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miércoles, 14 de junio de 2017

Las veinticuatro horas de Conil

ESTA VEZ NO FUE A POR TOMATES, SINO A LAS VEINTICUATRO HORAS DE CONIL DE LA FRONTERA


− ¡Cariño, prepárate, hoy te voy a llevar a ver a mi amigo Rafa Raya!

Fargo, que así era su nombre, se preparó en un visto y no visto. En realidad, ella siempre estaba preparada, anteponiéndose a las inesperadas ocurrencias de su inseparable pareja. Esta vez no iba a ser distinta. Aún recordaba, no hacía mucho tiempo de ello, su aventura con los tomates.

A las seis de la mañana, estaba toda acicalada en la puerta de la casa sonriente y feliz. Su compañero, abrió la puerta y se sentó: era un apuesto caballero de alegre sonrisa y larga coleta, algo cansada ya por el tiempo, que temerosa se ocultaba, bajo un sombrero de estilo borsalino, aderezado con cinta negra, la que le confería un alto estado de nobleza palmeral. Enseguida, con suavidad, accionó la llave de contacto y Fargo, rugiendo toda contenta, se puso en camino.

− ¡Vamos niña, no te entretengas, que hoy tenemos un buen trayecto que recorrer!

Inesperadamente, cuando ya llevaban unos cuatrocientos kilómetros recorridos, Fargo, se sintió indispuesta. Tanto es así que le fue imposible continuar la marcha. La tristeza embargó a Miguel, que así se llamaba su incansable compañero… percátense que he dicho tristeza y desánimo. Enseguida llamó a las asistencias y tras adjudicarle otro vehículo, mientras llevaban a Fargo al hospital de urgencias, se dirigió a su punto de partida. Lejos de desistir en su empeño regresó, Miguel, a su casa. Allí, triste y apesadumbrado, estaba su otro compañero. Al verlo, una mueca de sorpresa invadió su carrocería (nunca mejor dicho. No se trata de una metáfora, sino de su natural apariencia)

− ¡Adelante, Segundina, hoy saldremos tú y yo! (el nombre está claro, siempre lo utilizaba como segundo plato, cuando le faltaba la que más estimaba. Pudo haberla llamado Mercedes, pero ya se sabe, en cuestión de amores…) hoy vamos para Cai!

Segundina estaba ya acostumbrada. Aceptaba con resignación lo que su nombre suponía. Por eso no preguntó el por qué de esa repentina situación. Diligentemente obedeció y se puso en camino.

Miguel, como si tal cosa, emprendió nuevamente la marcha, en dirección oeste. A él no le importaban los kilómetros. Entre música, pensamientos, canciones y más kilómetros (casi mil) el cansancio fue haciendo mella en nuestros amigos. Pararon en una gasolinera, ya próxima a Sevilla, y preguntaron a un dependiente:

− ¿Amigo, sabe usted de un hotelito donde pasar la noche?

− Creo que lo más interesante para usted es que se ponga, cómodamente, en el asiento trasero de su compañera y trate de dormir esta noche, lo mejor posible. Por aquí no va a encontrar otra cosa – le contesto el dependiente.

Dicho y hecho, hubiera preferido a Fargo, pero a falta de pa…

Miguel se acopló como pudo y durmió durante toda la noche. El cansancio pudo con él y los primeros rayos de sol, le dieron la señal para emprender nuevamente el camino.

Casi llegados a Sevilla y comprobando que Rafa debía dormir plácidamente (el móvil daba señal de apagado) empezó a dudar por donde tirar para tomar la autopista hasta Cai. Después de unas cuantas vueltas y revueltas (algo natural en sus viajes, ya que de camino le servía para visitar la ciudad) tomó la correcta decisión:

− ¿Por dónde tiramos ahora Segundina?

Ella, encogiéndose de hombros, no supo qué responder. No llevaba navegador alguno como para satisfacer los deseos de su amigo.

− Para un segundo, Segundina, en esta esquina y le preguntaremos a esta señorita tan guapa –dijo inesperadamente Miguel.

− Por favor, señorita, ¿puede indicarnos el camino para tomar la autopista hacia Cádiz?

La guapa sevillana, muy diligentemente, le explicó todos los pormenores de la dirección a tomar. Pero, tras un breve silencio, les dijo:

− Yo voy para allá y os puedo dejar muy cerquita, para que no os perdáis (quizás tuvo que verles la cara de despistados y tuvo compasión de ellos) 

Miguel muy diligentemente se montó en Segundina y dándole al contacto, ésta no reaccionó.

