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lunes, 24 de abril de 2017

XXIV ENCUENTRO ANUAL – LUCENA

Crónica del encuentro



Por fin llegó el día señalado, en nuestro calendario anual, donde nos íbamos a encontrar los “niños de Santa María de los Ángeles”. En esta ocasión, Lucena.

Fieles a esta llamada, las caravanas fueron encaminándose, desde todos los lugares de nuestra “piel de toro”, a la emblemática y muy antigua localidad de Lucena. Muchos fueron los medios utilizados para realizar el camino, tantos que a este relator le costaría muchos esfuerzos detallarlos exhaustivamente. Por eso, lo dejamos aquí.

Los de Córdoba, partimos con un cierto pellizco en el corazón, por dejar a alguien atrás, pero pronto desapareció, pues Andrés Luna nunca dejó de estar presente entre nosotros. No hubo un minuto, a lo largo de toda la jornada, en el que, por unos o por otros, por unas o por otras (como dicen ahora lo políticos) dejara de mentársele… fue difícil no hacerlo.

Una de las caravanas, la que partía de Córdoba, tuvo el asesoramiento “in itinere” de nuestro compañero Frasqui. Se portó como un jabato, dando instrucciones al conductor, sobre el camino a seguir. Pero… (siempre hay un pero) a sólo unos minutos del final, una voz telefónica le indica:

−Cuando lleguéis a la rotonda, tirad hacia arriba.

El, obediente, le indica al conductor el camino de una cuesta hacia arriba. ¡Que si quieres arroz Catalina! El final de la cuesta… ¡era un descampado! Vuelta atrás, y la voz vuelve a repetir:

−No, es la situada al frente de la rotonda.

Esta vez sí. Por la del frente, llegamos a nuestro destino. Todo esto se hubiera solucionado si en Santa María de los Ángeles, en vez de tanto latín, nos hubieran puesto “Barrio Sésamo” y así sabríamos perfectamente lo que es “arriba”, “al frente”, “derecha e izquierda”. ¡Es que no tenemos remedio!

Tras los correspondientes saludos, nos encaminamos, junto con nuestra simpática y docta guía, al primer punto de la visita monumental: La Iglesia de San Mateo. En ésta, nos dio tiempo a volver a recordar toda la Historia Sagrada que habíamos aprendido (ojo con quien no estuviera atento a las explicaciones, pues de vez en cuando se nos increpaba con alguna pregunta). “Lo hago para ver si estáis atentos”, decía nuestra amable profesora de religión. Pero… (otra vez) no sólo aprendimos religión, sino urbanidad, ya que en una de las “estampitas didácticas” del retablo del altar mayor, se nos hizo ver, el mal carácter de un personaje (y tanto, se trataba nada más y nada menos que el jodido Judas) al estar con los pies cruzados sobre las rodillas y mirando para Antequera. “En la iglesia no se puede estar con los pies cruzados y mirar para otro lado. Eso es de mala educación”. Fuera bromas, nuestra guía estuvo genial, durante el largo recorrido que hicimos, por diversos monumentos lucentinos. Por cierto, no puedo dejar pasar por alto, la buena explicación que se nos dio sobre “la mierda” (con perdón) y de cómo se ha mantenido durante tantos miles de años en la cueva “Del Ángel”. Por lo menos Antonio Martínez (que por cierto se portó como un campeón, a pesar de sus dolores) lo aprendió perfectamente. ¿No?

Para un servidor de ustedes, lo mejor de recorrido, se produjo en el Ayuntamiento. Buen recibimiento se nos dio, por parte del Primer Teniente de Alcalde y Concejal de Cultura. Hizo entrega de un Velón de la ciudad, para el grupo y otro para Antonio Luna. Y aquí se produjo el momento crucial de ese acto: Antonio Luna, se lo ofreció a Andrés Luna, por la gran labor que viene realizando para con todos nosotros. Hubo un largo aplauso, dedicado a Andrés. Resultó ser lo más emotivo del día.

A partir de ahí, los estómagos empezaron a reclamar algo más que cultura. El alboroto de las tripas, fue la señal inequívoca de que estaba llegando la hora de almorzar.

Tras una pronunciada “cuesta arriba” nos encaminamos a coger los vehículos, que nos condujeron al restaurante.

¡Con qué ganas tomamos nuestra primera cerveza! Esta vez el murmullo de los estómagos, se trocó en aplausos. ¡Qué contentos se pusieron!

Así entre cervezas, charlas y aperitivos, fuimos desgranando recuerdos, haciéndolos presentes nuevamente. ¡Convirtiéndonos en niños otra vez! Como hormigas, deambulábamos de corrillo en corrillo. Ahora aquí y luego allí. Incluso, cuando ya sentados y sentadas (vale, ya no lo pongo más) en las respectivas mesas, de la “tabla redonda”, nos volvíamos a levantar para pegar la hebra en otra mesa.

Como no podía ser menos, se efectuaron las correspondientes entronizaciones de vicarianos, impuestas por nuestro querido Paco Sánchez.

No pudo y no faltó, un recuerdo muy especial para Toñi y Fili. Verdaderamente se notaron sus ausencias. El año que viene estarán, nuevamente entre nosotros, como si nada hubiera pasado. Mucho ánimo que todo va a salir bien.

A requerimiento de Paco Molina, nuestro director de ceremonias musical, comenzamos con el repertorio de canciones. Palito nos deleitó con su voz, ¡qué bien canta! Tras el “Amigos para siempre” y el brindis por Andrés Luna, se dio rienda suelta a diversas melodías, acompañadas por el guitarrista Rafael Amaya Castilla.

Tomó la palabra Antonio Luna y tras agradecer la presencia de todos, nos comunicó que, el año próximo, nos veríamos en Priego de Córdoba.

Y, poco a poco, fuimos dejando el lugar vacio, pero llenos de gozo nuestros corazones.

¡Hasta la próxima! 

Andrés Osado Gracia
Córdoba, 24 de abril de 2017

martes, 18 de abril de 2017

Lucena sabrá comprender

Queridos todos: fuerza muy mayor ha obrado en estos últimos días para que un servidor no pueda asistir a la tan esperada reunión anual, esta vez en Lucena, ni disfrutar, como tantos años atrás, de vuestra cercanía y amistad. Todo el santo año concitando a unos y a otros, insuflando esperanzas y anhelos a través de estas páginas... y al final soy yo quien me rajo.
No se trata, ni mucho menos, de aquello de excusatio non petita, acusatio manifiesta. No. Nadie me ha pedido explicaciones, pero yo me siento en el deber moral de darlas. Por muchas razones. Porque mi casa fue la pionera, la primera que nos acogió a todos los que entonces éramos, hace ya más de veinte años. Porque he sido fiel escudero de nuestro ínclito caballero y líder de estos eventos, el Califa de todas las Alpujarras, don Antonio Luna Rodríguez. Porque me considero un buen animador y contertulio con todo el mundo. Porque Filiberto permanece como nombre imborrable en el universo del seminario. Porque en tantos años solamente he faltado a una convocatoria al encontrarme fuera de la península. Porque me considero parte vuestra. Porque...

