábamos en grande preparándoles pequeñas “judiadas” como ellos decían. En fin, aquellas  liturgias en latín eran muy aburridas, muchos de los asistentes estaban más pendientes de nosotros que del acto litúrgico que se estuviese celebrando.
Allí conocí a muchos seminaristas y compartí con ellos tantísimos ratos de charlas, antes de las misas, en las celebraciones por Navidad y sobre todo en las Procesiones. Poco a poco iban calando en mí sus palabras. En algún momento yo me quería imaginar ser también como ellos y tomé la decisión de entrar en el Seminario. La verdad es que me ayudaron mucho y su ejemplo de buenas personas fue determinante para iniciarme. Cuatro de ellos estaban en distintos cursos de Teología y fueron ordenados Sacerdotes en los siguientes años. Quiero mencionar, especialmente a D. Carlos Linares, que luego fue profesor nuestro en Sª Mª de los Ángeles y nos dedicó su juventud y sus primeros años de sacerdocio.
S.S. Juan XXIII
Una mala noticia vino a romper la monotonía en los actos diarios de la Iglesia. Nos dijeron que el  Papa había muerto. Unas extrañas sensaciones se agolpaban en mi pensamiento. Por un lado, en mi mente de niño, pensaba que el Papa viviría siempre y por otro me parecía muy triste que aquella persona, que había visitado mí pueblo al principio del verano anterior para las confirmaciones, se hubiese muerto. Me tuvieron que sacar de mi grave error. El que vino fue el Obispo. Para mí el Papa y el Obispo eran la misma persona. La prueba era que vestían igual y yo mismo había besado la mano, con un anillo muy gordo…
Después me contaron más cosas de él y que le llamaban el  “Papa Bueno”. Su nombre era Juan XXIII. Que ahora en Roma se reunirían todos los Obispos de la Iglesia para nombrar un sucesor, guiados por el Espíritu Santo. Que tendría que producirse la noticia cuando hubiese "fumata" o humo blanco… en fin todo un poco misterioso para mí, pero atractivo a la vez.
Aquel año en la escuela del pueblo estudiaba el segundo grado. Mi maestro, Don Antonio, era una persona entrañable y me apreciaba mucho. Había influido en mi familia para que tomasen la decisión de llevarme al Seminario, era la opción más acertada ya que me permitiría seguir estudiando, pues según les dijo tenia cualidades para los estudios y así lo acreditó en mi libreta de calificaciones.
S..S. Pablo VI
Un día, estando en la escuela, de pronto empezaron a repicar todas las campanas a la vez, sin parar. Como conocía los distintos toques de campanas, supe enseguida que anunciaban  alguna noticia importante y alegre. El maestro abandonó un momento la escuela y al rato regresó diciendo: “Niños. Hay una buena noticia. ¡Tenemos un nuevo Papa! Se cierra la escuela hasta el lunes. Podéis ir a jugar y a celebrarlo”. Salimos todos como locos a la plaza del pueblo gritando: ¡Tenemos un nuevo Papa!  ¡Tenemos un nuevo Papa!... Era viernes, 21 de Junio de 1963. El fin de curso estaba muy cerca.
En aquellos días, no recuerdo el momento exacto, dos de los seminaristas mayores habían hablado con mi familia y le habían aconsejado que era mejor que retrasase un año mi entrada en el Seminario. Me veían un poco pequeño. Esta consideración, unida al triste hecho del repentino fallecimiento de mi madre, acontecido dos meses atrás, hacia muy conveniente tomar esa decisión. Además pensaban que era muy importante que mejorase el tercer grado en la escuela y que me preparase bien para la prueba-examen  de acceso, que tendría hacer en San Pelagio, para poder entrar en el Seminario.
Se me truncaron bastante todas las ilusiones que tenia, pero la final no supuso ningún problema, porque la opinión y el consejo de aquellos seminaristas mayores eran para mí del máximo respeto.
Fue así como tuve que pasar un año más estudiando en la escuela del pueblo, hasta que llegó el día en que mis ilusiones se vieron cumplidas y en el mes de octubre (Sábado, 3-10-1964, según las efemérides) pisé por primera vez el que seria, durante cuatro cursos seguidos, mi lugar de estudios, oraciones y juegos: El Seminario de Sª Mª de los Ángeles.
Con el paso del tiempo pude constatar que los históricos acontecimientos del mes de Junio de 1963 y que trajeron un nuevo Papa, Pablo VI, a la Iglesia, supusieron un gran CAMBIO cuyos efectos pudimos vivir en primera persona, todos nosotros, en los siguientes años.
Efectivamente el Papa Juan XXII en 1959 había convocado el Concilio Vaticano II, pero su Sesión Inaugural no fue hasta el 11 de Octubre de 1962. Estuvo abierto durante dos meses y ya desde su comienzo, se pudo comprobar que tenía un gran compromiso de renovación moral de la vida cristiana. Juan XXIII falleció en Junio de 1963 y nombrado su sucesor, Pablo VI, tomó el testigo y fue el verdadero impulsor de todas las REFORMAS.
Se celebraron 3 Sesiones más entre los meses de septiembre y diciembre, de los años 1963, 1964 y 1965. Siendo Clausurado el 8 de diciembre de 1965, festividad de la Inmaculada.
La magnitud y profundidad de las reformas afectaron a todas las áreas de la Iglesia y sirvieron para adaptar la disciplina eclesiástica a las necesidades y métodos de nuestro tiempo actual. A nosotros también nos afectaron, y mucho. Se puede decir que los curso 1963-64 y 1964-65 fueron el final de una etapa o de transición a unos cambios radicales, para mejor.
Recuerdo perfectamente, que además de la sotana con la que bajábamos todos los días a la misa, yo usaba el “Misal” para poder seguir la liturgia en castellano ya que toda la celebración era en latín y de espaldas a los asistentes. Poco a poco, a lo largo del curso 1965-66, se fueron produciendo los primeros cambios. En la Capilla pusieron el Altar de cara a nosotros y la liturgia se fue celebrando en castellano.
En San Pelagio, el rectorado, la dirección espiritual y la jefatura de estudios, estaba en manos de los Jesuitas. Los seminaristas que pasaron por allí saben bien de qué iba la cosa. Se puede resumir en que eran muy severos en los aspectos disciplinarios y de orden. En cuanto a los estudios, el plan clásico, es decir latín y griego, desde el primer minuto. El último año que estuvieron al frente de San Pelagio fue el curso 1964-65. Cuando vosotros pasasteis a Córdoba, en tercer curso 1965-66, ya no estaban allí, y fue el primer año como Rector de D. Martin Cabello de los Cobos.
En Sª Mª de los Ángeles, el Rector  venía siendo D. Gaspar Bustos. En cuanto al tema disciplinario no había tanta rigidez, aunque sí sufrimos la mano ligera de algún formador y algunas malas e injustas situaciones que varios de nosotros ya hemos relatado. En cuanto al plan de estudios, ciertamente hubo bastante desajuste y se puede decir que padecimos tres cursos de transición. Los que entramos en 1964, teníamos el latín como asignatura pero el griego no. Empezamos con griego en 5º curso, ya en Córdoba. Sin embargo vosotros del 1963, si estudiasteis griego desde el principio.
Con las reformas, las asignaturas se fueron adaptando al Plan General de Enseñanza Media y finalmente en el curso 1966-67, nos convalidaron los dos primeros cursos anteriores y nos presentaron como alumnos libres de 3º, en el Instituto San Fulgencio de Écija. Supuso un gran cambio, pues significaba que todos nuestros estudios quedaban homologados y tenían validez oficial.
Los seminaristas que fueron entrando a partir del curso 1967-68, se encontraron con un sistema de estudios ya implantado y puesto al día. La disciplina no era tan severa y el trato por parte de los curas-formadores era bastante más humano y cercano a nosotros. Desde luego nada tenía que ver, con aquellos primeros años que vivimos, que algunas veces sufrimos y que muchas más disfrutamos.
Os pido disculpas si he sido un poco farragoso con tantas fechas, pero al menos a mí, me son de gran utilidad para fijar ciertos momentos y recuerdos que a veces andan pululando en mi memoria.
Recibid un fuerte abrazo.