− ¡Cachis en diez (creo que dijo otra cosa) por lo que más quieras, no me dejes tirado como Fargo!

Pero Segundina no “interactuaba” (o sea, que se caló). Tras varios intentos logró poner todos sus sentidos en funcionamiento, pero… ¡mire usted por dónde, la voluntariosa sevillana se había pirado! ¡Se había pirado!

Menos mal que nuestro querido Miguel, recordó lo indicado por la chica y logró llegar a la autopista.

Tras unos kilómetros, se paró en la primera gasolinera y pudo establecer comunicación con Rafa. Unas explicaciones bastaron para aclarar y despejar las dudas.

Vuelta a la carretera, pero después de muchos kilómetros y no encontrando a ninguno de sus amigos Guardia Civiles ( no para preguntarles por los tomates, sino para que le ayudaran, porque se encontraba totalmente perdido) Nuevamente parada y llamada.

− ¡Pero Miguel, te había dicho en la salida doce y vas por la cuarenta! –fueron las palabras de Rafa. 

Tras otra explicación, vuelta atrás y esta vez, sí pudo llegar, no a tiempo, sino… llegar. ¡Uf! Había salido el lunes, día 12, a las siete de la mañana y llegó a Conil sobre las 10 horas del día siguiente. (recuerdo que un tío mío tardaba más o menos eso, en llegar desde Holanda a Sevilla) Lo importante es que… ¡llegó!

Estas fueron las nobles andanzas de ese hidalgo caballero, que no de la triste figura.

De tristeza nada, hasta se la pudo quitar a nuestro entrañable Rafa Raya. Vean si no, lo alegres que se quedaron con el encuentro.

¡Grande Miguel!

Un abrazo a todos y cuidaos.

Andrés Osado, 14 de junio de 2017
(día de la operación de Antonio Martínez)

viernes, 26 de mayo de 2017

Te cuento Andrés

HOY SIMPLEMENTE VOY A PONER ESTE TITULO, QUE RESUME TODO:

EN LA SOCIEDAD DE PLATEROS, NUESTRA SEDE

Córdoba, 18 de mayo de 2017

Hola Andrés, hoy ha sido un día grande.

La sociedad de Plateros, la de tu calle San Francisco, ha relucido más que el sol. Esa taberna que, unas veces fue “Posada del Laurel” y otras “El Castillo del Terror”. Esa que, hoy, la hemos convertido en “Templo de la Amistad”: remanso de paz, ese atardecer del abril cordobés, donde rememorar esperanzas. Esa, a la que tú tanto empeño has puesto SIEMPRE.

Si, Andrés, porque hoy hemos estado todos juntos: los del Teleclub, tus amigos (ahora igualmente nuestros) y nosotros, esos niños traviesos de Santa María de los Ángeles. Jenny, con su presencia, su valentía y sus muestras de cariño, realzó aún más la velada. De una forma u otra, todos, estaban allí, como una piña. Ya sabes, no hace falta la presencia física para notar el amor que derrochamos entre todos. “Algo grande voló, entre aquellas cuatro paredes”

Quiero dejar patente y reconocer el esfuerzo que realizaron, Ana Mari y Manolo Sepúlveda. Prepararon el encuentro de tal manera y maestría, que ni el mejor cáterin lo habría conseguido. Fijate, que hasta hubo “caramales” pero si pan… con palillos, como exigía la etiqueta. Eso si, el plato de lechuga con guarnición de gambas rebozadas, para nuestros Antonio Gómez y Paco Sánchez, se pospuso para otra ocasión (creo que por falta de existencias) Bueno… esa vez dejaron el régimen para otro día.

¡Qué buen saque teníamos todos, los de uno y otro lado! Observando la animación de sus conversaciones, y su buen quehacer delante de esas riquísimas y variadas raciones, recordé que, antes… allá por los años 75 (en el bar San Francisco) las tertulias eran más sobrias… “sólo vino” ¡menudas cogorzas pillábamos! Menos mal que Ana Mari y Manolo han tenido buen salero y han sabido adaptarse a los tiempos. ¡Bravo por ellos! Y bravo por nosotros, ya que de lo contrario, esa noche, hubiéramos dormido en “el cuartelillo” por altercado público. 