Como sabéis, mi mujer, la querida Peque, ha sido operada hace una semana de un cáncer de mama. No debe cundir la alarma. El escenario que vivimos es el más favorable dentro de este mundillo estigmatizado. Como se suele decir, se ha cogido muy a tiempo, no hay ganglios, ni metástasis, y se va a curar del todo. Está muy animada, cualquiera que la vea ahora no se creerá que lleve solo una semana operada. Pero no me parece adecuado exigirle un día tan intenso de paseos, largas horas de pié, saludos y besuqueos (jajaja). El próximo jueves tenemos el TAC, el viernes, la gammagrafía... Demasiado ajetreo. Creo que lo más conveniente para ella es quedarse en casa descansando. Yo podría ir solo, es verdad. Pero mi sitio, en este momento -y en todo momento-, es estar a su lado.

Siento mucho, de verdad, no poder darles la acogida que se merecen las nuevas incorporaciones, tenía muchas ganas de saludar y abrazar a Pedro Calle, a Rafa Ruiz-Ruano, a Miguel Santaella, quizás también a Antonio Medina... y a todo quisque que se sume a nuestra celebración.

No hace falta que os lo diga: os quiero mucho a todos y os echaré mucho de menos ese día tan especial.

Un abrazo.

lunes, 10 de abril de 2017

UN CORDOBA DE PRIMERA

UN CORDOBA DE PRIMERA

CURS0 1968-69

Intentando ser fiel al estilo que he venido manteniendo en mis relatos, os contaré una anécdota, en este caso de menor calado. Aprovecharé la ocasión para rememorar algunos detalles de entonces y aportar algunas reflexiones personales. Los sesudos escritos sobre cuestiones filosóficas y morales, los dejo en manos de muchos de vosotros que gozáis de una “pluma” bastante mejor preparada que la mía.

15-9-1968 - Visita al Zoo de Córdoba
Manuel Jurado, Manuel Leal, Manuel R. Muñoz
Miguel Santaella y José A. Naz
Siempre he mantenido la opinión que hay una frontera en nuestra educación como seminaristas y como personas. A un lado están los cuatro años que pasamos en Santamaría de los Ángeles y al otro la estancia en San Pelagio.

Hornachuelos tuvo su encanto, pero representó un duro internado en mitad del monte, lejos de la civilización y de la comunidad de personas a las que se suponía que, dentro de algunos años debíamos atender espiritualmente al terminar nuestra formación.

El inicio de 5º curso en San Pelagio era un cambio tan radical y representaba todo un horizonte lleno de ilusiones para nosotros que enseguida comenzó a funcionar la memoria selectiva. De esta manera en muy pocas ocasiones recordábamos los cuatro años en Santamaría. Todo había quedado atrás. Sólo compartíamos aquellas anécdotas curiosas o alegres mientras los momentos malos, que los hubo, fueron pasando al olvido involuntariamente.

En esta nueva experiencia eché mucho de menos a algunos de vosotros, buenos compañeros y amigos del Seminario de Hornachuelos. La fortuna o las circunstancias favorables permitieron que 44 alumnos continuásemos con nuestra formación e iniciásemos un nuevo ciclo tan ilusionante. De estos 44 seminaristas, 32 éramos supervivientes de los 119 nuevos, que formábamos la hornada de 1964-65. En el tercer curso se unieron a nosotros 2 compañeros, Pedro Calle Ballesteros y José Ruz Estepa. Por este motivo no aparecen en las efemérides con foto que ha publicado Rafael Vilas. Los 10 compañeros restantes eran repetidores, incorporados principalmente en los cursos primero y segundo.

Nos dividieron en dos grupos y ocupábamos las dos aulas-clases que daban al patio de cemento. El cuadro de profesores era el mismo para las dos clases. Es decir que, si Don Ricardo Rivera venía a darnos clase de francés, primero impartía una hora a un grupo y a continuación se pasaba al otro. Esta era la dinámica común para todos los profesores.

En mi anterior relato nombré a tres profesores seglares que nos dieron clases. Hoy quiero recordar a un cuarto. Se trata de Don Francisco Benítez, profesor de ciencias. Era el más joven de los cuatro y de aspecto bien parecido. Tengo muy buen recuerdo de él, porque además de esta asignatura, nos dio clases de refuerzo y recuperación a los que teníamos pendientes algún grupo de la reválida de cuarto. Este era mi caso, tenía pendientes los tres grupos de la reválida. Gracias a las clases de Don Francisco conseguí aprobarla en los exámenes de julio. 

La verdad es que el inicio de 5º curso pintaba muy mal para mí y muchas veces pensé que acabaría repitiéndolo. Todo por culpa de los exámenes libres en Écija. Mi nivel de notas, en los controles dentro del Seminario eran bastante normales. Conseguía aprobados, aprobados altos y algunos notables.

Al llegar los exámenes en el Instituto de San Fulgencio, me ponía muy nervioso. Las preguntas de aquellos profesores desconocidos y sus formas de examinar, daban como resultado que curso tras curso fuese cosechando unas sabrosas calabazas. Las consecuencias eran meridianamente claras: todos los veranos debía estar más ocupado que durante el curso. Por las mañanas ayudando a mi padre en las labores del campo y por las tardes estudiando para tratar de recuperar las asignaturas en septiembre. Ese fue mi destino durante cuatro veranos. Deseaba que llegasen los domingos para poder salir con los amigos del pueblo a la piscina o realizar cualquier excursión.

No di realmente mi auténtico nivel académico hasta PREU. Las clases presenciales en el Instituto Séneca me permitieron aprobar todas las asignaturas en junio, incluida la selectividad. Por cierto que este hecho, significó el único y último éxito de mi corta vida como estudiante.

 M. J. - Torre de la Catedral 5-8-1989
De las salidas de paseo por Córdoba ya habéis contado algunos de vosotros las rutas preferidas. La Mezquita con su patio de naranjos, calles cercanas como la de las flores o del pañuelo. Plaza de las Tendillas con calle Cruz Conde etc. Otro destino que nos gustaba eran los jardines de la Victoria. Allí algunas veces nos encontrábamos paseando a las chicas de la Divina Pastora. Ellas con su uniforme y en perfecto orden, dentro de dos filas. Nosotros las mirábamos con cierta sonrisa cómplice del que va paseando con mucha más libertad. Tenía su pequeño interés pues dentro del grupo se encontraban dos paisanas de mi misma edad y sabían que eramos seminaristas. De inmediato me reconocían y con la mano o sólo con la mirada me saludaban o decían adiós.