martes, 12 de abril de 2016

EL TESORO ESCONDIDO

El XXIII encuentro en Baena

El encuentro en Baena ha significado para mí un antes y un después. Debido a mi obligado distanciamiento tras los primeros tres años juntos, en mi interior había como un Tesoro escondido.
Me preguntaba: ¿lo encontraré?. Tal tesoro ha sido hallado y sacado a la luz. Ha tomado cuerpo humano, que sois cada uno de vosotros, mis compañeros de hace tantos años.
En vosotros he descubierto muchas cosas. Y por citar alguna, percibir cómo se refleja en vuestra mirada la inocencia de niños; el mismo espíritu sano tan eficaz, de valores humanos, de entrega sin buscar nada a cambio. Todos estos valores prevalecen.
No sólo el tesoro contiene “los recuerdos” interminables y emotivos. Contiene sobre todo el calor humano del que he podido sentir y palpar. No sólo conmigo, sino entre todos.
Unos lazos que difícilmente se pueden ver en otros ambientes: sin intereses, sin competencia, sin maldad alguna. Todo es gozo, felicidad y al completo cada cual alegrándose de los valores y éxitos del resto.
Me encanta cómo cada uno pone en común lo que sabe hacer mejor: quienes llevan a cabo las tareas informáticas, quienes organizan eventos, quienes escriben tan bellos recuerdos y anécdotas, reuniones mantenidas…, quienes captan en fotografías los mejores momentos … Y ahí en medio de todos, el sacerdote Manuel Vida, que conserva la misma “carita en mi recuerdo” de buena persona de pequeño, que transmite paz.
Estoy muy feliz por un día tan inolvidable.
En un momento de la comida me vi abordado, como si de la prensa se tratase, como si persiguieran a cualquier “famosillo”. No sé cómo una armónica tan pequeña pudo aglutinar tantos gozos y bonitos recuerdos sentidos (el primero emocionado yo mismo). De pronto, sin merecerlo, me vi rodeado de un pelotón de “paparazzi”, foto a diestro y siniestro, captando aquel momento que nos transportó a las veladas citadas tan poéticamente por Antonio Gómez.
También gocé con aquellos otros cantos enlazados, que aprendíamos en el gran salón común, para hacer más llevaderas las horas de estudio vigilado. Esas canciones forman parte de nuestra sangre, de nuestro espíritu; de manera que increíblemente salen de nuevo a la luz y las recordamos y seguimos en un único eco acompasado, que a todos nos eleva.
Soy un privilegiado en mi vida. Mis principios dentro de una familia humilde, que se topa con las posibilidades de educación y formación. Abrí mis ojos dejando de ser niño, en aquellos primeros años, con vosotros. Se marcó y grabó mi manera de encauzar la vida, teniendo objetivos, con una formación humana inmejorable, a la vez que se sentaron las bases de una formación cristiana.
Hoy aquí, me siento INMENSAMENTE FELIZ.