Pero fíjate, pasó una cosa, aún más curiosa. Conforme fuimos entablando conversación, como Córdoba es tan pequeña, resultó que tu fiel y servidor amigo “El Catalán” Rafa, nos habíamos conocido, como vecinos de la Urbanización de la calle La Esperanza y Plaza de la Alegría, allá por mediados el año 80. Incluso sus hijos fueron amigos de alguno de los nuestros. Verdaderamente nuestro mundo, es pequeño. Las relaciones interpersonales tienen ramificaciones muy amplias. Y tú, el nexo de unión. Hasta un compañero de tu trabajo tiene relación con “el Niño de los Angeles” ¡Es que no se pué aguantá, tanta coincidencia! 

Como otras veces te he dicho, aunque no te guste que se hable de ti, elogiándote, en esta ocasión vas a volver a aguantarte, porque no te voy a hacer caso. El poso que has dejado entre todos nosotros es denso y radiante. No faltó un solo minuto de todas las conversaciones, que no giraran en torno a tu persona. Verdaderamente has dejado una buena consigna: amor, entrega y servicio hacia los demás. ¡Tu, siempre por delante, amigo! ¡El primero en dar ejemplo!

Pero para mí, hubo un momento muy entrañable. Vas a perdonar, si esta vez me refiero a mí. Ese tuvo lugar frente al otro San Francisco, el de la iglesia. Allí tuve el inmenso honor y placer de abrazar a tus dos grandes amores: Gisela y Jenny. Una fuerte emoción, o como dicen ahora nuestros jóvenes… tuve un buen subidón de alegría.

Es que no faltó nadie. Quizás noté la ausencia del municipal que te multó, allá por la Mezquita, cuando conducías esa “moto-bus” cargada de amigos, hasta los topes (ya no se si eran cinco o seis los ocupantes) 

¡Buena velada pasamos! Esta vez el posadero, Antonio, con sus alegres y serviciales amigos (que ya no camareros) se portaron de maravilla. No hubo problema alguno. Todo perfecto, hasta las cuentas.

¡Ah!... hablando de cuentas. Por parte de Ana Mari, no hubo problema alguno. En un periquete, como no podía ser menos, por parte de una profesional del pecunio, quedó resuelta la aportación de su grupo. Pero no fue así, por parte del otro, el de los curillas. Se nota que somos de letras. Casi una hora para poner de acuerdo a tanto “letrado” Menos mal que teníamos a nuestro Antonio Gómez: remangándose un poco la chaqueta y en sólo dos palabras determinó, con gran maestría, la forma de proceder. Dicho y hecho, en un santiamén “deo gratias” Manolo se encaminó hacia Ana Mari, para presentarle sus respetos y lo fundamental, el parné. Todo resuelto.

Y terminado esto, se fueron produciendo, lentamente, las despedidas.

Tal vez, en esta ocasión, esta crónica, no sea muy fidedigna. Que me haya saltado acontecimientos (aún no tengo el don de la ubicuidad) dignos de haber sido realzados, pero ya sé que tú me vas a decir lo de: “Gran cronista, como siempre, Tocayo”. Carlitos, como siempre ha puesto la guinda, con sus fotos y Rafa Vilas, la maestría de la maquetación.

Por cierto, camino de Plateros, coincidí con MAM (Aranda Madueño) en el autobús. Va tirando para adelante.

No voy a poner los nombres de todos, pues sería muy largo. Decirte, que fuimos unos cincuenta.

Hasta luego, tocayo. 


domingo, 7 de mayo de 2017

Reunión en Córdoba

“UNA REUNIÓN MUY ESPERADA”

Rompiendo la magia onírica de la poesía lorquiana –y que Federico me perdone por la osadía-, Córdoba ya no está ni tan lejana ni tan sola. Una reunión largamente deseada para un día de convivencia entre antiguos amigos se había estado preparando durante el transcurso de un año. Lugar: el corazón de la ciudad califal. Había que llegar a Córdoba, estaba a sólo unas horas de camino de Madrid, de Cabra, de Alicante, de Aguilar de la Frontera e incluso de la propia ciudad en sí misma. Córdoba estaba cerca.