Otro destino que empezó a ser un clásico era el paseo hasta el estadio del Arcángel. En el curso 68-69 teníamos a nuestro Córdoba de fútbol en primera división. Los domingos que jugaba en casa, después de la comida del medio día, nos poníamos de acuerdo y formábamos un par de grupitos que, a partir de las cuatro, iniciábamos nuestro paseo por la ribera del Guadalquivir hasta el campo de futbol.

Recuerdo que estuve muy pendiente de la visita al Arcángel del equipo que me había gustado siempre, el Real Madrid. Tengo que reconocer que en aquellos momentos lo del Córdoba era más fuerte para mí, pero presentía que cuando llegase la disputa de aquel partido, es posible que mis sentimientos estuviesen completamente divididos.

Mi amigo Manuel Rafael se enfadaba mucho y me decía que no podía entender que yo fuese simpatizante del R. Madrid y que le debía de dar las razones o los motivos para serlo. Le contestaba que seguramente eran las mismas razones por las que él era simpatizante del Athletic de Bilbao. Aparte de gustos deportivos, estábamos influenciados por la tradición familiar. En mi casa todos eran merengones.

 M. J. - Puente Romano de Córdoba 5-8-1989
Después de las vacaciones de Navidad, sobre mediados de enero de 1969, se produjo la visita del R. Madrid al campo del Arcángel, para enfrentarse a nuestro Córdoba. Hasta el estadio nos encaminamos un grupito de seminaristas con la ilusión de disfrutar del ambiente deportivo, pocas esperanzas teníamos de poder pasar al campo. Saltar la tapia era una misión casi imposible para nosotros. En mi caso al menos, tenía excesivo miedo a que me pudiesen detener y que se montara luego un escándalo en el Seminario.

Empezó el partido y al poco rato, la mayoría de curiosos se fueron marchando. Algunos decidimos quedarnos y comprobar las noticias que se fueran produciendo. Efectivamente, marcó un gol el Córdoba y fue una explosión de alegría que parecía que aquello se venía abajo.

Aprovechamos esta alegría por el gol para acercarnos a una puerta de entrada. Escogimos a propósito a un portero algo más mayor y que pudiera ser más comprensible con nuestra petición de que por favor, nos dejase pasar ya que éramos seminaristas y no teníamos dinero para comprar una entrada. La contestación fue más o menos de esta índole: “Hoy es imposible…el campo está pa reventar de gente…sólo pueden pasan los que tengan entrada”. Clarísimo como el agua.

A pesar de todo seguimos allí. Poco después volvimos a escuchar gritos y palmas. Era la locura, el Córdoba marcaba su segundo gol. Llegó el descanso con un 2-0 a favor y la gente del estadio se levantaba de los asientos para ir a los servicios o para comprar bebidas. En un momento determinado, el mismo portero, súper contento por el resultado, nos dijo que pasásemos a un grupo de 4 o 5 que seguíamos los acontecimientos. No nos lo podíamos creer. Rápidamente entramos corriendo y recuerdo que yo me situé en un lateral del campo, sentado en un escalón de la escalera de cemento que daba acceso a las gradas.

El segundo tiempo acababa de empezar. Sobre el césped los jugadores del Córdoba, puedo recordar a los Simonet, Jaén, Riera o Costa. Decían los entendidos que era una plantilla algo envejecida, pero aquellos jugadores habían llevado al equipo a primera división y se merecían, por tanto, el honor de poder competir con los equipos grandes. Por el cuadro madridista puedo recordar a Betancourt, Sanchis, Zoco, Amancio, Velázquez o Gento.

¡Ay Gento! ...Estaba situado justo a unos metros de nuestro lateral, que era la banda izquierda de ataque del Madrid. Las cosas que le podían decir mis paisanos los cordobeses al pobre Gento. Lo más suave como viejo, abuelo y gordo. Pero él impertérrito con todo el griterío, iba a lo suyo. Cada vez que cogía el balón levantaba la cal de la banda y el peligro se presentía en el estadio.

En una arrancada de aquellas, con jugada personal consiguió marcar el 2-1. A partir de entonces los gritos contra él se incrementaron y se empezaron a acordar de toda su familia, de los vivos y de los muertos. En otra jugada de extremo nato, dio un centro medido y cerca de puerta marcó Zoco o quizás Grosso el 2-2, que sería el resultado definitivo.

Para mi supuso una experiencia inolvidable. Tenía un sabor agridulce pues quería que ganase el Córdoba porque andaba muy necesitado de puntos, pero el empate final me pareció bien.

Hasta aquí la pequeña anécdota futbolera que me había comprometido a compartir con vosotros. Aunque me estoy alargando demasiado en mi actual relato, quisiera terminar rescatando del olvido, a tres personas que convivieron con nosotros en el día a día, los años que estuvimos en San Pelagio.

Uno es el señor Juan. Lo recordareis perfectamente. Era el portero-conserje del Seminario. En la entrada, al otro lado del mostrador de madera, de pie o sentado en la mesa. Detrás de aquellas gafas gruesas, unos ojos miopes controlaban el acceso al edificio. Tenía un carácter algo serio como para imponer respeto, pero en el fondo era una gran persona. Siempre dispuesto a facilitar información y atender los muchos encargos con los que la mayoría de las veces le incordiábamos.

Otra persona era Manolito. Pintoresco individuo donde los hubiera. Actuaba de ayudante del señor Juan, de recadero para todos y además trataba de paliar los pequeños problemas de mantenimiento que se iban presentando a lo largo de la jornada. Con un carácter más abierto le gustaba entablar conversación con cualquiera de nosotros y era el perfecto contrapunto al señor Juan.

Por último, estaba el señor Paco. Lo recuerdo con su mono azul, a veces con una escalera a cuestas. Un verdadero “manitas”, siempre preparado para solucionar los problemas técnicos más graves, de electricidad, fontanería, arreglos de albañilería etc. Una personalidad menos comunicativa, pero de gran eficacia en su trabajo.