¡Gracias por este gran día!

Antonio Adame Rodríguez
Baena, 9 de Abril de 2016. 

Don Ángel Carrillo y mi vocación sacerdotal

Antes del Seminario. Priego: 1961-1963

(1ª parte)

 
D. Ángel Carrillo Trucio (1882-1970)
En el Seminario Don Ángel Carrillo de Priego no necesitaba presentación. Todos lo conocían por la gran labor de la “Obra de las Vocaciones”, como él designaba a promover chiquillos que fueran al Seminario para ser sacerdote. Hubo años que Priego tenía mas sacerdotes que la propia capital cordobesa. Incluso el obispo de Jaén le solicitaba a Don Ángel que le mandara seminaristas a su Seminario. No cabe duda, que llevó a cabo indirectamente una gran labor social de promocionar a jóvenes, que si no hubiese sido por su paso por el Seminario no hubieran accedido a otras carreras o profesiones.
Los primeros recuerdos de Don Ángel Carrillo que guardo están relacionados con la Escuela Unitaria de Don Juan Osado en  la Calle Amargura de Priego. Cada cierto tiempo acudía para  invitarnos a que fuéramos ese día por la tarde a la Iglesia de San Francisco, de la que era capellán. Cuando hacía su aparición por la puerta, todos los chiquillos a una nos lanzábamos hacía él a besarle la mano. En más de una ocasión estuvimos a punto de tumbarlo, pues por esa época ya  era mayor. Ni el maestro, ni él mismo lograban poner orden a tan impetuoso saludo.
Aquello era algo que los pequeños, en principio, habíamos visto hacían los mayores y todos lo imitábamos pensando que algo grande tendría que ser aquel sacerdote. Como poco a poco nos íbamos dando cuenta, por su cariño e interés por cada uno.
Una de las veces que me confesé, me preguntó la edad que tenia y seguramente por la falta de gravedad de lo confesado y siguiendo su costumbre con la mayoría de niños me dijo: “Hijito mío, ¿tu quieres ser sacerdote? ¿Quieres ir al Seminario? Piénsalo.
En Priego los seminaristas eran una institución: se hacían notar cuando aparecían en vacaciones por algunas características externas que los diferencia del resto de jóvenes: zapatos y calcetines negros y peinados a “cepillo”. Solían pasear juntos en pandillas, después de misa, desde la Fuente del Rey al Paseo de las Rosas.
En la siguiente confesión  esperé a que de nuevo me preguntara lo de ser cura. En seguida le dije, que sí. Y él con una entusiasta alegría que le nacía de muy adentro, me besó la frente repetidas veces, a la vez que repetía:” Muy bien, hijito mió, muy bien!”.
Cuando esta decisión la dije en casa, mi madre la acogió con alegría y agrado. Pero a mi padre, no le hizo mucha gracia. El argumentaba que la Iglesia y los sacerdotes hoy  están muy criticados. Y añadía que la Iglesia está muy adulterada. También él como muchos niños y jóvenes de Priego había recibido en su momento la propuesta de Don Ángel de ser cura.
En cierta ocasión se encontró Don Ángel por la calle con mi padre y le dijo: “Tu no quisiste ser cura. Pero has tenido un hijo que lo va a ser”. Mi padre, había colaborado estrechamente con Don Ángel dando clase en un Centro Obrero. Su respuesta en este caso, después de pensarlo en el plazo de tres días, fue: “Don Ángel a mi me gustan mucho las mujeres, yo no quiero ser cura” Y Don Ángel, nos contó mi padre, le dijo: “Ay, hijito mió, que me has matao”
 A partir de ahí se fueron sucediendo las continuas  idas a San Francisco: recibir clases de apoyo para el ingreso en el Seminario por parte de él mismo o de algún ayudante (posiblemente seminarista). Clases que se desarrollaban en la sacristía mayor de San Francisco.
Los aspirantes al seminario también algunas tardes lo  visitábamos en su casa. Allí nos pasábamos  las horas sentados con él, como si fuéramos mayores. Hablando de temas, que no recuerdo cuales podrían ser. Como niños no teníamos ideas claras de cuando había que poner fin a la visita. Esta acababa cuando venían otras personas o él discretamente nos invitaba a irnos a casa, que se hacía tarde. Pienso que era el cariño  y como nos trataba lo que hacía que lo buscáramos y lo frecuentáramos. Nos sentíamos queridos por él y esa era la razón de nuestras visitas espontáneas a su casa. Cosa que lo diferenciaba del resto de sacerdotes de Priego, mucho más distantes y lejanos.