El encuentro definitivo se había decido que fuera en uno de los ombligos del Planeta: El Patio de los Naranjos de la Mezquita-Catedral de Córdoba; aún más concretamente, utilizando un golpe de zoom, como en un juego cineástico o de fotografía: la fuente del Olivo. Se desleía por los azahares y en el murmullo del agua una evocación de la tradición oral cordobesa en su imperturbable ritmo cadencioso:

“…A la fuente del olivo, madre, llévame a beber,
a ver si me sale novio que yo me muero de sed…”

Rumor en el ambiente. Sonaban los pasos y las voces de los turistas venidos de los cuatro puntos cardinales de la tierra que llenaban el patio de las abluciones de la Mezquita: era constatable que Córdoba tampoco estaba sola.

Pues bien, la cita había sido acordada para las doce horas del día veintitrés de abril del presente año 2017. Y, como sucedía en los aconteceres de la Comarca que nos describiera JRR Tolkien en el “Señor de los anillos” en su capítulo “UNA REUNIÓN MUY ESPERADA”, a la misma acudieron los amigos convocados con sus correspondientes compañeras: Pedro Calle y Mónica, Francisco Carrillo y Belén, Manuel Jurado y Manuela, Ángel Lucena e Inés, José Antonio Naz y Carmen, Antonio Roldán y Censi. Allí se encontraron, casi después de medio siglo, los viejos amigos que habían cursado juntos los estudios en los Seminarios de Santa María de los Ángeles y de San Pelagio. Allí se volvieron a reconocer. Allí fueron los abrazos y los besos y las sonrisas y las alegrías. El mediodía cordobés apretó también en su gozo y forzó al sol a que fuera pródigo de calor en esa jornada tan primaveral.

Con tan alegre camaradería se comenzaron a visitar algunos rincones entrañables de la Córdoba milenaria mientras se charlaba y se intercambiaban sonrisas y experiencias vividas en los años atrás: La Virgen de los Faroles de Julio Romero, la Calleja de las Flores donde el poeta y músico cordobés Ramón Medina nos prestara la voz para tararear una de sus composiciones:

“…Tienes cuerpo de guitarra con clavijas de claveles
tus rejas son los bordones y tus balcones caireles…”

La Judería, con su impronta indeleble, especial en nuestra geografía europea y con su sello casi atemporal donde los deseos se metamorfosean en nudos cartesianos para convertirse en realidades. Barrio difícil de transitar pero divertido por la cantidad de personas que lo andan, visitan y curiosean por sus estrechas callejuelas… Desembocamos en la Plaza del Cardenal Salazar, donde se encuentra la Facultad de Filosofía y Letras, lugar que recordamos con cariño pues también, algunos de nosotros habíamos estudiado en sus aulas. Es este un edificio dieciochesco que tuvo varias utilidades como Hospital de Agudos. Seguimos deambulando y salimos a la Explanada del Campo Santo de los Mártires, dejando a un lado el monumento a los Enamorados en memoria del amor entre el poeta Ibn Zaydun y la princesa Wallada. A nuestra derecha quedaban los torreones y almenas del Alcázar de los Reyes Cristianos.

Y llegamos a la calle Amador de los Ríos, la del Seminario de San Pelagio al que quisimos entrar pero no pudimos ya que sus puertas estaban cerradas a cal y canto. Allí tuvimos sesión fotográfica diversa con ayuda de los transeúntes. ¡Cuántos recuerdos agolpados en unos instantes, cuántas evocaciones ocurridas hacía cinco décadas, cómo habían cambiado los tiempos e incluso nosotros mismos, nos sonreíamos con ese rictus de serenidad que te dan los años y volvíamos a mirarnos como si con la complicidad de la mirada lo dijéramos todo! Todo en los recuerdos. Y es que en realidad somos inmanentes a los mismos. Cuando Ortega y Gasset decía aquello de “Yo soy yo y mis circunstancias” pudo muy bien añadirle a su sentencia “más mis recuerdos” pues circunstancias y recuerdos pretéritos forman y conforman nuestra realidad presente.

Desde este lugar, nos dirigimos al Barrio de San Basilio, por el mismo camino que hacíamos cuando íbamos por las mañanas al Instituto Séneca a estudiar PREU, corría entonces el curso académico 1970-71. Eran cerca de las dos y apetecía ya el refrigerio de la cerveza y la copa. 

Reanudamos la marcha y por la puerta de Caballerizas Reales nos adentramos en el embrujo de San Basilio, barrio concebido en siglo XIV al que se suele llamar también Alcázar Viejo y no sin razón pues fue construido con el fin de que una guarnición de ballesteros defendiese el vecino Alcázar Real. 