 M. J. - Capilla de San Pelagio 5-8-1989
La última vez que estuve con Manolito fue en agosto de 1989. Me encontraba pasando las vacaciones en El Viso. Se presentó un día muy nuboso, sin sol y con bajada de temperaturas. Una bendición para la calima cordobesa que veníamos sufriendo. Sin pensarlo dos veces, le propuse a mi hija mayor que tenía 11 años enseñarle La Mezquita y otros monumentos cercanos. Mi mujer no vino porque estaba a punto de dar a luz y mi hija pequeña dijo que no le interesaba aquella excursión para ver edificios.

Visitamos la Mezquita y de paso hacia el Alcázar me encontré en la puerta del Seminario. Estaba medio abierta y no pude evitar de empujarla. Allí a un metro de nosotros se presentó Manolito. Lógicamente no me recordaba por nada en especial después de casi 20 años y de tantos alumnos como pasamos por aquel Centro. Estuvo de lo más agradable. Nos acompañó y permitió que visitáramos las estancias comunes de la planta baja. La Capilla grande, los patios de cemento y el de San Pelagio. Pude tirar algunas fotos. 

Lo que más me llamó la atención fue que el comedor lo habían transformado en un patio de luz, con jardineras y una fuente en el centro. Precioso. Favorecía este cambio porque el techo era un cerramiento acristalado por donde entraba abundantemente la luz del sol. ¿Lo recordáis?

En la foto que acompaño, el de la izquierda es Manolito. La persona que está a la derecha, se presentó como un ayudante de la portería. Muchas veces me he arrepentido de no haber aprovechado mejor aquella oportunidad y haber visitado todas las dependencias de los pisos superiores y que tantos recuerdos tengo borrosos en mi cabeza. En fin, para ser una visita improvisada tampoco estuvo mal.

Desde aquí mi recuerdo y agradecimiento a Juan, Manolito y Paco, por ser como fueron, tres sencillas y excelentes personas.

Nada más. Gracias por vuestra paciencia. Nos vemos en Lucena y espero daros un abrazo a cada uno de vosotros.

Manuel Jurado.

Mostoles, abril de 2017

martes, 4 de abril de 2017

Crónica de la 23ª reunión Grupo Madrid

Restaurante La Casa Vieja
Alcalá de Henares (Madrid)

1 de abril de 2017

“Mi gozo en un pozo”. He tenido que echar mano del refranero para exteriorizar mi desencanto y decepción por no poder acompañarles hoy. Las circunstancias son las que mandan. “A mal tiempo, buena cara” . No voy a permitir que este contratiempo empañe mi optimismo y me impida disfrutar con su disfrute. ¡El día no podría ser más bonito! Cielo azul, ni una nube y temperatura primaveral. Un poquito fresca. Además de nosotros, no pudieron asistir por motivos de salud Antonio López, Antonio Crespo y Cari. 

Hoy toca Alcalá de Henares. El premio : reencuentro después de tantos años con nuestro compañero Agustín. Ya me estoy imaginando la trompá o la melé de estos sexagenarios. Será como la de esos periodistas que a bases de codazos intentan una exclusiva para sus medios. Todos querrán preguntarle al mismo tiempo, ávidos por saber cosas de su vida, después de 50 años. A ver quién consigue “llevarse el gato al agua”. Voto por el Vilas. ¡Que magnífico parlamentario ha perdido España!

Sé que el encuentro se realizará en la Plaza de Cervantes, delante de la magnífica estatua de D. Miguel, obra esculpida por Carlo Nicoli e inaugurada el 9 de octubre de 1879. Hora de la cita: 12,00. No es mal sitio para el palmoteo. Temo por la espalda de Rafa; no tiene todavía el culo cerrado y se le podría escapar algún cuesco. Aunque el Vilas tiene recursos suficientes para disimular “la suelta”. Dejo a Rafa la narración del encuentro:

“Nos encaminamos a la entrada principal de la Universidad de Alcalá de Henares acompañados de la hija de Agustín, Elena y una amiga de esta al encuentro de quien será nuestra guía la guapísima, simpática y competente Beatriz que nos explica la fachada de la Universidad y los símbolos que esta, en forma de retablo, contiene.

Pasamos al interior siguiendo la visita con nuestra guía que nos deleita con gran profusión de datos y anécdotas de la vida estudiantil de la Universidad y los personajes que en ella estudiaron o impartieron Cátedra. 

Merece una mención especial la visita al Paraninfo, donde se realiza el acto anual de la entrega del premio Cervantes, así como la capilla donde está el mausoleo del Cardenal Cisneros. 


Salimos de la Universidad y pasamos por la puerta del convento de las Clarisas de San Diego, famosas por sus almendras garrapiñadas (Dulce típico de Alcalá de Henares) hasta llegar al Palacete Laredo donde nos presentan a Jaime que será nuestro nuevo guía.

En este singular edificio se encuentran entre otras joyas, la Bula Papal de Constitución de la Universidad de Alcalá de Henares y los siete volúmenes de la Biblia Políglota, obra impulsada por el Cardenal Cisneros.

Manuel Jurado se fotografió junto a la escultura, atribuida a Siloé y que dicen que representa a la reina Isabel la Católica a “tamaño natural” más bien de mujer bajita, dijimos, para la mala leche que tenía la moza. Victoriano Castillejo posó junto al uniforme becado de los alumnos del Colegio Mayor de San Ildefonso germen de la Universidad Complutense.

Desde el palacete Laredo nos fuimos al restaurante La Casa Vieja deseosos de abrevar y sentarnos, tal era la sed y el dolor de pies de todos.

Jarras de medio litro de cerveza de la más fría cayeron como si de un buche de agua se tratara. Luego, migas con su longaniza, torreznos, pimientos, huevo frito y unas uvas del tamaño de ciruelas claudia; pastel de revuelto de morcilla; croquetas y ensaladas dieron paso a unos suculentos platos de bacalao noruego o carrillada, todo bien regado con un buen vino, finalizamos con pastel alcalaíno “La Costrada”, café e infusiones y unos cuantos chupitos de orujo de hierbas o de moras, por eso del color cuaresmal, y una vez realizada la foto de rigor, salimos a pasear las vetustas calles complutenses. 


Junto a la entrada del mesón nos dimos con Dulcinea y Don Quijote, descarados para que la faz fuera puesta por los intrépidos de turno y allí nos descojonamos y divertimos a la concurrencia y viandantes con nuestras gansadas y locuras vicariana-angelina. 


Un breve paseo por la concurrida calle Mayor y de vuelta a recoger los coches para volver a nuestras casas. Agradecimientos a Agustín y a Leo por su hospitalidad, abrazos y un hasta Lucena o la siguiente que será a primeros de mayo. 