Manuel Vida Ruiz
Parroquia de Ntra. Sra. de Linares
Córdoba, 12 de abril de 2016

lunes, 11 de abril de 2016

La gran comunión anual

Sea por el calor que da lo más cercano, por la emoción que le ponemos al asunto, y las ganas que tenemos de que todo salga bien, sea, más que nada, por la abnegada y sufrida labor de los organizadores, el caso es que parece que cada vez nos superamos.

Así ha sido este año. Sin desmerecer, por supuesto, a ninguna de las reuniones anteriores -creo que veintidós-, ésta de Baena ha resultado, a mi entender,  la más completa: la que más personal ha congregado, y dispuesto de una organización rayana en la perfección. Sin entrar -por no dilatar mucho- en más detalles mencionaré el máster acelerado de enología, la calidad y el buen servicio de los entremeses y la elección del salón restaurante, ni demasiado pequeño ni demasiado destartalado, lo justo para los que éramos. Tanto, que estoy en la creencia que la dimensión y disposición del salón ha propiciado que, por primera vez, un servidor vuelva a casa completamente satisfecho de haber podido conversar un buen rato con cada uno de los asistentes. Sin dejar atrás a nadie.

Por lo tanto, vaya por delante mi felicitación más sincera a Antonio Bazuelo y al Luna, principales artífices del evento. Así mismo, quiero enviarles la más afectuosa bienvenida, en nombre de todos, a los recién incorporados, Paco Ruiz Roldán, Manolo Jurado Caballero, Antonio Adame Rodríguez y Paco Zurita Andújar. Si ha habido alguno otro que se dé también por aludido.

Y dicho esto, me gustaría comentar con todos vosotros algunos aspectos de estas reuniones que podrían ser "mejorables".

Por designación propia me convierto en portavoz de un nutrido grupo de compañeros que creemos que el nuevo formato de celebración de nuestros encuentros anuales -léase Montilla y Baena- se aleja un poco del espíritu de hermandad y comunión con el que vieron la luz veinte años atrás. El diseño actual es muy parecido, por ejemplo, a las celebraciones de aniversarios que realizan los maestros o los médicos con sus compañeros de promoción, pongo por caso. Demasiado convencional. Y lo nuestro no es lo mismo. La emoción que yo siento con vosotros tiene poco que ver con la de sentarme a comer con un antiguo compañero de la Facultad de Medicina. Muy poco. Nosotros somos más que eso. Somos como hermanos de fatigas, ¡coño ya!. Por ello nos gustaría recuperar nuestras señas de identidad de siempre para estas reuniones: la comida casera compartida, el auto servicio, la libre circulación de criaturas de aquí para allá, la informalidad entendida como libertad de protocolo... Sin que ello resulte en conflicto con la comodidad que merecemos por edad, sexo y condición.

Es complicado, lo sé. A medida que aumenta el número de compañeros resulta más difícil la organización. Los espacios abiertos, tan de nuestro gusto, facilitan la dispersión y el cansancio y no garantizan la seguridad del personal en un día que resultara de isobaras inclementes. Los espacios cerrados debidamente acondicionados y que permitan nuestras particulares condiciones de catering doméstico no deben ser fáciles de encontrar.

O sí. Se trata de intentarlo. La mayoría de nosotros disponemos de tiempo de jubilación para sacar punta a la imaginación. Seguro que se nos ocurren cosas. Cosas que nacen desde el corazón y que salen bien porque no pueden salir de otra manera. La casa de campo de Tomás, el cortijo de Pepín, por ejemplo, han sido ya probados en anteriores ocasiones con absoluto éxito. Y estarían dispuestos a repetir. Yo mismo apostaría por un gran cortijo -La Capilla- en la Vega de Antequera, donde ha trabajado mi padre toda su vida; estoy seguro de que su dueño nos lo dejaría para una cosa así. Existen casas rurales a millares que podríamos alquilar por un día tal como hicimos en Hornachuelos. En cada uno de nuestros pueblos, incluso en la Granjuela, hay polideportivos que a buen seguro nos prestaría el ayuntamiento para un evento de estas características... No sé, me parece que cualquiera de estas opciones u otras que se nos puedan ir ocurriendo resultarían tremendamente excitantes y emocionantes para mentes inquietas como las nuestras.