En el restaurante “La Bodega de San Basilio”, -ya se había encargado José Antonio- teníamos mesa reservada para el almuerzo. Era confortable el lugar y muy íntimo. En un rincón del mismo nos acomodamos y nos dispusimos para comer. Brindamos por nuestras esposas y compañeras y también por nosotros y por la alegría de aquel encuentro. Hablábamos, hablábamos… poníamos sobre la madera nuestros recuerdos, nuestras pequeñas aventuras acaecidas en los campos de Hornachuelos y en Santa María de los Ángeles; sus profesores, las aulas, las sotanas, las meditaciones… los secretos más ocultos de los cuales si Almodóvar hubiese conocido alguno, habría filmado y dirigido su mejor película… Y después de cuatro años en aquel lugar de Sierra Morena, la llegada a Córdoba, al Conciliar de San Pelagio… los nuevos profesores, las salidas a la ciudad a ver sus escaparates para detectar las novedades musicales del momento… nuestras excursiones particulares a las Ermitas… nuestros desplazamientos al Instituto San Fulgencio de Écija donde íbamos a examinarnos por libre de los cursos del Bachillerato para convalidar los estudios religiosos con los laicos, de los veranos en los pueblos… No dábamos abasto. Eran muchas vivencias rememoradas, unas placenteras y otras no tanto, que si después de haber abandonado el Seminario no hubiésemos practicado un acto de resiliencia, no habríamos podido encauzarnos libremente por nuestras vidas posteriores. Pero a veces, la memoria juega malas pasadas y, como acto de defensa, borra los recuerdos, los encierra dentro de su cofre con cláusula atemporal y es necesario que alguien encuentre la llave y nos ayude a abrirla, entonces se nos refresca la mente y recordamos. También puede suceder que en ese mundo del recuerdo aparezca el fatamorgana que nos obligue a contemplar el espejismo de aquella realidad que, a pesar de los pesares, fue la nuestra y nos ayudó a conformar nuestra personalidad.

Durante el café evocamos a los compañeros que ya habían fallecido como Juan Pedro Beteta y Francisco Delgado y nos preguntamos por aquellos de los que no habíamos vuelto a saber nada.

Así pasaba la tarde y la velada de sobremesa. Decidimos ir a otro sitio a tomar el refresco, la copa o el helado. Antes de abandonar el barrio de San Basilio, entramos a visitar uno de sus patios más típicos y más “chiquitos”. La señora de la casa tuvo la amabilidad de explicarnos los detalles y pormenores del mismo; nos decía con cierto deleite: “…pero no olviden nunca que detrás de cada patio se encuentra una familia, unas gentes que cuidan de su casa y que están vivas… ya ven cómo este patio no era tan chiquito…”

Atravesando de nuevo la Judería, venimos a dar con el entrañable recodo donde se encuentra la casa natal de Maimónides y el monumento que Córdoba levantó en su memoria, pues este judío nacido en el siglo XIII fue un médico, rabino y teólogo que influyó potentemente en la cultura intelectual de la Edad Media. La plaza donde se erige su estatua lleva el nombre de Tiberiades por ser el lugar donde el famoso cordobés murió. Parece que entre aquella fragancia de la Sefarad judía cordobesa queda flotando una de sus más famosas sentencias:

“…Son útiles o buenas las acciones que sirven a un propósito y lo alcanzan…”

Después pasamos al Zoco, edificio de estilo tardo-mudéjar del siglo XVI, donde visitamos sus tiendas y nos cobijamos al frescor de uno de sus deliciosos patios. Allí realizamos otra sesión de fotografías a nuestro grupo…

Dejamos atrás La Judería a través de la Puerta de Almodóvar y nos dirigimos al Mercado Victoria. Con el refresco en la mano y amparados por la sombra de sus jardines, continuamos con nuestra charla y convivencia.

El sol iba camino de su declinación y los minutos se precipitaban por el pretil de la tarde. Era la hora de la partida: Pedro y Mónica, Francisco y Belén, Manuel y Manuela, Ángel e Inés, José Antonio y Carmen, Antonio y Censi se despedían entre besos, abrazos y buenos deseos. Habría que repetir la experiencia, ya se había tentado el encuentro a la posibilidad. 