Rafa Vilas “

No puedo dejar de referirme a las fotos que se hicieron en La Casa Vieja. ¡Qué arte más grande! ¡Qué panzá de reir me he pegao! Me han gustado todas, pero la cara de Jurado es de enmarque. Nos alegramos mucho de vuestro encuentro, y hago votos para poder estar todos juntos en la próxima.

Paz y bien

Antonio Estepa Romero

Al final del recorrido

Seminarista a diario, y motero de ocasión el fin de semana
Cavilaciones de un estudiante al final del recorrido

Pienso que el único hilo conductor que nos queda a quienes fuimos seminaristas en Córdoba después de cincuenta años, son los recuerdos comunes que tenemos de aquella etapa de juventud, participando en comunidad tanto en Sta. Mª de los Ángeles como en el Seminario de S. Pelagio. 

Puede que alguien aun recuerde aquella moto
En el curso 1969/70 estando ya en S. Pelagio estudiando, mi padre me compró un ciclomotor Ducati de 48 cc. con el que iba a casa para llevar la ropa sucia el fin de semana, pues hasta entonces era él quién la iba a buscar. 

La moto fue el segundo regalo importante que recibí siendo seminarista, y del que guardo un grato recuerdo. El primer regalo fue un par de botas reglamentarias de fútbol en los Ángeles. 

En S. Pelagio yo había cumplido ya los dieciocho años, y me pude sacar el permiso de conducir ciclomotores. Con el consentimiento de la superioridad, guardaba la moto durante toda la semana en el pasillo que había junto al comedor, camino de la sala de profesores. Era una moto Ducati roja con ventilador adosado al cilindro, que a mí me parecía una Harley Davidson, la tenía en gran estima.

Entrada al Instituto Séneca
En S. Pelagio nuestras vidas de estudiantes, tomaron un giro bien distinto a los esquemas estrictos que vivimos en Hornachuelos. Diré solo una diferencia impensable con respecto a los años anteriores en el Seminario Menor: "El de asistir a las clases como alumnos oficiales, en el Instituto de Enseñanza Media Séneca de Córdoba hasta terminar el COU, sin el control permanente de nuestros superiores." 

Nosotros recibíamos en el Seminario la formación complementaria religiosa en los actos de comunidad diarios, donde se nos hablaba de la importancia de la Fe cristiana, del sentido pastoral del Ministerio Sacerdotal, y del consuelo de la Oración. 

Todo desde nuestra humilde condición humana ante Dios, y como un soporte espiritual para todas las personas.

Empezábamos a notar en nuestras vidas no obstante, una libertad desconocida después de estar sometidos a la estricta observancia de la disciplina espartana de los Ángeles.

En S. Pelagio éramos menos alumnos por curso, pero nuestra amistad y conjunción iba en aumento. 

Formábamos todos un grupo muy bien avenido, aunque es verdad que siempre había un espacio reservado para las amistades.

Las camaretas de estudio individuales que teníamos, eran la personal privacidad de la vida propia, ya que el diseño de nuestras actividades diarias giraban en torno a la gestión particular de nuestro estudio, los horarios de las clases dentro del Instituto, y los actos religiosos en el Seminario. 

Como decía; cada fin de semana después de misa recogía mis cosas y mis apuntes, metía la ropa sucia en la talega, y me iba hasta la planta baja donde tenía la moto aparcada en el pasillo. 

Al salir, pasaba por el puente romano en dirección a la carretera de la campiña. 

La monotonía acompasada del motor y el discurrir tranquilo me dejaban tiempo para evaluar el momento que vivía en el Seminario. 

Me veía a mí mismo ante la disyuntiva de elegir entre la vida religiosa y la vida seglar común y corriente. 

El contacto semanal con la familia y con los amigos y amigas del pueblo, desde la madurez de la edad que ya teníamos todos, así me lo hacía ver.

Aquella situación de dudas, me dio que pensar sobre la importancia que tenía el Seminario y el objetivo final de mi recorrido, la vida personal de celibato viviendo en solitario en una parroquia como futuro sacerdote, enseñando la doctrina del Evangelio al servicio de la Iglesia Católica.

Me fijaba en las figuras de los párrocos que conocía, envejeciendo en soledad, ejerciendo su función pastoral en sus parroquias sin una familia propia. Viendo a la gente de su edad hombres y mujeres pasarles de largo, cumpliendo con sus destinos de adultos según su libre albedrío, casados la gran mayoría y formando sus propias familias, buscando la continuidad de la vida en los hijos. 

Aquella idea de vida de celibato, por un voto de obediencia impuesto por la jerarquía de la Iglesia, me dejaba un poco triste y confuso. 

Sin dudar de los fundamentos cristianos asimilados, como eran la Fe en Dios Creador, y la comprensión de la misión difusora de la Palabra del Evangelio. Yo me preguntaba: ¿Por qué debían de ser célibes y solteros de forma imperativa los curas católicos, si los seres humanos hemos sido creados por Dios como iguales; hombres y mujeres en familia, y complementarios unos de otros al 50% desde el mismo origen de los tiempos?

Una condición humana que estaba escrita en nuestro ADN. 

En aquellos recorridos semanales por la carretera de la campiña meditaba en como sería mi vida de sacerdote, vestido con la sotana de cura en una Iglesia de pueblo.

En una ocasión, un ciclista en plan Bahamontes en competición consigo mismo, y con la cabeza agachada mirando el suelo, se enfiló directo hacia mí en la carretera a la salida de Córdoba.

Al frenar sobre la gavilla del arcén apartándome para evitar el choque, patinaron las ruedas de la moto de tal manera, que cuando quise darme cuenta ya estaba tumbado en la cuneta entre los cardos. 

Por suerte no había salientes, ni arquetas o piedras que me dañaran, solo encontré hierbajos y tierra.

Ni siquiera se paró el ciclista para ver lo que me había pasado, o puede que ni siquiera se enterara de las consecuencias de sus actos.

Afortunadamente para mí, solo se me raspó un poco el grueso chaquetón de paño, pues las hierbas y jaramagos amortiguaron el porrazo de la moto y el mío propio. 

Quité las brozas enganchadas en las ruedas, ya que solo se arañó algo la pintura del guardabarros y seguí mi camino con aquella experiencia imprevista apuntada para el futuro en el cuaderno de bitácora de un incipiente aprendiz de motero. 

Hay gente que va ciega por el mundo o así lo parece, y hay que ser precavidos. Va en ello nuestra propia integridad física, o nuestra propia vida con todo nuestro posible futuro.

Reincorporado a la distribución diaria con todos los demás compañeros, asistí a los actos de la noche de recogimiento en la capilla, como era lo habitual. 

Al día siguiente después del desayuno, con mis libros y los apuntes bajo el brazo, me fui para el Instituto Séneca con el resto de los demás compañeros.