Y vuelvo a repetir que, pese a ello, este año: ¡Chapeau!

Bueno, nada más. Reflexionad todos un poco sobre estas cuestiones a ver qué os parece.

Un abrazo para todos.


José María Rivera Cívico

viernes, 8 de abril de 2016

EL PICHONCHO

CRÓNICAS DE LOS ANGELES
(Por Antonio Gómez Ramírez)

Vuelvo a las historias en la época  del aprisco,  en que la valla de la obra (le tengo manía a la valla) nos tenía aprisionados,  y hoy quiero rendir homenaje al “pichoncho”, que nos solucionaba parte de nuestros juegos y tiempo, en horario de recreo.

Todos recordareis aquella mesa, con el tablero deprimido, para que los bordes sirvieran de parapeto de las fichas, con los cuatro cajoncitos en las esquinas y un dibujo rayado sobre el tablero, que consistía en dos rayas en cada uno de los cuatro lados, que finalizaban en dos círculos en sus extremos, y en el centro un circulo mayor para albergar las fichas de madera de dos colores y una de color distinto a las otras.

El juego consistía, como todos conocéis, en que cada jugador, desde la posición inicial de la fichas en el círculo central, debía introducir las fichas del color que le correspondía en los cajoncitos de las esquinas y además finalizar el juego con la introducción de la ficha de color único, usando como arma de choque un disco mayor que las fichas, también de madera, propulsado por los dedos engatillados, (lo que se llama “dar una jaba en mi pueblo”). El disparo del disco siempre debía partir desde las dos rayas señaladas en cualquiera de los lados del tablero. Se podía jugar, unos contra otros, en solitario o en parejas. Si alguien metía la ficha de color único antes de tiempo, perdía.

La base del juego del “pichoncho” es como el billar americano, pero en diseño rústico, manual y españolizado.

A la hora del recreo, muchos salíamos corriendo a ocupar alguna de las mesas disponibles, ya que el patío no daba para más. Los “pichonchos”, tres o cuatro mesas, recordareis que estaban situados en el local que había a mano izquierda de la Capilla, mirada de frente, y también se instaló allí una mesa de ping-pong.

Hubo algunos que lograron tal pericia en el manejo del juego, que era imposible jugar contra ellos, ya que siempre se perdía. Al escoger la mesa se procuraba evitar a los “jugones”, ya que aparte de esperar el turno, no se tenía oportunidad de continuar en el juego.  Recuerdo perfectamente al “jugón” por excelencia, que no era otro que nuestro amigo Gregorio Páez Escobar. Era inútil jugar contra él. El tío cogió tal destreza en el juego, que un “pis pas” te dejaba fuera.  De ahí que todos procurábamos evitarlo como contrincante.

Gregorio, natural de Zamoranos, era un chico “rubichín”, regordete, afable, tranquilo, de tez sonrosada y como dirían nuestras abuelas bien criado. Nunca le conocí ningún lio, ya que era tan buena gente que a todo el mundo, a los de arriba y a los de abajo, le caía bien. 

Si el “pichoncho” hubiera sido elevado a juego olímpico, hoy entre nuestros compañeros y amigos, además de ilustres intelectuales y profesionales, tendríamos, sin duda, un medallista de oro olímpico, medalla que sin oposición posible, hubiera ganado nuestro atleta “pichonchero” Gregorio Páez Escobar, al que desde aquí envío un abrazo.

             Hasta la próxima. Un abrazo y suerte para todos.

sábado, 2 de abril de 2016

MIS RECUERDOS

Juan Martín 

Breve reseña histórica sobre el

Seminario Santa María de los Ángeles


Según aparece referido en la historia, en tiempos del Papa Inocencio VIII en 1487, se autoriza la construcción de un Convento en la sierra de Hornachuelos a petición de un rico hacendado cordobés llamado Martín Alfonso de Villaseca.

El convento se construye sobre el solar de una antigua ermita levantada en 1380 llamada de S. Francisco de Asís. 

Se hace según el modelo italiano con materiales bastos y es de reducidas dimensiones, fue fundado en el 14/04/1490 como Convento Franciscano por Fray Juan de la Puebla, (antes llamado Gutiérrez de Sotomayor conde de Belalcázar), y tres frailes que le acompañaban desde Italia llamados Andrés de Perúsila, Hilario de Todi y Francisco de Bastia, la comunidad llegó a tener hasta 30 frailes.

Ubicado en la ladera soleada del río Bembézar en el término de Hornachuelos, en un lugar agreste y solitario al que se accedía desde el pueblo siguiendo una senda estrecha por el margen izquierdo del río, a unos cinco kms. del el pueblo de Hornachuelos.

Justo por la ladera opuesta discurre la vía pecuaria de la cañada real entre Sevilla y Madrid, siendo un lugar idóneo en aquella época para servir de cobijo a los viajeros, el convento sirvió de hospedaje a los Reyes Católicos en 1494, usando un puente para acceder a él desde la otra ladera, a la altura de la fuente de los tres caños, y que hoy está cubierto por las aguas del embalse. Felipe II en 1570 mandó construir un cuarto de cuatro aposentos para alojar a los reyes llegado el caso, a su paso por la zona. 