Amalia Seseña (Vda. de Paco Delgado)
Pedro Calle y Mónica,
Manuela y Manuel Jurado
Al lubricán, cuando el ambiente comenzaba a refrescar con la brisa, en la Plaza del Cristo de los Faroles, tres de las parejas que permanecieron en Córdoba tuvieron un encuentro con Amalia, la viuda de Francisco Delgado. Resultó un momento muy emotivo, especialmente cuando Manuel Jurado le hizo entrega de una credencial con fotos de su marido. 

Esta podría ser, en síntesis, la crónica de aquel día veintitrés de abril, en el que un grupo de antiguos amigos a los que nos unían inexcusablemente los lazos geo-espacio-temporales de Santa María de los Ángeles y San Pelagio, volvimos a reconocernos.

La panoplia de los sentimientos se abría y cerraba en abanico. La tarde bordoneó la cuerda de la amistad por el paradigma de los recuerdos.

Antonio Roldán García

jueves, 4 de mayo de 2017

ANDRÉS LUNA PRIETO

Andrés Luna Prieto
Córdoba, 4 de abril de 1951 - 3 de mayo de 2017


Mensaje póstumo de Andrés a los compañeros del
seminario de Santa Mª de los Ángeles (Hornachuelos)

Después de más de 50 años ha sido un honor y un orgullo volver a encontrarme con todos vosotros.
Os quiero a todos.
Esto no es un adiós pero un hasta luego.
Andrés Luna Prieto

domingo, 30 de abril de 2017

REUNION DE LOS VICARIANOS CORDOBESES

EN LA MUY NOBLE Y LEAL SOCIEDAD DE PLATEROS,
A 27 DE ABRIL DE 2017

               Aunque el día no propiciaba el salir fuera del apacible hogar, las ganas de tertulia insuflaban ánimos adversos a este primer impulso (¡ha quedado bien el arranque!)


               Lo curioso es que, como en algunos notorios espectáculos, se habían vendido todas las localidades. Efectivamente, en la puerta figuraba el letrero de “todo el papel vendido”. Menos mal que nuestros, ya entrañables anfitriones, presos de amabilidad, se aprestaron urgentemente a aumentar el aforo, colocando otra mesa más. Y es que en esta ocasión, el número de asistentes sobrepasaba, en gran manera, nuestro recinto de actuaciones. Menos mal, porque pronto empecé a agobiarme de tanto correrme (con perdón) de un lado para otro. Contamos con la inestimable presencia de Lola y Mari. Como nos vemos en las fotos, creo que voy a pasar de indicar los nombres de todos, ¿os parece?

               Como si no hubiéramos tenido bastante, con el día casi anterior, nos pusimos manos a la obra, o mejor dicho: dimos rápidamente suelta a la sin hueso que, sin freno alguno, deambuló por entre lo divino y lo humano, ¡sin parar!  Indiscutiblemente, nuestro primer acto fue brindar por nuestro querido Andrés Luna. ¡Cómo nos cundía! Con eso de que había nuevos en la palestra, pretendíamos sacar todos los trapos, antes de que el tiempo empeorara.

               Esta vez, se dio un buen repaso al edificio de Santa María de los Ángeles. Sí, sí, al edificio. Tratábamos es esclarecer los lugares por donde transcurrieron parte de nuestras vidas. Es una tarea que ojalá lleguemos a completar. Dibujar el edificio, poniendo nombre a todos los rincones. Quizás así, nuestra memoria, haga sacar al exterior un mayor número de vivencias. A ello nos comprometimos y desde aquí, hacemos extensible, a todos cuantos quieran comprometerse, en esta tarea de “edificación”. No hace falta realizar un dibujo profesional, sino del modo más sencillo, pero donde se ubiquen todos los sitios. Ya habrá expertos que lo plasmen de una manera más perfecta.

               Metidos en faena, ¡ah, por cierto!! Hablando de meter… esta faena se realizaba mientras nos “introducíamos, entre pecho y espalda, nuestros bocadillos de caramales”, claro está salvando el régimen que frecuentemente viene realizando nuestro Paco Sánchez: ensalada de lechuga y tomate, con algo de acompañamiento de gambas rebozadas. Como iba diciendo… uno de los nuestros (no digo el nombre por aquello del secreto de confesión) relató una anécdota que, por si sola, es digna de ser plasmada en el blog. Sin embargo, como fue magníficamente expuesta allí, ha de ser reflejada aquí. Voy a tratar de plasmarla:

               “Recordad, el día en el que un camión de grandes dimensiones, aparcó en la puerta de San Pelagio. En su interior, libros de todo tipo y tamaño. Habían sido donados. Una larga fila de escuálidos seminaristas, cual porteadores de aquellas películas africanas, (bueno, yo diría como en las de los indios, ya que constituimos una larga fila) trasladaban aquellos valiosos ejemplares, desde la puerta de la calle, hasta las estancias de la Biblioteca. Como no pudieron ser instalados, en tu totalidad, en aquel recinto, algunos fueron a parar a una habitación de enfrente. Un día se me ocurrió entrar en esa habitación y observé aquella mercancía. Mira por donde encontré “Las fábulas de Samaniego” Un ejemplar de pinta antigua y sin darme cuenta, se pegó a mis manos, con gran devoción. (Aún lo conservo con sumo cuidado) Otro día, se me pegó otro, pero esta vez fue a parar a un librero, de libros usados, a cambio del cual me entregó la, nada despreciable, cantidad de 27 pesetas, que para aquel entonces cubrió las necesidades, del fin de semana, mío y de algún que otro compañero. Ni que decir tiene, que la operación se fue repitiendo durante varios fines de semana, hasta que los libros pasaron a un lugar más protegido de mis “devaneos”.

               Creo que Samaniego iluminó a nuestro compañero, el cual, ingeniosamente, sacó esta moraleja:
Qué más da donde esté el estante,
para un libro añejo,
si en el de un librero de viejo
o en el de San Pelagio rebosante.

La iglesia, como buena hermana,
tiene como fin ayudar,
¿por qué pues, no me ha de procurar,
un buen dinerito, para el fin de semana?
                                                                             (pongo Anónimo, así parece más antiguo)

               Desde luego, tenemos historietas de todos los gustos. Contó otra, pero esta es más digna de ser relatada por nuestro Fili: a él se le dan mejor contar esas cosas del “gustito” Le daría ese puntillo que yo no sabría.

               ¡Que cosas!

               También planteamos realizar una excursión a Santa María de los Ángeles. Manolo Vida y Paco Sánchez, están en ello. Ya lo indicaremos oportunamente.
               
          En esta ocasión, desde Baena nos acompañó nuestro compañero Antonio Bazuelo y desde Montserrat de paso por Córdoba Juan Cabello, los cuales fueron investidos "Caballeros Vicarianos" por nuestro maestro de ceremonias Maese Paco Sánchez.
               Después de más diversión y charla, eso era de lo que se trataba, fuimos, mejor dicho fueron, abandonando el aposento. Otros, continuamos un ratito más.

               Por cierto, tenemos las bendiciones de Antonio, el Posadero Mayor o dueño, para que se constituya allí nuestra sede. Nos pondremos manos a la obra.
               Hasta la próxima.

               Cuidaos


               Andrés Osado
              Córdoba, 30 de abril de 2017

sábado, 29 de abril de 2017

Buenos días, cuñao

Buenos días, amigos. Hoy he amanecido con una noticia muy agradable. No, no me tocó anoche el cuponazo, no es pa tanto. Ha sido otra cosa. Algo que tiene que ver con la emoción y los sentimientos. Nada, que de la noche a la mañana ha resultado que Andrés, nuestro querido Andrés Luna, y yo somos cuñados. Así, de sopetón. ¿Cómo es eso, hombre? Ni él ni yo estamos ahora como para cambiar de pareja, ¡no te fastidia! No, no es eso. Veréis, un muy querido amigo, paisano y lector asiduo de mi blog, me ha confesado por teléfono que, siendo él superviviente de un cáncer, se siente tan ligado a la gente que lo padece que se considera hermano de todos los sufridores de tal dolencia. De manera que siendo así la cosa, resulta ser cuñado mío toda vez que se hace pasar por hermano de mi mujer. Y como esa teoría suya de la gran hermandad cancerosa es muy de mi agrado yo la hago extensiva a todo mi mundo conocido. Andrés, por tanto, es hermano de la Peque. Así que ya lo sabéis: desde hoy mismo tengo un cuñado a estrenar.