Sintonizando de nuevo con los temas de las asignaturas del día, y con los profesores del instituto.

Pasábamos por delante del Alcázar de los Reyes Cristianos, caminando en grupos reducidos, y charlando amigablemente como siempre entre nosotros. 

Acompañados por aquel aroma de azahar único de los naranjos cordobeses, que inundaba el aire.

Aquel poso me sirvió de soporte para crecer después dentro de unos buenos fundamentos, y de un gran respeto por todas las demás personas desde la Fe y el Credo Cristiano recibido. Siempre con el deber de sentirnos agradecidos y ejercer la vida conscientes y solidarios en medio de un entorno en movimiento constante, en un mundo múltiple y variado, creado desde mucho antes del advenimiento del Cristianismo.

En grupo comentábamos estas situaciones de las dudas, y asumíamos cada cual las diferentes opciones de la elección inminente, pues el siguiente paso que nos quedaba era marchar a Sevilla al Seminario Mayor de S. Telmo. 

Acto de Jura de Bandera
No obstante, antes de finalizar el curso 71/72, me encontré con una sorpresa inesperada e impensable para los seminaristas, algo que me cambió de forma radical aquella situación de dudas en mi vida de estudiante, pareciendo que el destino se encargaba de relevarme del hecho de tener que decidir por mi cuenta. 

Ocurrió, que fui llamado a filas por el ejército y citado sin dilación alguna ante la comandancia militar de Córdoba como soldado de reemplazo, cosa que cumplí al pie de la letra, dejando el Seminario y de asistir a las clases en el Instituto.

Seguí en contacto con los superiores, intentando terminar el curso desde los apuntes que me hacía llegar un buen amigo y compañero llamado Bermúdez, al que le agradezco muy sinceramente aquel gesto solidario que tuvo hacia mí. 

Gracias a aquellos apuntes y al estudio en ratos libres, pude preparar algo las asignaturas y examinarme fuera de cupo, al no tener los suficientes días lectivos. 

Y así, yendo muy justito de fuerzas académicas pude acabar el COU.

Aun recuerdo en el Instituto Séneca aquel examen final, ante la insigne profesora y catedrática de literatura, Dª. Mª Luisa Revuelta. 

Me presenté a ella vestido de soldado, tratándola con la misma deferencia con la que trataba a los oficiales militares. Una vez terminado el examen me hizo una serie de observaciones sobre mis respuestas.

Escuché sus palabras en pie, firme y en silencio, sin interrumpirla ni justificar mis carencias en el examen. Después de recalcarme con unos breves comentarios lo endeble de mis respuestas, se me quedó mirando muy fijamente como dudando, o esperando una justificación por mi parte que yo no hice, pues preferí continuar callado. 

Entonces me dijo muy seria que tenía aprobado el examen. 

Aquella fue mi última visita al Instituto Séneca de Córdoba como alumno.

Finalizado el COU, me involucré de lleno en el cumplimiento de mis deberes como soldado en Sevilla, dejando de lado la opción de acudir a estudiar al Seminario de san Telmo, como en un principio me aconsejó que solicitara don Gaspar. 

Consideré que aquella etapa era una magnífica oportunidad para vivir la vida real desde otra óptica. 

Carros Medios de combate M-47 Patton
En el ejército había otro concepto de la disciplina y la responsabilidad, en donde me sentí bien integrado desde el principio. Yo tuve suerte tanto con los mandos bajo cuyas órdenes serví, como con mis compañeros. Y aparte de algún susto en maniobras que no viene al caso, se puede decir que en el ejército no lo pasé mal. Allí pude terminar el COU y me orienté hacia el camino a seguir. 

En una ocasión vinieron a visitarme al Batallón de Carros Medios unos cuantos compañeros del Seminario de san Telmo, acompañados de un superior muy joven y desconocido para mí. 

Termino este escrito con una anécdota ocurrida en aquella visita.

Quise hablarles de aquella vida a los compañeros y al joven superior, comentando un hecho real vivido allí sin mayor alcance, con unas chicas amigas de un cabo primero del Batallón, que me ofreció la posibilidad de pasar una tarde con ellos. Quizás agradecido, por la iniciativa que tuve de llevarle de urgencia al hospital militar en un jeep, un día que sufrió un accidente un poco serio.

El superior me preguntó a mí disimuladamente en un a parte, si yo necesitaba confesarme. 

Contestándole tranquilamente, que no era necesario.

Noté enseguida en ellos una reacción muy incómoda de absoluta sorpresa, ante aquel comentario sobre las chicas.

Percibí una distancia enorme entre nosotros, pero no con ellos, sino con la diferente mentalidad de ver la realidad a la que pertenecíamos. Éramos dos mundos distintos en direcciones divergentes.

Entonces muy prudentemente desistieron de entrar en el tema, y al cabo de un rato de saludos y comentarios sobre las actividades diarias que realizaba en la mili, se excusaron y se despidieron amablemente, dando la visita por concluida. 

Aquel detalle sin importancia con los compañeros sumado a otros ya vividos, me descubrió aun más claramente la separación tan tremenda que había entre el mundo que yo quería vivir y veía a mi alrededor, formado por hombres y mujeres comunes y corrientes viviendo sus vidas, y el cerrado esquema idealizado del Seminario. 

Siendo de esta manera como decidí orientarme hacia la vida seglar, al no verme yo desde la madurez de los veintiún años, dentro de aquel mundo de aislado celibato. 

Un tema que me había resultado hasta entonces muy difícil de abordar, después de todos los años de estudio, sin tener dudas de conciencia.

Preferí dejar el Seminario antes de seguir más adelante en aquel recorrido personal, al que no le veía un final claro para mí a lo largo de toda la vida. No sin antes comunicar por escrito con todo el dolor de corazón a nuestro querido rector don Gaspar Bustos, mi firme determinación de dejar el Centro de forma definitiva.

Con agrado recibí su respuesta de tener las puertas abiertas, si pasado un tiempo decidía volver.

No obstante los años pasados, aun sigo recordando con gran afecto todos aquellos cursos vividos como estudiante seminarista, recibiendo aquella formación sobre la comprensión del mensaje de la Palabra, y la compasión desde la Fe hacia mis semejantes basada en todas las enseñanzas de Cristo, y recogida en las lecturas del Evangelio. 

Reconociendo de todas maneras los beneficios que obtuve en el Seminario, y que sin duda redundaron a la larga en mi forma de ser como ciudadano. Repercutiendo positivamente en mi familia, en la mujer y en los hijos, así como en el resultado global de toda mi actividad profesional a lo largo de la vida. 