El convento sufre varios incendios según parece, que lo destruyeron parcialmente a lo largo de su historia, uno en 1498, otro en 1543, y otro en 1655.

En 1760 fue reconstruido, contando la leyenda que se encontró una inscripción que decía: "Que llovería fuego si alguien lo compraba".

Sufrió las consecuencias de la desamortización de Mendizábal en 1798.

Formando parte de las tierras lindantes con la finca de caza de S. Calixto, fue visitado por el rey Alfonso XII, siendo comprado por el marqués de Peñaflor en 1884.


Fotografía de la fuente de tres caños situada en las inmediaciones del Seminario en el camino de acceso cerca del río. "Salud, suerte y amor" son los rótulos escritos en sendas baldosas encima de cada caño.

Lugar de retiro y de inspiración, el convento fue visitado por artistas y poetas, siendo magníficamente descrito el monasterio y sus alrededores en 1835 por Ángel de Saavedra, (Duque de Rivas) en su obra D. Álvaro y la fuerza del Sino.

En 1884 lo compró el marqués de Peñaflor, siendo donado por sus descendientes a la Iglesia Católica con la condición de que fuera destinado a ser Seminario.

En 1957 se abre como Seminario Menor Diocesano en época del Obispo de Córdoba Fray Albino, siendo ampliado en los años 1962/63.

Constaba de 7 edificios de entre 4 y 7 plantas, tenía Iglesia Capilla, un espacio para una pequeña comunidad de monjas, otro de profesores, cinco dormitorios enormes para los alumnos, sala de estudios, una piscina grande, cocina, comedor, aseos, sala de actos y aulas para cuatro cursos. Una capacidad total de 250 alumnos de media.

Entrando en su máximo rendimiento de 1963 a 1971, año en que se cierra, pasando los alumnos seminaristas al Seminario Mayor de S. Pelagio en Córdoba.

Quedando abandonado, es revertido por arriendo a la finca a la que pertenecen los terrenos circundantes, como un lugar agrícola y de cría de ganado, según parece en la actualidad.

Existe una carreterita en la zona alta de la montaña practicable para vehículos, en este acceso de encuentra una Cruz grande que avisa en el camino de la llegada al Seminario Menor de Santa María de los Ángeles.

Un punto elevado que da vista a toda la vertiente occidental del río Bembézar.











Fotografía de la gran Cruz que avisa de la proximidad del Seminario.

Algunos de los Recuerdos de mi estancia en Santa María de los Ángeles, a partir del año 1966.

En el curso 1966/67 llegué al Seminario Menor de Santa Mª de Los Ángeles en Hornachuelos.

El Seminario visto desde el río, donde se aprecian las oquedades calcáreas en la piedra, alguna de las cuales se usaron como cuevas naturales.










Vista que presenta el Seminario a los senderistas desde la ruta desde Hornachuelos a orillas del río.













Vista aérea en donde se aprecia la planta del edificio, el río y camino frente al Seminario.












Entrada principal del Seminario con alumnos de los cursos primeros, sería allá por el año 1964. "Fotos tomadas de otros compañeros".





Vista del patio de recreo con la capilla al fondo, y entrada al comedor. A la derecha quedan las clases y los accesos a los dormitorios, arriba se ven las ventanas de los dormitorios de los pequeños.












Vista de la entrada lateral de servicios y acceso de los suministros de la cocina, cuando la gran Cruz de hierro de la fachada aun no estaba colocada.






Sala de juegos de mesa de ping-pong y futbolín un día de visita de los padres, seguramente en el curso 1964/65.




En el campo de fútbol, fotografía de un equipo de 2º curso con D. Pedro Antonio junto a otros compañeros de un curso inferior, debería ser el curso 1965/66 aproximadamente.

Este espacio era el lugar habitual utilizado para las salidas de los fines de semana, donde además de jugar al fútbol cada cual podía estar a su aire y deambular al aire libre con otros compañeros.






Fotografía de chicos de primer curso posando en un dormitorio corrido que podría ser S. Tarsicio o Sta. María, sin separaciones entre las camas, con armarios empotrados, posiblemente en el curso 1964/65.





Campanario adosado a la Capilla mediante el cual se nos avisaba de las horas de las clases y de recreo o comedor, por los toques que se daban en una campana por uno de los mayores, que hacía la función del regulador de la distribución horaria.


Esta era una de las partes más antiguas del edificio, a cuyo alrededor fueron creciendo el resto de dependencias.


- Nota: Parte de estas fotos han sido tomadas de trabajos de otros compañeros ya expuestos.









Vista de las laderas y del río en dirección hacia el pueblo de Hornachuelos en la actualidad, dando idea del estado de deterioro en que se encuentra el Seminario.








El patio era el eje de las actividades, un día de competición de balón cesto, con otros compañeros de diferentes cursos como espectadores, debería ser el curso 1967/68. 