De estos cuñados con quienes uno hubiera deseado intimar más; cuñado que llega a tu vida con mucho retraso y con la distancia física como elemento contrario. Del seminario lo recuerdo más por los apellidos que por su imagen física. Coincidí con él un año en Los Ángeles y dos en San Pelagio, creo. Pero no intimamos. De haber sabido yo este futuro parentesco nuestro lo hubiera intentado con más ahínco. Yo tenía mucha más relación con la gente de su curso que era futbolera o empollona -pares cum paribus facillime congregantur-, como Tenor, "El Paiza", Antonio Lara, Torrico, Ramírez, Paco Ruiz, Paco Gálvez, Manolo Gutiérrez, Valenzuela, Pepín y Manolo Estepa (por amistad y paisanaje) o "El Añoro" (no precisamente por futbolero). Éramos tantos que resultaba imposible congeniar con todo el mundo, cada cual se buscó su grupito de íntimos, es natural. Pero sí creo recordar que ya por entonces -genio y figura- era un chaval moderno y fogoso, un disfrutón con mucho más fervor por la música moderna que por las letras. En los primeros años de San Pelagio formó parte del grupo musical "los Cuervos", junto a otros perchas como él: Manolo Gutiérrez, Pepe Castro, Andrés Osado y Rodríguez Gutiérrez. Debió dejar el seminario al terminar sexto curso, creo yo, antes de entrar en Introductorio. Y muchos de nosotros lo hemos repescado ahora.

Creo que en este intercambio de roles, en esta nueva relación de familia, salgo yo favorecido. Andrés recibe un cuñado calvo, larguirucho y mal conformado, tuerto de cadera izquierda y con un corazón quemado a cortocircuitos; un buen médico, sí, pero ya jubilado, sin las ansias de antaño; un aprendiz tardío de escritor; un hombre llamando con insistencia a la puerta de la vejez; un abuelo baboso, eso sí; un marido monótono, rutinario, cansado y cansino. Un cromo. Sin embargo, a mí me llega un cuñado de mi edad pero que ha vivido el triple que yo; un hombre polifacético, proactivo y emprendedor; un buen cordobés amante de su suelo y de sus tabernas; un senequista observador y sufridor con las palabras justas. "Compadre, qué bien se está hablando poco". Y el otro: "Mejor se está sin hablar nada". Pues eso. Un lector empedernido, poseído. Podré presumir de un cuñado activista y generoso en tiempos heroicos, un tipo que se jugó su puesto de trabajo en el manicomio de Alcolea enfrentándose a las monjas todopoderosas para que los locos internos pudieran disponer de sus propias cartillas bancarias y de sus dineros, y que contribuyó de manera definitiva a mejorar la calidad de la vida de los mismos; que fue capaz -temerario diría yo- de llevarse a los internos a dar un garbeo por la Feria de Córdoba o por los Patios. Ríete tú de los maestros al cargo de una jauría de niños de excursión. Me sentiré más que orgulloso de un administrador de aquel centro que se llevaba a su casa a dormir a un antiguo compañero de seminario ingresado por entonces por problemas de depresión. Para tenerlo mejor vigilado. Para que no durmiera con locos. Aplaudiré aquella ocurrencia suya, verdadera locura -dime con quien andas y te diré quien eres-, de utilizar una ambulancia del manicomio con su sirena tronante y todo para llevar a su mujer a la Feria eludiendo así los atascos. Intentaría, si pudiera a mis años, emular su espíritu aventurero, yo que he sido siempre un cagao, un pusilánime. Un tío, Andrés, capaz en sus años mozos de ir en su moto Guzi hasta Mondragón solo para devolver un monedero de cordobán que un ligue, vasca ella, se había dejado olvidado en Córdoba. Con sana envidia rememoro para vosotros sus aventuras por el mundo, de resultas de una de las cuales se trajo para Córdoba a su nueva pareja, su queridísima Jenny, su sostén, alivio y consuelo, su palo mayor en estos tiempos de naufragio. Mi mujer, su hermana repentina, podrá admirar la faceta artística de este prohombre autodidacta, que a un servidor no le ha sido dada la gracia del arte. En nuestra próxima visita a Córdoba será obligada la contemplación de la efigie del padre Bonifacio -gran benefactor cordobés- en el patio central del hospital de San Juan de Dios, obra culmen de este cuñado mío. En fin, amigos, aprenderé de él la lección más soberbia que nos está dando a todos: su valentía y su entereza ante la adversidad. Ahí lo tenemos cada mañana como gallo kikirikí despertándonos a todos con sus buenos días optimistas y positivos. A pesar del trallazo de Sinogán nocturno.

Mi querido cuñado Andrés, muy buenos días y bienvenido a mi familia. Nuestra familia.