Hoy ya jubilado y abuelo, como muchos de mis antiguos compañeros de estudio, participo desde aquí de aquellas reflexiones después de cincuenta años.

Sin que a ninguno de los que pasamos por aquellos centros se nos haya olvidado nunca, que en nuestra juventud estuvimos estudiando en los Ángeles y en san Pelagio como alumnos seminaristas. 

Allí recogimos los primeros esquemas, que conformaron luego todo el formato principal de nuestras hechuras individuales como personas adultas, traducidos particularmente después por cada cual a lo largo de los años.

Al menos a mí, así me lo parece.

Juan Martín

viernes, 24 de marzo de 2017

El patito feo

ESTA VEZ LA CULPA NO LA TUVO EL SISTEMA, FUERON LOS GENES
(El patito feo)


               Inconfundiblemente, mirando la foto, se observa perfectamente como nuestro Palito, alias “Antonio Rodríguez Gutiérrez”, no sólo destacaba en la canción: puedo dar, sobradamente, fe de ello, pues fueron muchas las horas en las que, a su lado, interpretó magníficas melodías. Unas veces acompañado del conjunto del que formábamos parte, junto a Andrés Luna y Manolo Gutiérrez. Otras veces le acompañaba, con la guitarra o el piano, en la misa diaria (esto ya en San Pelagio) Nos unía la música y la amistad.
                Pero y este es el asunto a tratar ahora,  hablemos sobre la carrera de sacos:
               1.-  Observen la imagen, vean la figura de Palito: brazos bajados para mantener el centro de gravedad, lo más cercano al suelo; mirada escrutiñadora para así vislumbrar algún posible obstáculo en el camino (afortunadamente los chorizos los tirábamos al río, de lo contrario hubiera resultado más complicado saltar la inmensa cantidad de ellos) unos pequeños saltitos para no soliviantar al saco que oprimía sus pinreles y sobre todo, el cuerpo firme. ¿Presagiaba esto de firme, su posterior profesión, en la que tantas y tantas veces oiría “¡firmes… ar!”  Estoy totalmente convencido. Esa forma de correr con el saco, sólo presagiaba la victoria, como así fue.
               2.-  La imagen del último, creo que se trataba de Antonio Caballero Medina, viene a demostrar, el por qué no conseguió alcanzarlo. No seguía las pautas del buen corredor de sacos. Con posterioridad consiguió una meta. Esa a la que, la casi totalidad de nosotros, no logramos llegar. Esa es otra historia.
               3.-   Pero, qué podemos decir del que está cayendo al suelo. Ese ni pautas ni “ná de ná”  Simple y llanamente es de lo que decimos vulgarmente, un “pataleto redomao”   Por cierto, esa caída le costó un gran raspón en la mano. Afortunadamente, se levantó y llegó segundo. Tal era su poca maestría con los pies, que nadie contaba con él para jugar al futbol. Si acaso de portero y por aquello de ir a por la pelota que salía fuera (ten amigos para eso)  Era el “patito feo” de ese deporte.  Una “espada de culpa” pendía sobre su cabeza. ¡La culpa horadaba su mente! Y para colmo, esa caída venía a echar más leña al fuego. ¡Si no quieres lentejas, toma dos cazos! ¿Os acordáis? La culpa, siempre la culpa (¿no es así,  Pedro Calle?)
               Afortunadamente un día, cayó en sus manos un balón de los que se usa en balón mano. Esa fue su tabla de salvación, su talismán dorado. Con él, comenzó a comprender que no todo era tener maestría con los pinreles. ¡Existía otro deporte donde no eran necesarios sus pocos diestros pies!
               Ahora viene la apoteosis del cuento… ese patito feo, ese desecho de virtudes para el futbol, se convirtió en un “cisne blanco”, del balonmano y del baloncesto. Tuvo muchos éxitos y alegrías.  Su nombre quedó inscrito, para la posteridad, en las listas de ambas federaciones. ¡Jo, qué bonito ha quedado este final! Aunque no es mío, no está mal. Viene a cuento y nunca mejor dicho.
               Poco a poco la culpa o la espada pendiente, fueron desapareciendo. La otra, la de Pedro… esa…  costó más trabajo hacerla desaparecer.
                              Vuestras señorías se preguntarán:
               “¿Cómo es posible, que este iluminado, pueda saber tanto mirando esta foto?”
               La cuestión es bien sencilla. Ese pataleto, el mal corredor de sacos, el de la caída, no era otro sino yo mismo. Me he mirado la mano y no me queda señal del buen raspón que me llevé.
               Hasta otra, cuidaos mucho.
               Andrés Osado Gracia

martes, 21 de marzo de 2017

Niñatos intelectuales

Para la mayoría de nosotros en nuestros tiempos de seminario y luego de estudiantes nuestra beca era nuestro tesoro. Sin ella no hubiéramos concluido el bachillerato ni, mucho menos, la carrera universitaria. Yo presumo de haber gozado de beca en todos mis años de bachiller, y de beca salario en la universidad, beca, esta última, que ingresaba en mi casa más dinero que el sueldo anual de mi padre.

Bueno, no sé para vosotros, pero para mí resultaba mucho más engorroso completar los tropecientos documentos que se requerían en la solicitud de la beca que el hecho mismo de sacar buenas notas, pan comido. Hasta fe de bautismo, oye.

Los hechos que os relato a continuación tuvieron lugar en mi pueblo, Palenciana, en las vacaciones de Semana Santa del año del Señor de 1971, curso del Preu. Mi amigo Frasqui y yo preparábamos juntos el papeleo obligado para las becas del año próximo, él para COU, y yo para el primer año de Teología en san Telmo. Lo minucioso de Frasqui para estas cosas administrativas tranquilizaba mi ánimo temeroso, todo estaba en orden. Bueno, en realidad nos faltaba un asuntillo "menor", el certificado de buena conducta, documento del todo imprescindible y que habitualmente nos conseguían nuestros padres sin problema alguno en el cuartel de la Guardia Civil. Pero este año, nosotros ya mayorcitos, nuestros padres se hicieron los haraganes, y nos dijeron que si queríamos peces, que nos mojáramos el culo. Bah, dijimos con solvencia, vaya problema!...

Cosas de la edad, cuando quisimos acordar se nos echó encima el Jueves Santo, y los papeles sin arreglar. Sobre las cinco de la tarde de este día tan especial -hay que ver nuestro tino- nos presentamos en el puesto de guardia del cuartel. Bien presentables; Frasqui, de barba espesa, bravía y contumaz, se había afeitado  dos veces ese día, una por la mañana y otra poco antes de la cita al cuartel; yo iba pasable, por entonces solo me afeitaba dos veces por semana. Ambos repeinados -¡ay!, ¿qué fue de aquel tupé mío, así, acortinado?-, vestidos de limpio y estrenando chaqueta para la procesión del Nazareno. Dos pimpollos. Que queríamos ver al comandante de puesto, así de sopetón, le soltamos al guardia de puerta.