Mi llegada al Seminario de Hornachuelos se produce en el curso 1966/67, yo pasaba de la media de edad de los chicos de primero. Esta es la foto cosida al libro escolar de aquel año para realizar los exámenes de Ingreso, primero y de segundo curso en el Instituto S. Fulgencio de Écija. En el curso 1967/68 hice tercero.

El Camino de acceso desde Hornachuelos pasaba antes por el descampado que nos servía de lugar de juego los fines de semana, en donde estaba situado el campo de fútbol, un poco disparejo dado lo irregular del terreno.


Vestidos con uniformes militares porque
representábamos una obra de teatro bajo
la batuta de D. Francisco, posiblemente en
3º, curso 1967/68.



















Fotografía con varios compañeros y D. Francisco Javier Varo en el replan de la casa del Salto del Fraile, una casa aparte situada a nivel inferior del Seminario, que recibe ese nombre porque desde ella se supone que se lanzó al vacío un fraile en época del convento, acusado de amores con la esposa del alcalde de Hornachuelos.

De pie está Joaquín Baena, José M.Villarreal, Ropero Cáceres, Antonio Barbero, Martín Santiago, y agachados Mendoza Lama, Povedano Linares, era en el curso 1967/68.



Nota: Puede que falle la memoria, y que algún nombre no se corresponda, pues han pasado casi cincuenta años, pido disculpas por ello.

Foto tomada en el momento de recibir un diploma como recuerdo de la celebración de aquellas jornadas de representación teatral de manos de D. Gaspar, y ante la mirada de D. Francisco Javier, que era quien nos dirigía la interpretación.

Foto tomada en el campo de fútbol un fin de semana formando con otros compañeros de 4º curso, junto con el Sr. rector D. Gaspar Bustos.



De pié: Luís Enrique, Gómez Jiménez, Torrico Castro, D. Lorenzo,
González y el Sr. rector D. Gaspar Bustos.
(Faltan Joaquín Baena y A. J. Hidalgo, si la memoria no falla).
Agachados: Fco. Contreras, Martín Santiago, Barbero Hidalgo
y Muñoz Medrán.
A este campo íbamos los fines de semana donde se celebraban partidos de fútbol también servían de un lugar de expansión, pues los muros del Seminario no permitían disfrutar demasiado del aire libre.

Era una zona de la meseta que se encontraba detrás del Seminario, donde no era raro ver correr algún gamo por entre nosotros asustado por tanto jaleo.

Siempre teníamos profesores que nos acompañaban. 

También salíamos de excursión a los pueblos de los alrededores.
Vista del castillo de Almodóvar a donde íbamos de excursión una vez cada curso.


Vista de la presa del río Bembézar, también visitada en las salidas que regularmente se hacían por la zona.





















Foto del barco que construí en la cueva de
la penitente en el curso 1967/68 con los
restos de las cajas de frutas y
alimentos que sobraban en la cocina.

Entrada de acceso a la cueva de la penitente en la ladera
que se encuentra bajo los cimientos del Seminario dando
vistas a la ladera que baja hasta el r
Con trozos de vidrio para raspar la madera, una hoja de sierra partida y usando los mismos clavos y grapas que arrancaba de las cajas fui dando forma a la quilla, el casco, las cuadernas, la cubierta, los palos, las vergas y la pala del timón.

Las monjas del Patrocinio de María que gobernaban la cocina y la limpieza me facilitaron los hilos y la tela para construir las velas y los cordajes que sujetaban el aparejo, así como un carrete de madera con el construí la rueda del timón, que era accionado desde la toldilla en la popa.

El ancla la hice fundiendo un poco de plomo sobre unos surcos labrados en un ladrillo macizo, y el carenado lo apliqué con la cera de las velas sobrantes de la capilla.

Nadie nunca me tocó el trabajo, pero seguro que fue seguido de cerca por la labor de vigilancia de los profes, el único compañero que me ayudó a veces fue Adame Sánchez.

El día que hice la botadura en la piscina sufrió filtraciones por la frialdad del agua, así que lo tuve que recalafetear, y como se inclinaba por exceso de flotabilidad, lo compensé rellenando la bodega del casco con un poco de grava metida por la escotilla practicada en la cubierta.

No lo pude llevar a casa por lo grande que era y lo frágil que resultaba.

Se lo quedó un compañero llamado Pablo Bosch, el cual me envió esta foto desde su casa que le agradecí enormemente, pues de lo contrario no me habría quedado constancia de aquel hecho.


Para mí fue una cosa espontánea que aun no me explico como se me ocurrió, y como lo pude construir sin planos, un barco allí en la cueva y sin las herramientas adecuadas. 

En el Seminario, yo sustituí a Julián el compañero que hacía de sanitario, y que terminado el curso se marchó a casa, recuerdo el día que llevamos a Jaime con la rodilla abierta al médico del pueblo, el cual me pidió que le ayudara con el hilo y las agujas.
Fotografía tomada el último año de estancia en el Seminario
Menor de Hornachuelos, situada en la parte trasera del

edificio detrás de la entrada de la cocina, una zona intermedia

entre ésta y la piscina, es un pequeño patio con una fuente y
flores para uso de las monjas mayormente, para descansar
o para poder estar leyendo.

En el curso 1969/70 me incorporé al Seminario Mayor de S. Pelagio en Córdoba, pues hacía 5º curso, quedando en el recuerdo aquel Seminario Menor de Santa María de los Ángeles de Hornachuelos.

El cual fue cerrado al año siguiente, y posteriormente abandonado del todo, pasando todos los seminaristas a residir en Córdoba.

Presentando en la actualidad un aspecto lamentable después de toda su historia como centro de espiritualidad y formación de alumnos seminaristas.

Acogiendo a lo largo de sus siglos de existencia a cantidad de personas que buscaron entre aquellos montes una sintonía espiritual desde el Credo, la Fe, y la mejora personal de sus existencias individuales. 

Hoy el Seminario sigue cerrado y deteriorándose, siendo objeto de expolio y también de algunas actuaciones extrañas de gentes curiosas de tipo naturalista o exotérico, que buscan lo desconocido entre sus muros.

Cuando solo fue el medio que sirvió para que cada persona que pasó por sus dependencias, trabajara en su interior desde el esfuerzo diario, en el otro edificio personal que representamos cada cual como personas.

...Pues no es bajo las piedras de los edificios donde está la casa del Padre, dicen los Evangelios, sino que es en el interior de cada persona que busca el camino de perfección donde se esconde el tesoro inapreciable de la Fe, la benevolencia, y la compasión del Dios Padre Celestial....

Como se nos dijo a todos los que allí estuvimos muchas veces, por nuestros superiores. 
Aspecto que presenta en la actualidad

el Seminario vista su mole descomunal

desde el camino de acceso según se
viene de la fuente de los tres caños.


Una vez cerrado, continuó adelante la formación de los alumnos en San Pelagio, los cursos se siguieron impartiendo a las nuevas hornadas de chicos que fueron llenando las aulas en Córdoba.

Pero ya no estaban en aquellos campos, ni en aquellos montes, ni respiraban aquel aire radiante y limpio, ni sentían aquel silencio soleado. 

Ya no se veía el agua calma del río Bembézar desde las ventanas de los dormitorios sintiéndonos como pájaros libres volando sobre aquellas laderas.

Muchos nos fuimos de allí sin saber que era un adiós definitivo y para siempre.

La vida de los seminaristas no obstante, continuó en S. Pelagio en Córdoba.



Vista de su fachada y entrada principal
Acto litúrgico con los pequeños de primer curso en la capilla

de S. Pelagio, posiblemente en el curso 1970/71.








En el curso 1971/72 soy llamado a filas por el ejército, aunque pude completar el COU ya haciendo el campamento, y al término del servicio militar en Sevilla dejé el Seminario y me marché a Barcelona donde resido.

Cierro así este capítulo de mis recuerdos de aquel centro fantástico de formación en el que pasaron a lo largo de todos los años, cerca de 2.500 jóvenes de pueblos de toda la provincia de Córdoba.

Fotografía en el campo del S. Eulogio mezclados con

compañeros de otros cursos superiores, recuerdo solo

algunos nombres como: Jaime, Amaya, Dublino,
J. Mª Rivera, Baena, Barbero, J. Hidalgo 
y yo mismo

junto al portero.
Siendo aun recordado aquel centro con respeto y con cariño por muchos alumnos, el Seminario Menor de Sta. María de los Ángeles, así como todos aquellos curas integrantes del profesorado que nos formaron, algo inolvidable para muchos de nosotros ya mayores, que ahora queremos reconocer la importancia que tuvo para nuestras vidas aquel centro en el desarrollo posterior de nuestra existencia.

Una impronta invisible que aun perdura en nuestra forma de ser y se traspasa en silencio de padres a hijos por el sutil hilo de la vida que trasciende nuestro tiempo.

Quiero manifestar el agradecimiento que muchos sentimos hacia todas aquellas personas involucradas en nuestra formación.

El Sr. Rector D. Gaspar, D. Antonio, D. Lorenzo, D. Moisés, D. Francisco, D. José, D. José María, D. Andrés, D. Manuel, D. Emilio, D. Juan, D. Pedro Antonio, D. Carlos y más profesores incluido D. Manuel Cruz el profesor del pueblo, y también las Hermanas, las Monjas del Patrocinio de María, el personal de la limpieza de las dependencias y los empleados del mantenimiento, que eran cordiales y correctos, y que nos traían cada semana el recuerdo de nuestras casas dentro de aquellas talegas con olor a nuestros pueblos. 

Desde la nostalgia y el agradecimiento dedico este recuerdo a ellos, hoy después de cincuenta años, con todo el respeto hacia aquellas personas y hacia aquel centro, el Seminario Menor de Sta. María de los Ángeles.

Abril de 2016