-Será para algo urgente, porque un día como hoy... -protestó el guardia.
-Bueno, sí, es que necesitamos un documento con bastante prisa.
Por medio de otro número se dio aviso al cabo. 

-Buenas tardes -se presenta el hombre con sus ojeras de la siesta interrumpida-. ¿Qué se les ofrece a estos dos mozalbetes?
-A sus órdenes de usted, mi cabo -replica Frasqui más habituado que yo al trato con los civiles-. Verá usted... perdone que le molestemos en una tarde como la de hoy...
-Nada, nada, ustedes dirán.
-Es que para completar la documentación de nuestras becas necesitamos el certificado de buena conducta. Otros años nos lo ha firmado don Juan, el párroco, pero ahora tiene que ser usted... según pone aquí -me sale todo del tirón.
-Muy bien, ¿y con quiénes tengo el gusto de hablar, quiénes sois vosotros?
El cabo no nos conocía ni nosotros a él. Llevaba poco tiempo en el pueblo en sustitución de nuestro cabo de toda la vida, el cabo Rut.
-Yo soy Francisco García -se adelante Frasqui-, hijo de Blas García.
-Y yo, José María Rivera, hijo de Juan Rivera.
-Ahjaja -parece recrearse-, conque estas tenemos... Los amos de la Silera y de la Capilla...
-Bueno, verá usted, tanto como los amos... -replico yo.

El hombre, de pronto, cambió el gesto. No sé. Es posible que esperara otra cosa, quizás que le lleváramos algún presente de parte de nuestros padres con motivo de las fiestas, hecho que podría resultar habitual en aquellos años. Nunca fui testigo de tal cosa pero puedo imaginar que siendo Blas y mi padre los administradores de grandes fincas de Carreira pudieran eventualmente hacer algún regalo a la Benemérita en la persona del cabo. Sea como fuere, el caso es que aquel hombre parecía otro. De mala gana tomó la solicitud que yo le alargaba y leyó el párrafo donde ponía qué autoridad debía de elaborar el certificado de buena conducta, en nuestro caso, él mismo. Al cabo, salió refunfuñando:

-Sí, es verdad; aquí dice que debe hacerlo el comandante de puesto, sí; pero no encuentro que ponga en ningún sitio que haya de hacerlo el Jueves Santo por la tarde. El lunes próximo os pasáis por aquí y los recogéis.
-Con todos los respetos, mi cabo -me envalentono yo-, pero es que nosotros estudiamos en Córdoba y nos vamos el domingo por la tarde en la Graells... Habíamos pensado llevarnos ya toda la documentación completa, más que nada para ahorrarnos un viaje.
-Y yo he pensado que no, que hoy no es día de trabajo administrativo, ¡estamos de acuerdo?
-A lo mejor el sábado... -tercia Frasqui con timidez-. Mire usted mi cabo, usted no nos conoce, pero somos buenos muchachos, somos seminaristas ¿qué más le podemos decir? Somos, además, sobrinos del que fuera subteniente Rivera en la comandancia de Córdoba... Yo mismo tengo muy buena relación con el capitán de la Guardia Civil de Lucena...
-¡¡He dicho que el lunes, coño ya!!! -Y ahora el hombre se enfureció de una manera que nos pareció desproporcionada-. ¿Qué os habéis creído, que podéis codearos con la autoridad, así como así? Ni hablar, niñatos intelectuales, que eso es lo que sois, unos niñatos, que por estar estudiando en la capital os creéis algo. Tan estudiados como sois podríais haber considerado un poquito que no son éstos precisamente días para papeleos. A mí me importa un comino vuestro tío, el capitán de Lucena y el Obispo de Roma. Anda, anda, salid de aquí echando leches.

A media mañana del Viernes Santo, mi padre me cogió por banda.
-Mira, José María, no te doy un sosquín por ser hoy el día que es... Parece mentira... -Era una fiera mi padre cabreado, a mis dieciocho años yo aún le temía-. La manera de comportaros con el cabo... Tanto estudio pa esto, ¡hay que ver! Una cosa que os dejamos que hagáis por vuestra cuenta... Y mira tú por dónde... ¡Qué vergüenza! Nos ha llamado el cabo y nos ha contado vuestra... osadía, por decirlo de alguna manera.
-Pero papa, que nosotros...
-Ni papa ni mama, niñatos mocosos es lo que sois todavía. Sí, mu buenas notas, pero sin un dedo de frente. ¡Las horas de ir a molestar al cabo, y ¡¡¡el Jueves Santo!!! ¡como si no hubiera más días en el año!!

Filípica similar padeció Frasqui por parte de su padre, aunque Blas era hombre bastante más comedido y prudente que mi progenitor. De manera que ambos, Frasqui y un servidor, pasamos un Viernes Santo de verdadera penitencia y arrepentimiento. Al día siguiente, Sábado de Gloria, después de la siesta, mi padre, ya totalmente calmado y cuerdo, me aborda con extraña amabilidad.

-Pásate por la casa de Frasqui, y os alargáis juntos al Cuartel. Os volvéis a presentar al cabo con educación, que ya os tiene preparados los certificados de buena conducta. ¡Demasiado bueno es el hombre!

Dicho y hecho. El Sábado Santo nos hicimos con los dichosos papeles.

Debieron de pasar años, varios años, para que nos enteráramos, Frasqui y yo, de los turbios acontecimientos que debieron vivir nuestros respectivos padres durante aquellas veinticuatro horas para conseguir los certificados. Un día de chochez, Blas se lo contó a Frasqui. "Niño, pos ná, ¿qué íbamos a hacer? Lo que se hace en estos casos, por un hijo, lo que haga falta. Cogimos el primo Juanillo y yo y nos alargamos al Cuartel para volver a hablar con el cabo. Sabíamos que era un hombre de trato áspero. Vestido de paisano, nos lo llevamos de compadreo al bar de la "Chorro", y luego, al del "Gordito", y luego al del "Mellizo". Lo jartamos de tapas, lo emborrachamos y nosotros con él, claro está. Y ya está. Así es como los hombres de bien arreglamos nuestras diferencias".

Hombres recios y duros, hombres de campo, curtidos al sol de la siega y al frío de la aceituna, enérgicos, iracundos a veces, pero siempre, y por encima de todo, padres. Nuestros padres.

Sed buenos.